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3/6/21

Hasta el final [La generación del Apocalipsis VII]

He perdido toda esperanza. El futuro es claro, catástrofe, muerte, dolor. El tiempo se agotó, ya no hay marcha atrás.

Sabíamos lo que hacíamos, cientos de expertos en todos los campos lo han advertido desde hace décadas y quienes tienen el poder y los medios decidieron no escuchar. Claro, escuchar y hacer implicaba dinamitar desde dentro el sistema que les dio el poder y los medios en primer lugar, un balazo en el pie, no los culpo.

Desde abajo, con la gente, hicimos lo posible, pero no fue suficiente. Ya no hay tiempo, el futuro es inevitable.

Lo veo, como cada nuevo invento, nueva tecnología, nueva propuesta, termina integrándose al sistema, termina convirtiéndose en una nueva manera de acrecentar el poder y los recursos de unos pocos. No importa que tanto se intente, al final, la avaricia predomina y lo corrompe todo. Al final, siempre hay alguien, siempre hay alguien que quiera sacar provecho, a quien le gane el egoísmo, que mire desde arriba con desprecio, pisoteando a quien sea para obtener lo que desee. ¿Será acaso que ese es el principio y motor fundamental de todo? ¿Acumular? Acumular experiencias, acumular conocimientos, acumular recursos, acumular dinero, acumular amigos, acumular ideas, acumular parejas…

Lo intentamos. De verdad que sí. Dimos todo lo que teníamos que dar y, aun así, se necesitará un milagro, el futuro se viene sin posibilidad de detenerlo, pasamos el punto de no retorno. Ya no hay transición posible, solo colapso y crisis, brutal y salvaje, fuego que destruirá todo y a todos cuantos toque.

No me preocupa el futuro lejano. La humanidad como raza ha enfrentado cosas peores y salió adelante. La vida como fenómeno ha enfrentado cosas aún peores y también salió adelante. No, ese futuro lejano no me preocupa, estarán bien. Me preocupa este futuro cercano, este que sí o sí parece que nos va a tocar. Seremos quienes atraviesen esa crisis, la purga del sistema, la tormenta tras la cual vendrá la calma, el derrumbe de todo que dejará el campo listo para volver a construir. No, no me preocupa el futuro lejano, aprenderán de nuestros errores, lo harán mejor como nosotros lo hicimos mejor que nuestros ancestros. Me preocupa que seremos esos ancestros de los cuales aprender, esos errores catastróficos que no habrá que repetir.

Así como las muertas dieron a luz guerreras que están trayendo cambios profundos en nuestra sociedad. Así como los esclavos, con su sufrimiento, impulsaron las luchas que trajeron libertad. Así como el meteorito preparó el terreno para que los mamíferos tomaran la tierra. Así lo que se viene traerá un mundo mejor, eso es seguro, eso no me preocupa. No será en vano.

Lo que me preocupa es que hoy nos toca ser las muertas, los esclavos, quienes se extingan por el impacto celeste. Ese futuro cercano está ahí, a nada, y tendremos que enfrentarnos a él, con uñas y dientes, y nuestra sangre y llanto fertilizará la tierra para que nazcan nuevas flores, nuestras cenizas serán árboles y nuestros recuerdos, experiencias.

No hay marcha atrás. Se agotó el tiempo. Es inevitable. Nos va a tocar. Nos está tocando. Ya está pasando y no hay de otra.

Frente a este futuro-presente desolador, frente a esta desesperanza total, sólo me queda decir, que, si nos hemos de ir, que sea con la frente en alto. Demos pelea, hasta el último momento, sigamos trabajando, para que quienes reconstruyan tengan buenos cimientos, no paremos, no caigamos, no nos dejemos envolver por la indiferencia, por el instinto, por el “ya que”. Sí, ya que, ya valió, nos está tocando el incendio, se despedaza todo alrededor, pero no nos rindamos, sigamos, paso a paso, codo con codo bajo la tormenta de granizo, hasta el final, hasta que no quede ninguno. Si nos vamos, que sea una despedida digna de recordarse, que no se diga que no hicimos nuestra parte, que dimos todo y que aún así nos rebasó, pero que no escatimamos, que hicimos todo lo posible, lo que estaba en nuestras manos. No claudiquemos, hasta que la muerte nos arranque ese último suspiro y hasta ese último suspiro defendámoslo con arrojo y coraje.

No pudimos evitar el caos, no pudimos cambiar el curso, pero podemos ser la resistencia.

Espero, espero, que, si es hora de irnos, estén ahí. Yo estaré ahí hasta donde la vida me dé, acompañando a quien pueda, ayudando a quien pueda, haciendo lo que pueda. Ya no hay manera de evitar la catástrofe, sólo queda vivirla y atravesarla lo mejor que podamos. Cuentan conmigo, ahí estaré, hasta que no pueda más, hasta que no tenga fuerzas.

Porque, si me voy, si de verdad seré ese ancestro del cual el futuro lejano aprenderá lo que no hay que hacer, si de verdad seré parte de lo que el mundo tenga que quemar para darle paso a algo mejor y más bello, si de verdad me toca irme, me iré con honor.

¡Hoka hey!

30/7/20

Esperanza [La generación del Apocalipsis VI]

El otro día me preguntaba, ¿Será acaso que nuestra generación (asumámonos otra vez todos como de entre 20 y 30 años) es muy pesimista? ¿Acaso siempre nos la pasamos viéndole el lado malo a las cosas, quejándonos y criticando? Tal vez sea así, y nuestra generación es pesimista, negativa y depresiva.


Gran parte de mis pláticas cotidianas con la gente de mi generación siempre termina cayendo en resaltar lo mal que está el mundo, cómo la humanidad hemos arruinado el planeta, nuestra falta de solidaridad y empatía, las crisis económicas, la deslegitimación de las instituciones, la desigualdad social, la violencia, el machismo, el racismo, la contaminación, la explotación… Y es que como no ser pesimistas en un mundo con tanta oscuridad, especialmente este año, 2020, donde ha salido a la luz tanta desgracia y porquería que sabíamos que estaba ahí pero que ahora brilla en todo su esplendor cubriéndolo todo y a todos.


