No escribo esto para buscar validación, sino sentido. No busco consuelo, sino encontrar rumbo. Rumbo que, aparentemente, nadie me puede indicar. No porque no puedan en un sentido de jerarquización nefasta; sino porque nadie podemos decirle a otro cómo caminar por el mundo.
Veo el dolor del mundo. De mis seres queridos. Y me pregunto qué puedo hacer para aliviarlo. No por ellos ni en su nombre. No para ser un salvador, sino un impulso, un descanso, un refugio, una luz.
Pero me veo hablando desde mi camino. Una vida privilegiada que ha marcado mi experiencia cotidiana y que no se ajusta a la realidad de casi nadie. Y me veo diciendo, aconsejando, pensando cosas que no resuelven, agobian.
Toma más agua, date tiempo para descansar, come bien.
Declaraciones que más que ayudar, sentencian. Recuerdan las desigualdades brutales que nos atraviesan, que no todos tenemos el privilegio de tomar más agua, descansar y comer bien. Claro, eso ayudaría. Pero ¿cómo hacerlo si toda tu energía está en sobrevivir? ¿Cómo comer bien, descansar y tomar agua si todo tu tiempo está puesto en sostener la precariedad?
Entonces viene el otro lado. No es tu culpa, es el sistema. No es que no le eches ganas, es el mundo que te aplasta.
Otras declaraciones que más que ayudar, sentencian. Estamos inermes ante un mundo que nos supera, que nos masacra lentamente. O sobrevivimos a duras penas en el juego o dejamos de jugarlo. Claro, habría que cambiar las reglas, pero eso toma años y el hambre, el sueño y la enfermedad no esperan, carcomen minuto a minuto. Claro, hay que cambiar el sistema, pero ¿quién quita la sed y el hambre que abruman el ahora?
La terrible paradoja de tener que vivir el momento presente en un mundo donde las transformaciones que nos permitan vivirlo plenamente tomarán décadas. Un presente que no llega, una idea que solo aleja discursivamente la posibilidad de estar bien hoy.
Haz esto, haz aquello, estos cambios en tu vida. ¿Cómo si no hay tiempo ni fuerza porque el mundo las devora? Cambia el sistema, lucha por una vida plena. ¿Pero eso como alivia mi miedo, hambre y enfermedad del ahora?
¿Nos rendimos ante lo inevitable? ¿Reconocemos que, aunque haya mucho que hacer, no se puede hacer? Claro que se puede, hay quienes tenemos la posibilidad, pero ¿eso como alivia a los que no pueden? ¿Cómo ayudamos al presente si todo lo que hacemos es para el futuro? ¿De qué sirve lo que hacemos si ni siquiera sabemos si quedará alguien que lo aproveche?
¿Nos embriagamos de esperanza en el mañana y renunciamos a atender el hoy? ¿Nos desgastamos hasta el colapso intentando sortear un hoy que no promete mañanas?
¿Cuál es la postura más ética para alguien que puede trabajar por quienes vienen, pero parece que no para quienes ya están acá? ¿Qué hacemos, qué decimos, cómo actuamos? ¿Nos deslindamos del sufrimiento ajeno pensando que no es nuestra responsabilidad solucionarlo? ¿Nos reconocemos como privilegiados y, por tanto, con el deber ético de si no ayudar, al menos no empeorar el mundo? ¿Nos volvemos fantasmas que no actúan para no dejar las cosas peor? ¿Aprovechamos nuestra vida desde la gratitud frívola y el sabernos minúsculos e impotentes ante los dramas que nos rodean?
¿Hasta dónde llega nuestra posibilidad de hacer? ¿Actúa en lo inmediato? ¿En lo trascendente? ¿O ni siquiera nos corresponde hacer algo?
Que hago.
Que hago para ayudar a aliviar un dolor que tomará años curar, si es que se puede curar, pero que rompe y destroza hoy, a cada segundo.
La anestesia no cura un hueso roto, pero lo hace soportable. Curar un hueso roto toma meses, pero el dolor es insoportable.
¿Cómo ser anestesia y escayola al mismo tiempo?
¿O ni siquiera es mi responsabilidad? ¿Quién soy yo para ayudar? ¿Por qué creo que tendría que hacer algo para el mundo? ¿Por qué creo que puedo hacer algo para el mundo? ¿Dónde y como se traza la línea entre lo que está en mis manos y lo que no? ¿En lo que sí puedo hacer y lo que ya no me corresponde? ¿Qué me corresponde? ¿Qué de todo este desastre me toca limpiar a mí? ¿Es poco? ¿Es mucho? ¿Ayudo en algo o mejor me quedo en una esquina?
Por ahora, me limito a caminar. Intentando no pisar las pequeñas flores del camino. Intentando regar las que puedo, sabiendo que es insuficiente, preguntándome si tal vez lo que necesitan es otra cosa y no agua, queriendo creer que sirve de algo.
Aunque en lo profundo, no lo sepa en realidad e incluso me pregunte si no lo estoy empeorando, o si podría haber hecho algo distinto, o más, o hubiera sido mejor no haber hecho nada.
No quiero ser un héroe, no busco la satisfacción de saber que ayudé y resolví. No lo hago desde la búsqueda de reconocimiento, desde el ego.
Lo intento porque me duele. E intento aliviar mi dolor. Porque creo que puedo aliviarlo. Porque si no creyera que puedo, lo único que quedaría es resignarme, ya sea a vivir en la oscuridad o cerrar los ojos para no verla.
¿Cómo ser luz, si no tengo luz para alumbrarme?