Como no ser pesimistas en un mundo y en un momento donde reina la incertidumbre sobre nuestro futuro. Las generaciones previas a la nuestra ya vivieron, ya hicieron, bien o mal, pero ahí están. Pero ¿Y nosotros? Con una precariedad laboral alarmante, una calidad de vida en picada, un mundo en crisis ecológica, sin haber podido resolver o avanzar mucho en ninguno de las grandes luchas contra la desigualdad social, de género ni racial, por enumerar algo. Cómo no ser negativos cuando el presente en el que estamos pareciera siempre estar al borde del colapso.


Diario pareciera que sólo falta una gota para que el vaso se derrame, pero diario caen más gotas y el vaso no termina por llenarse. Siempre a la expectativa de que, de un momento a otro, todo se vaya directo a la mierda, porque no hay hacia otro lado a donde pueda irse. Y no pasa, no pasa, siguen avanzando los días, sigue profundizándose la crisis, el dolor y el sufrimiento, o al menos eso parece, y nada explota, nada colapsa, nada se acaba estrepitosamente. Crisis permanente que pareciera no tener final ni solución.


Entonces, en un primer momento, por supuesto que mi generación es pesimista. Somos pesimistas, ¿Cómo no serlo viendo el tsunami que se nos abalanza con toda su fuerza? ¿Cómo no serlo pensando en el mundo que nos va a tocar a nosotros o que le vamos a dejar a los que vienen? No por nada cada vez menos personas quieren tener hijos, ya que sería una completa irresponsabilidad de nuestra parte. Traer gente a sufrir. Sí, somos pesimistas.


¿O no?


Me lo sigo preguntando, porque a pesar de todo, a pesar de este presente tan macabro y sombrío, aún cuando nuestras pláticas cotidianas tiendan siempre a caer una vez más en estas reflexiones, aún hacemos planes, aún pensamos a futuro, aún esperamos que algo se pueda hacer, aún tenemos la ilusión de que, de alguna manera, nosotros cambiaremos el curso de las cosas. Aún vamos a la escuela, trabajamos, hacemos (en toda la extensión de la palabra), aunque sea poco, aunque sea chiquito, pero esperando que ayude en algo, que mejore algo. O eso esperamos.


Porque, a pesar de todo, tenemos esperanza.


Tenemos esperanza en que el futuro, sea cuando sea que llegue, será mejor. Que lo haremos ser mejor que el presente. Esperanza en que las cosas cambiarán, porque las cosas tienen que cambiar a no ser que queramos nuestra extinción. E incluso esa idea, la de la desaparición de la raza humana, ya no nos parece tan aterradora, es un posible final que aceptamos, aunque no sea lo más deseable.


¿Cómo podemos ser pesimistas y a la vez tener esperanza?


Me imagino, nos imagino, caminando, uno al lado del otro, hombro con hombro, bajo una tormenta. Una tormenta que a veces parece arreciar y que nos hace pensar que ese día es el día que finalmente moriremos ahogados, pero no sucede. Una tormenta que a veces amaina, pero no cesa. Una tormenta que se convierte en granizo y duele y nos desespera, pero no nos vence. Vamos juntos, sabemos que todos estamos ahí, algunos tienen un paraguas, algunos van desnudos, algunos acaparan y boicotean a los otros, algunos comparten lo que tienen y ayudan.


Todos caminamos con la esperanza de que, algún día, la tormenta cese y salga el sol, de encontrar una cueva cómoda donde refugiarnos o de conseguir las herramientas y materiales necesarios para construirnos un refugio. Sí, algunos son egoístas y sólo piensan en sí mismos, pero muchos otros, (quiero creer que muchos, y aunque no sea así, aquí estamos) pensamos en una cueva grande, donde quepamos bastantes, una cabaña espaciosa donde podamos sentarnos varios, alrededor de la mesa a platicar y compartir el pan.


Vamos caminando, pensando en la utopía, en alcanzar ese horizonte que nunca llega, pero nos impide detenernos.


A veces aparece una cueva pequeña e incómoda, llámese un trabajo miserable, una relación tóxica, un lugar donde no eres feliz, pero al menos es “mejor que nada”. Hay quienes luchan por ella, quienes desean tomarla para sí. Están hartos de la lluvia, del frío, de estar descalzos, de esperar ese día. Y la toman, y viven en ella, con arañas, con serpientes, con rocas, sin poder acostarse o sentarse, con goteras, pero es mejor que la lluvia, que la caminata interminable hacia el horizonte que nunca llega. Hay quienes ven la cueva, pueden tomarla, pero no lo hacen ya que esperan encontrar algo mejor. Otros la toman, pero sólo para descansar un momento, para agarrar fuerza y seguir caminando. También hay quienes intentan mejorar la cueva, hacerla más grande, se esfuerzan, trabajan, la limpian, algunos logran convertirla en una madriguera cómoda y acogedora, amplia, incluso con espacio para más personas, y hay quienes simplemente no lo logran, la roca es muy dura y las arañas muy aguerridas y sólo queda acostumbrarse o salir.


Ninguno de estos enfoques es mejor que otro, cada uno elige según qué tan cansado está o cree estar, que tanta ilusión le queda respecto a encontrar “algo mejor”, respecto a la posibilidad de construir nuestra propia cabaña a nuestro gusto y confort o incluso, que mejor, que salga el sol para todos.


Así vamos caminando en la tormenta, juntos, con esperanza en el corazón, pero tristeza en los ojos. Bajo la lluvia, acompañándonos, algunos de la mano, algunos ayudando y compartiendo, colaborando, trabajando juntos. Otros solos, compitiendo por cualquier cueva, hartos de la lluvia, hartos del frío, con el corazón cansado, con el alma echa pedazos, con los huesos húmedos y helados (seamos compasivos con aquellos quienes no desean seguir caminando, por la razón que sea).


Sí, somos la generación del apocalipsis, del fin del mundo, mira lo que nos rodea, es innegable. El caos, el dolor, el sufrimiento, helo ahí, manifiesto y patente, con sus garras y dientes, destrozando cuerpos y vidas, rasgando la carne y el alma de todos nosotros. Pero eso no nos quita la ilusión del amanecer y el sol, y en el peor de los casos, tenemos el deseo de que al menos el diluvio borre todo para poder empezar de cero y mientras mantenemos la llama viva entre nuestras manos.


¿Llegará el día que deje de llover? ¿Llegará la cueva cómoda o al menos la que podamos acomodar? ¿Construiremos nuestra cabaña tal como nos guste? No lo sé, pero tengo, tenemos, la esperanza de que así será.


Mientras tanto, sólo nos queda seguir caminando.


Si la tormenta nos derrota, que nadie diga que no lo dimos todo.

Sigamos caminando, hasta que el presente sea brillante o hasta que nuestros pies no puedan más.

Hasta entonces, que viva la esperanza.

N.W.

2/4/20

El principio después del final [La generación del Apocalipsis V]

Entonces ocurrió, no era imprevisible, era cuestión de tiempo que sucediera, pero esperábamos que no nos tocara a nosotros, que fuera responsabilidad de los que aún están por venir, dejarlo para mañana.

Ocurrió y el reloj del mundo se detuvo. Un acontecimiento de proporciones planetarias que hizo retumbar los cimientos de nuestra normalidad como especie. Nos dimos cuenta de que esto no es una crisis que ha venido a cimbrar nuestra realidad, sino que nuestra realidad es vivir en crisis, pero hasta ahora es que se manifestó con maravillosa y aterradora claridad. 

El sacudón tiró de la manta con que ocultábamos la verdad incómoda que no queríamos ver y que seguimos sin querer aceptar, volteando a otro lado, mientras los cadáveres se apilan uno sobre otro y se multiplica el sufrimiento.

Desigualdad. Pobreza. Hambre. Muerte.

Nos hemos preparado y hemos preparado a los que vienen para adaptarse a un mundo enfermo, para encajar en el engranaje de una máquina descompuesta, asegurando que siga andando a pesar de que es evidente que hay que repararla, o incluso, tirarla a la basura y diseñar una nueva y mejor.

Prepárense para el futuro, para “el mundo real”, nos dijeron. Esta es la realidad y, todo aquello que nos convencieron de que íbamos a necesitar, no tiene cabida. Es más, ese futuro, esa realidad para la que nos preparábamos hoy se muestra sin maquillaje, nauseabunda.

Hoy escuché una frase, “es que cuando trabajen, nadie les va a preguntar, van a tener que seguir las normas y a nadie le va a importar como se sienten o si les desagrada o se les complica”. Pero ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué tenemos que seguir contribuyendo, reproduciendo una estructura basada en la antipatía por el otro, en la productividad sobre todas las cosas, en alinearnos siempre a las reglas sin chistar, a la verticalidad? ¿Por qué seguir preparándonos para un mundo enfermo en vez de buscar cambiar el mundo?

Hoy escuché otra frase “Es que así le están haciendo en otros lados y nadie toma en cuenta sus quejas”, como si fuera justificación para hacer lo mismo. ¿No sería mejor que fueran ellos quienes cambiaran? ¿Qué fueran ellos los que escuchen, los que se preocupen los que cambien para mejor? ¿Por qué tendríamos que adaptarnos, plegarnos a la versión cruel y desalmada del mundo?

Hoy escuché otra frase “Pues yo me tuve que aguantar y sufrí y lo superé, sin excusas”, como si el sufrimiento propio fuera justificación para ser indiferentes ante el sufrimiento ajeno. ¿No hubiera sido mejor, en ese entonces, que alguien le preguntara, le ayudara, velara por su bienestar?

¿Por qué debemos seguir preparándonos para este mundo roto en vez de prepararnos para repararlo?

El mundo está congelado y es nuestra oportunidad para verlo con detenimiento y preguntarnos si realmente vamos por buen camino.

¿Por qué tenemos que aguantar? ¿Por qué tenemos que ser fuertes? ¿Para sobrevivir en un mundo que busca destrozarte? ¿No sería mejor cambiar el mundo? ¿No sería buen momento para preguntarnos si lo “bueno” es bueno en realidad? ¿Bueno para quienes? ¿Bueno para qué? ¿Bueno según quién?

¿No sería mejor cambiar el mundo?

Pero para eso, primero habrá, tal vez, que destruir éste.

El principio sólo viene después del final.

4/1/20

Reloj de manecillas [La generación del Apocalipsis IV]

Se sugiere leer performáticamente.

Ahora que inicia (o no…) una nueva década, pareciera como si de pronto me hubiera hecho consciente del paso del tiempo. No tanto como si no estuviera al tanto de que se hace de noche, que a cierta hora hay que despertar o salir y que la comida debe estar en la estufa por unos minutos; sino el paso del tiempo en un sentido un poco más filosófico (¿filosófico?), en tanto cambio, en tanto motor del movimiento, aquello que permite que las cosas pasen (¿O es que el tiempo pasa porque pasan cosas?)

(Breve paréntesis: leyendo una novela [La Montaña Mágica de Thomas Mann] encontré una hermosa reflexión sobre el tiempo que, tristemente, cada vez aplica menos en nuestra época [aunque retomaré esto más adelante]. El libro fue escrito a principios del siglo XX, cuando los relojes de manecilla eran la norma y desde ahí se plantea que, en tanto se medía el tiempo a partir del movimiento de las manecillas, en realidad, medíamos el tiempo no en sí mismo, sino a través del espacio y la distancia recorrida por las manecillas en éste. A su vez, cuando algo queda lejos, pero no sabemos exactamente qué tanto, solemos decir que está a cierto tiempo de distancia. Así, medimos el tiempo en distancia y la distancia en tiempo. Espacio-Tiempo. Thomas Mann seguro habrá estado al tanto de los postulados de la Relatividad General)

El tiempo trae consigo cambios, cambios pequeños y cambios profundos, coyunturas, rupturas, revoluciones… Y el siglo XX fue uno de los más complejos en ese sentido.

Durante ese siglo, la generación de nuestros bisabuelos (asumamos que todos somos millenials, y que nacimos entre la década de los ochenta y noventa) y la generación de nuestros abuelos tuvieron un quiebre jamás antes visto en la historia de la humanidad. La revolución tecnológica sumada a la revolución del pensamiento, ideológica y política desatada en occidente tras las guerras mundiales implicó que, de pronto, todo aquel modo de vida que nuestros bisabuelos habían construido a partir de lo que sus padres (y los padres de sus padres, y los padres de los padres de sus padres) les habían enseñado, colapsó de pronto. No es que no hubiera habido cambios radicales o revoluciones antes, pero es que lo que sucedió a mediados del siglo XX fue un cataclismo. Absolutamente todo se derrumbó. Los discursos, las ideologías, las ideas, todo se puso en duda (he ahí la posmodernidad).

Nuestros abuelos entonces se dedicaron a destruir lo que los bisabuelos habían propuesto, ese mundo desapareció y surgió uno nuevo, basado en nuevos ideales, nuevos objetivos, nuevas prácticas. Ahí nacen nuestros padres, nacen en el mundo nuevo, el mundo ideal y de abundancia del Estado de Bienestar, el mundo donde todo era posible al haberse roto las cadenas del pasado. De pronto nace una sociedad ávida de consumir, de generar dinero y riqueza, de excesos, de libertad total. Pulvericen el tradicionalismo, muerte a lo conservador, revolución sexual, drogas, punk y psicodelia, Andy Warhol, arte contemporáneo, performance, un mundo en Technicolor. Pero a su vez hay un mundo conservador, un mundo con el ideal del progreso material (pero ya no social), superación personal, éxito individual, millonarios, tener trabajo, casa, auto y familia, ser el mejor, competitividad. Surreal, pero funcionaba.

(Tal vez por esa misma surrealidad, esa época sigue siendo la predilecta para ambientar las películas de cine de arte…)

A partir de ahí, durante unas cuantas décadas se modeló un mundo cuya más grande maldición es que convenció a la humanidad de que no existen otras posibilidades fuera de él, que no se puede “vivir bien” si no es con trabajo, con casa, con dinero, con objetos, electrodomésticos, comida enlatada… Hasta para mí, pecando de honesto, si bien escribo y si bien racionalmente sé que “vivir bien” es una idea totalmente arbitraria, no me concibo viviendo de otra manera…

Sin embargo, ahora que poco a poco a nosotros nos está tocando hacernos cargo del mundo, nos estamos empezando a dar cuenta de que no podemos continuar con aquel camino que trazaron nuestros abuelos y siguieron nuestros padres. Aquel mundo ideal que en que ellos crecieron y que creyeron que sería el mejor para nosotros y que nos educaron en función de él, para alcanzarlo, para lograrlo. Ese mundo, de pronto, se erige (o más bien se hunde) como un precipicio, como el fin del camino.

Locura. Incertidumbre. Soledad. Violencia. Destrucción. Extinción. Muerte.

Pareciera que aquel mundo ideal no era más que la espiral al infierno, como si fuéramos adictos a la heroína. El camino no es camino.

(Pero esto no es para culpabilizar ni señalar. Los que nos precedieron de verdad creyeron en ese futuro, es el futuro que se construyeron al ver como se desmoronaba su presente, al destruir a martillazos y con bombas atómicas su pasado. Por un momento, por dos generaciones, ese mundo era el mayor logro, la posibilidad de libertad y felicidad para todos. Lo habíamos conseguido como especie, la cúspide… pero el brillo era demasiado y no lograron ver que ese destello era más bien un tren a toda velocidad a punto de arrollarlos. No es su culpa. No es culpa de nadie. Tener esperanza en un futuro mejor cuando el mundo acaba de ser destruido es lo más sensato. Ser educados para vivir en la utopía y actuar en consecuencia es comprensible. No, no es culpa de nadie. Estamos aprendiendo como especie.)

A nosotros nos están cediendo poco a poco las riendas de un caballo desbocado. El problema es que lo que nos dejaron se ha empezado a revelar como un espejismo y, detrás de él, siguen las ruinas de aquel mundo destruido hace más de sesenta años. El cataclismo fue tan brutal, la desesperación tal, que llevó a aquellos a alucinar, a negarse a ver, a enloquecer, y educaron a sus hijos dentro de esa alucinación histérica multicolor. Pero en nuestro caso, se ha empezado a desvanecer, develando el horror que siempre se mantuvo en el fondo. Se acabó el viaje, de regreso al mundo real.

Vemos como de pronto hay una enorme necesidad de pasado, de regresar a aquel mundo que nuestros abuelos demolieron. El retorno a lo orgánico, a lo natural, a lo artesanal. ¡Y de pronto, en nuestros celulares podemos poner un reloj de manecillas y medir el tiempo a través del espacio, rechazando los relojes digitales que, en su momento eran el gran logro, la democratización de la medida del tiempo al evitar el tener que interpretar la disposición de las manecillas en tiempo transcurrido y solo leer números! ¡Retornamos al pasado, rechazando el presente utópico! ¡Es simplemente glorioso en todo el sentido de la palabra!

Es que el mundo se destruyó (porque queramos o no, sin romanticismos, occidente controla el mundo desde hace unos cuantos siglos) y le tomó a la humanidad dos generaciones empezar a salir del estupor y plantearse realmente qué demonios hay que hacer ahora. Pero, por si fuera poco, ha pasado tanto tiempo que reconstruir aquel pasado es imposible. En nuestra alucinación colectiva hicimos tantas cosas que es imposible retroceder. Aceleramos tanto para huir del horror lo más rápido posible que ahora no podemos frenar. Ahora todo cambia en un abrir y cerrar de ojos, todo es tan veloz que ha perdido definición, las formas se mezclan, nada es claro, todo es todo, interconexión total.

¡Y es que hasta desapareció la idea de que la humanidad es la especie superior! Ahora nos estamos dando cuenta de nuestra irrelevancia frente al cosmos. Somos un animal más en esta nave espacial que se mueve a velocidades inconcebibles a través de distancias inimaginables a la que llamamos Tierra.

Entonces nos agarramos de lo que sea, para dar un poco de sentido a lo que nos rodea. Los likes en Facebook, las reproducciones en YouTube, las fiestas a las que hemos ido, lo que no hacemos, lo que no apoyamos, lo que compramos, lo que tenemos, lo que aparentamos. Porque nada es claro, nada tiene un valor preciso ni permanente, pero de algo nos tenemos que agarrar, aunque sea efímero, aunque sea irrelevante, pero nos da un poco de certeza, de cotidianidad, un lugar en un universo cada vez más amplio.

Pero a pesar de todo, hay quienes siguen corriendo locamente hacia un “arriba y adelante” que cada vez se ve más y más imposible, lejano… Y es que no es que ya hayamos despertado del sueño, sino que a penas estamos abriendo los ojos. Estamos aún medio dormidos, pidiendo cinco minutos más. Pero es inevitable que, finalmente, esas ultimas trazas de ensoñación de difuminen y nos dejen tumbados, con los ojos cerrados, rehusándonos a abrirlos, pero sin más remedio que aceptar que todo fue un viaje onírico (o psicotrópico) y que tenemos que ponernos a trabajar, ahora sí, en construir (en tanto reconstruir es una imposibilidad) una nueva realidad.

¿Cuándo terminaremos de despertar? La distancia es larga, el camino por recorrer extenso, y no sabemos qué tanto, al grado que sólo lo podemos medir en el tiempo que nos va a tomar hacerlo… entonces, ¿Cuántos años, cuantas generaciones se necesitarán? No lo sé. Espero que no tardemos tanto y que colonizar Marte (porque va a pasar) no sea otro paso en nuestro delirio y deseo irrefrenable de escapar de la aterradora incertidumbre.

Y cuando el reloj despertador de manecillas sonó, el Apocalipsis seguía ahí.

2/2/19

De invasores cósmicos y anarquistas [La generación del Apocalipsis III]

Así como los otros dos, es resultado de duras semanas de cuestionamientos, incertidumbre y malestar. Este escrito, sin embargo, es sumamente extravagante, pero considero que resuelve los cuestionamientos de las dos partes anteriores. O tal vez sólo deja más interrogantes. No lo sé. Disculpen la redacción, son las cuatro de la mañana. 

A través de una extraña serie de pensamientos e ideas llegué a una extraña conclusión: no deberíamos preocuparnos por una posible invasión alienígena dado que no existen razas guerreras con tal capacidad tecnológica.

Esto es porque una sociedad guerrera, necesariamente está en constante competencia y requiere de una sociedad desigual, dado que una raza que se dedique a conquistar sería una raza en la que sus individuos siempre quieren más, una raza insatisfecha permanente, y el deseo implacable de querer más y más siempre genera desestabilidad al interior. ¿Cómo lograr que aquellos que tienen menos no quieran más y se rebelen contra quienes sí tienen? Incluso si se lograra que absolutamente todos respondieran a un mando único, ¿Qué pasaría si éste muere? Lo mismo que un panal de abejas o una colonia de hormigas. Desaparecen. O en el caso de una raza más “avanzada”, ¿Cómo se establecería quién es el nuevo líder? ¿Cómo hacer que eso se respete y que nadie se rebele? ¿Qué hacer si no hay descendencia? Etc.

Al menos eso siempre ha sucedido con la raza humana. Sonará marxista tal vez, pero el colapso de muchos de los imperios y grandes civilizaciones se ha dado por el levantamiento de “las masas” quienes se rebelan contra aquellos que los gobiernan. Las causas de estas rebeliones son diversas, desde la falta de alimento por cuestiones climáticas, hasta el hartazgo social. Otra causa a sido la invasión por parte de otra gran “masa” que ha logrado imponerse sobre el supuesto poderío de dichas civilizaciones. Sin embargo, en ambos casos, dado que la desigualdad se mantiene, así como el constante deseo de tener más y más, es sólo cuestión de tiempo para que se de otra rebelión u otra invasión que reinicie el ciclo de nacimiento, auge y decadencia de todas las grandes sociedades que este mundo ha tenido.

Es entonces que una raza que está en constante guerra no puede llegar muy lejos. Claro, está el ejemplo de Estados Unidos, país que gracias a la guerra ha logrado llegar hasta donde está y, de hecho, las guerras han contribuido al avance tecnológico de la humanidad, no obstante, si no fuera porque se ha llegado a la “paz”, dichos avances tecnológicos no hubieran servido de nada. ¿De que serviría un cohete capaz de mandarnos a la Luna si la población del planeta hubiese sido aniquilada por una guerra nuclear durante la Guerra Fría? Una raza guerrera posiblemente se hubiese destruido a sí misma antes de siquiera lograr a un avance tecnológico tal que le permitiera conquistar otros mundos.

Ahora bien, ¿Y si la conquista se da por “necesidad de recursos”? Pues sería de esperarse que una raza lo suficientemente avanzada para llevar a cabo invasiones a nivel planetario, pudiera desarrollar vías alternas para asegurar su supervivencia. Además, ¿Para qué conquistar mundos poblados habiendo tantos mundos despoblados y recursos en el universo? ¿Cómo sería posible que se le diera prioridad al avance tecnológico sobre la satisfacción de las necesidades básicas de la especie, tales como alimento u otros recursos energéticos? ¿Cómo una civilización tan desarrollada llegaría al punto de ser insostenible y tener la necesidad de ir por ahí consumiendo mundos enteros?

Finalmente, una raza que se base en el egoísmo puro se sabotearía a sí misma ya que no se podría lograr la cooperación entre sus individuos. Los grandes avances se han logrado a partir de la cooperación, no la competencia. Regresando a la Guerra Fría, claro, había una lucha entre las dos grandes potencias de la época, pero si no hubiese sido por la colaboración de los integrantes de cada bando en búsqueda de un objetivo común, simplemente no se habría podido llegar tan lejos.

La única solución sería que todos sus integrantes pensaran como una unidad o fueran exactamente iguales. Podría ponerse como ejemplo a los hongos o las bacterias, sin embargo, sería increíble que un ser tan básico lograra complejizarse al grado de poder planear ataques o invasiones sobre otros. Si acaso, algo así podría extenderse como una pandemia, una plaga o algo similar, pero no como una conquista propiamente dicha.

En conclusión: o se logra cooperar entre todos o no se llega muy lejos. La desigualdad, la competencia y la lucha entre los individuos de una misma especie impedirían a la larga que se desarrollara lo suficiente para poder convertirse en una civilización conquistadora de mundos.

Volviendo a la humanidad, la única manera de asegurar nuestra supervivencia a largo plazo será cooperando entre todos y llegando a un estado de igualdad en dónde nadie quiera poseer o tener más que los demás, causando desestabilidad en el sistema. Y, desgraciadamente, el sistema en el que vivimos se sustenta precisamente en la desigualdad y la explotación, en el deseo y el egoísmo, lo cual invariablemente llevará a su colapso, y no lo digo yo, lo dicen los ambientalistas, los ecónomos, los antropólogos, los sociólogos, los filósofos…

Pero ¿No es la división desigual del trabajo lo que ha posibilitado el desarrollo tecnológico e intelectual de la humanidad? Al menos eso es lo que dice la teoría. El desarrollo civilizatorio de nuestra especie ha sido posible gracias a que una mayoría da de comer a una minoría que se dedica a pensar. Sin embargo, llegados a este punto donde podemos darnos cuenta de estas cosas, ¿Qué pasaría si absolutamente todos nos colaboráramos para procurar el sustento de todos? Tal como propone el gran anarquista Enrico Malatesta, si toda la sociedad dedica una pequeña parte de su tiempo a generar su sustento básico, tendría tiempo libre suficiente para cultivarse intelectualmente y disfrutar del tiempo libre.

Por otra parte, y aprovechando la tecnología con la que contamos actualmente, ¿Qué pasaría si lográsemos automatizar la producción de alimentos dando paso a que todos pudiésemos dedicarnos a otras cosas? Pero cuando digo “otras cosas”, no me refiero a ser obreros, a ganar dinero o demás, todo trabajo se podría automatizar. El dinero es una invención, no significa nada y, en todo caso, si nuestras necesidades básicas (salud, alimento, refugio…) estuvieran cubiertas, lo usaríamos sólo para alimentar nuestro ego. Si pudiésemos asegurar nuestro sustento sin necesidad de explotar al prójimo, todos podríamos dedicarnos a desarrollar nuestra tecnología, nuestro intelecto, el arte y la filosofía. Pero ¿Cómo organizamos una sociedad así? ¿Cómo evitamos el crimen y el caos? En un mundo donde la sociedad entera velara por el bien común, ¿Habría caos? En una sociedad donde todos tuviesen acceso a todo ¿Habría crimen?

Si no hemos resuelto el problema de la contaminación, por ejemplo, es porque hay quienes no quieren que se resuelva. Podemos vivir sin plástico, podemos vivir sin gasolina ni combustibles fósiles, la tecnología la tenemos. Puede que sea cara actualmente, pero ¿Si en vez de invertir en buscar pozos petroleros se invierten todos esos recursos físicos y humanos en abaratar los costos y aumentar la eficiencia de las energías limpias, los motores eléctricos y los empaques biodegradables? Si lo pensamos un poco, muchos, si no es que todos los grandes problemas del mundo se podrían resolver con un poco de voluntad y dejando de lado los intereses de unos pocos en función del bienestar de todos.

Si el socialismo o el anarquismo no han funcionado ha sido por el egoísmo de quienes lo practican.

Otro problema que podría presentarse es que, al tener “todo resuelto”, como dicen que sucede en países como Finlandia, podríamos llegar a un punto donde no tuviésemos motivación para seguir vivos. Pero ¿No nuestra curiosidad es insaciable? Ese ha sido una de nuestras características más importantes desde que los primeros homo sapiens pasearon por la sabana africana, sino es que antes. Nunca estaremos satisfechos, siempre habrá algo más que queramos saber, que queramos descubrir, manejar o entender y, si todos tuviésemos todo nuestro tiempo, o una gran mayoría de éste a nuestra disposición, así como el deseo de cooperar todos juntos ¿Hasta dónde no podríamos llegar? ¿Cuál sería el límite de nuestra capacidad inventiva?

Es entonces que regresamos a las razas invasoras. Considero que la única vía posible para desarrollar una tecnología tal que permitiera a una civilización extenderse por el cosmos es a través de la cooperación, la igualdad y la búsqueda del bien común, y habiendo un universo tan basto y lleno de recursos, no habría necesidad ni justificación para ir a invadir y destruir a otra especie ¿Para qué llevar muerte a otro planeta? Podría ser que, en cambio, buscásemos llevar “civilización” a las razas “primitivas”, ¿Tal como lo hicieron los colonizadores ingleses con África durante el siglo XIX? Lo dudo, ya que nos hemos dado cuenta de que lo más ético es dejar que dichos pueblos se desarrollen a su ritmo sin intervención. ¿Quiénes somos para determinar que es lo mejor para ellos?

Esto podría contribuir además a solucionar la paradoja de Fermi, donde se contrapone la altísima posibilidad de que exista vida inteligente en el universo con la falta de evidencia que hay de ella. ¿Para qué una raza avanzada nos contactaría? Puede que sigamos siendo una especie demasiado “primitiva” para poder detectarlos. Tal vez nos vean como una raza de guerreros sin futuro, peligrosa y que no valga la pena contactar. Tal vez saben de nosotros, pero prefieren no intervenir en nuestro desarrollo como especie, al fin y al cabo, ¿Quiénes son para venir a “civilizarnos”? O tal vez, finalmente llegaron a un estadio de sabiduría tal que no estén interesados en establecer relación con nadie más.

Para concluir… Retomo el título y la idea de la primera parte. Para ser viejos y sabios, primero debemos ser jóvenes y estúpidos y sobrevivir a nuestra propia estupidez. Ya está la meta puesta, falta averiguar cómo llegar a ella, a una sociedad cooperativa, igualitaria, solidaria, donde todos tengamos la capacidad y voluntad de desarrollarnos como especie sin anteponer los intereses personales, llegando tan lejos como el tiempo y el espacio nos lo permitan. 

Eso, o la extinción.

Somos la generación del apocalipsis.

21/3/18

La adolescencia de la humanidad [La generación del Apocalipsis II]

Advertencia: para escribir esto parto de un supuesto polémico: La humanidad a alcanzado un grado tal de globalización-occidentalización que, la gran mayoría, estamos viviendo una situación similar como especie. Y si no fuera así, esto sólo aplica al mundo “occidental” que, queramos o no, controla prácticamente la totalidad de lo que sucede en el mundo. 

Los que estén leyendo esto, así como quién lo escribe, estamos acostumbrados a ver a los adolescentes o a la adolescencia como ese momento en la vida en la que no tenemos ni idea de qué queremos, que todo nos molesta, todo está mal y ni sabemos por qué y mucho menos sabemos que hacer. Es una etapa de crisis y a la vez de crecimiento, en dónde todo lo que aprendimos en casa, durante nuestra infancia sobre lo que se debe y no debe hacer comienza a cobrar sentido, especialmente porque nos rebelamos y experimentamos. Experimentamos de todo, lo que nos da experiencia que, al final, nos ayudará en nuestra vida adulta. Como dicen, para ser viejos y sabios, primero hay que ser jóvenes y estúpidos (y sobrevivir nuestra propia estupidez).
Antes no nos preocupábamos, teníamos a nuestros padres que nos guiaban, pero ahora, en este momento de búsqueda de la independencia, de pronto nos topamos con que tomar las riendas de nuestras vidas no es tan sencillo como esperábamos. En entonces que, se supone, empezamos a aprender qué nos gusta, qué funciona y qué queremos para nuestro futuro a partir de todo lo que experimentemos y aprendamos. El que hace muchas cosas, aprende mucho y tiene un bagaje de opciones y conocimientos amplio para tomar las mejores decisiones; el que no hace mucho, pues no.
Claro, esto es una idealización, no me meteré en exquisiteces sobre las condiciones materiales y sociales, casualidades y casualidades que intervienen y demás detalles. Este breve esbozo es sólo para hacer la siguiente analogía:
La humanidad está entrando a la adolescencia, con todo lo que ello implica.
Hemos dejado atrás nuestra etapa como infantes, donde apenas estábamos abriendo los ojos, dónde vagábamos sin rumbo, desprotegidos y con mucho por aprender. Con miedo, con hambre, con frío. Pasamos a nuestra niñez, donde fuimos descubriendo el mundo y como funcionaba, creíamos en la magia y los seres fantásticos, teníamos amigos imaginarios y le atribuíamos todo el poder a nuestros mayores héroes, ya sea papá-rey, mamá-Estado, mamá-Iglesia o papá-Dios, quienes se encargaban de guiarnos y cuidarnos. Fuimos aprendiendo, jugando a “ver que pasaba si”, conociendo cada vez más sobre nosotros mismos, descubriendo nuestro cuerpo, lo que se sentía rico y lo que no, lo que sabía rico y lo que no, lo que nos gustaba y lo que no. Pensábamos que el mundo era eterno, grande y estático, que todo estaba resuelto y lo teníamos a pedir de boca o que simplemente estirando el brazo, íbamos a obtener lo que necesitáramos. Estábamos protegidos, calientitos, a gusto y felices con nuestro pequeño gran mundo.
Pero ahora estamos en ese momento de juventud estúpida dónde ganamos experiencia para en un futuro pensar si es buena idea o no acabarnos todos los peces de una especie. Estamos aprendiendo que nuestros actos tienen consecuencias. Estamos cuestionando todo, es en este momento que todos esos esquemas en los que creímos, que nuestros “mayores” nos inculcaron, comienzan a ponerse en duda, desde la religión hasta la ciencia, la moral y la ética. Lo podemos ver a diario en las noticias, esa violencia, ese caos, esas actitudes temerarias, arriesgadas y peligrosas cual adolescente impulsivo. Volteamos a ver a nuestra infancia y nos asquea mientras decimos “ya soy grande”.
Al mismo tiempo, nuestro mundo de caramelo se vino abajo y ahora nos enfrentamos a este momento de incertidumbre total. De pronto nos dimos un baño de realidad. Empezó a cambiar nuestro “cuerpo” y comenzamos a desear cosas nuevas, rebelarnos, descubrirnos realmente y entonces, vino la crisis. La crisis de identidad, de no saber quienes somos, que queremos y a dónde vamos, que nos lleva a comportamientos autodestructivos, a la ira y tristeza sin más razón que nuestra confusión. Nuestro mundo perfecto se desmoronó, nuestros héroes que tanto admirábamos y en los que tanto confiábamos se volvieron odiosos, opresivos, intransigentes, como si antes no lo hubieran sido. Y es en esa crisis en la que estamos como humanidad. Una crisis dónde ninguna disciplina, ninguna ciencia, ninguna religión y ninguna filosofía sabe qué está pasando, lo único que tenemos por seguro es que es producto de nuestra infancia, pero eso no ayuda en mucho. Sabemos como llegamos a aquí, pero no sabemos a dónde vamos, sólo creemos saberlo.
La humanidad en su conjunto se ha dado cuenta que todas las historias que nos contamos eran eso, historias. La realidad es que somos responsables de nuestros actos y estos traen consecuencias con las que nunca esperamos lidiar. Todo eso que hicimos o no hicimos en nuestra niñez, está pasando factura y es hora de arreglar y solucionar por nuestra cuenta en vez de esperar a que “papá-mamá” vengan a salvarnos el pellejo. Ahora nos toca a nosotros tomar las riendas de nuestra vida, pero ¿Cómo? Nunca lo hemos hecho, siempre vivimos con la limitada cantidad de opciones que nos presentaban y ahora, en nuestros primeros pasos a la adultez, nos damos cuenta de que la vida es mucho más que comer y dormir. Queremos probarlo todo, intentarlo todo, comernos el universo de un bocado. Se ve en las ciencias, investigándolo todo, mucho sólo por el hecho de investigar, no sabemos si servirá de algo, aunque creemos que sí, pero realmente el punto simplemente es hacerlo. Las viejas generaciones, las que quieren que el mundo no cambie, se asemejan a esa parte de nosotros que añora cuando nos cargaban a la cama, cuando todo era sencillo, que quisiera volver a vivir sin responsabilidad alguna. Las nuevas generaciones, las portadoras del cambio, serán esa parte que miran al futuro con esperanza, soñando lo fantástico que será ser un adulto y sus posibilidades infinitas.
Henos aquí, en la adolescencia de la humanidad. Una humanidad hormonal, una humanidad confundida, una humanidad emocionalmente frágil, una humanidad que a penas volteó a verse a sí misma y a los otros para descubrir sus imperfecciones, una humanidad aterrada de ver la responsabilidad que ahora tiene en sus hombros, una humanidad que no sabe exactamente que quiere pero al menos sabe qué no quiere, una humanidad que apenas está empezando a darse cuenta de que nadie va a venir a salvarla si no es ella misma, una humanidad que está aprendiendo a aplicar todo lo que aprendió durante su infancia, una humanidad que aún no está lista para la “mayoría de edad” pero ya le urge llegar a ella, una humanidad irresponsable, una humanidad rebelde, una humanidad en crisis, una humanidad con todo el potencial de llegar a ser sabia o morir producto de su propia estupidez. Y este estado va a durar mucho tiempo: si nuestra infancia duró 300 mil años, quién sabe cuánto nos tome salir de nuestra adolescencia para finalmente llegar a la adultez más lo que nos tome llegar a la vejez, donde espero podamos voltear a este momento de la historia, reírnos y decir “vaya que éramos tontos…”
Como toda adolescencia, se puede vivir como una etapa más o menos tranquila de transición, o como un quiebre total, una verdadera crisis que nos lleve incluso al borde del suicidio. Depende mucho de cómo lo afrontemos, de nuestra capacidad de reflexión y comprensión de lo que sucede. Desgraciadamente, pareciera que es el segundo camino el que hemos tomado, más no elegido, porque nunca nos detuvimos a reflexionar nada, aún no somos lo suficientemente maduros para ello. 
Se avecina la crisis, el “apocalipsis” por así decirlo, donde tengamos que enfrentar nuestros propios demonios y salir adelante o sucumbir en el intento, y es en las crisis, en los momentos de mayor tensión y desesperación que se dan los momentos más trascendentales de la vida, los que marcan un antes y un después y generan la mayor cantidad de conocimiento. Pero no me tomen como fatalista ni crean que esto es totalmente inevitable, de hecho, creo que tenemos unos años para poder hacer que lo que se avecina sea más una transición que una crisis. Ya hay mucha gente trabajando para lograrlo desde diversos frentes, disciplinas y creencias, y será el conocimiento de estas personas el que, espero, nos ayudará en un futuro, pero aún son (somos) pocos, estamos dispersos y el tiempo se agota siendo que el punto de no retorno se acerca vertiginosamente.
Sea como sea, si sobrevivimos a lo que nos viene encima, espero, saldremos mucho más conscientes de lo que somos, lo que queremos y nuestro camino como especie. Espero que las generaciones que vengan aprendan de la humanidad pasada, de su estupidez y juventud alocada, de sus errores y sus aciertos, y que logre explotar el potencial que tenemos para volvernos viejos, sabios y con muchísimas anécdotas que contar.

La generación del Apocalipsis

Atención: Por tranquilidad mental, te sugiero que no leas el siguiente post. Es más, ni yo mismo estaba seguro de escribirlo y mucho menos publicarlo, pero aquí está. Yo continué y no me dejó un buen sabor de boca…

Hoy por la mañana, como acostumbro y no digo que sea una buena costumbre, me puse a revisar las noticias que los periódicos que sigo habían publicado a lo largo de la madrugada y la mañana. Asesinatos, robos, escándalos de diversa índole, atentados, noticias urgentes, recortes presupuestales, juicios, accidentes, secuestros, violaciones… lo usual. Pero hubo un artículo que me llamó la atención, su título invitaba, algo así como la advertencia de este escrito, a no leerlo, a pasar de largo y hacer caso omiso, pero igual que tú en este momento, decidí ignorar la advertencia y heme aquí escribiendo al respecto.
Un artículo de opinión que ni siquiera me tomaré la molestia de citar o referenciar dado lo molesto que me pareció y no porque me pareciera ofensivo o que no me agradara la opinión del autor -soy millenial pero no tanto-, sino que se me hizo totalmente chocante, un artículo diseñado para hacer sentir culpable a quien lo leyera.
Por cierto, si estás leyendo esto, seguramente tienes acceso a internet, además de que hay una alta posibilidad de que lo estés haciendo en TU computadora o TU celular o TU tableta o lo que sea. Eso significa que eres del pequeño porcentaje de la población mundial que tiene el PRIVILEGIO, así como yo, de tener acceso a la tecnología; que muy probablemente tuvo el PRIVILEGIO de tener acceso a la educación; que tiene el PRIVILEGIO de no tener que estar cosechando su comida, ser explotado en una maquila o ser víctima de la trata de personas;  y que sobre todas las cosas, tiene el PRIVILEGIO de no estar siendo secuestrado o asesinado en este instante, porque al parecer, estadísticamente hablando, los PRIVILEGIADOS como nosotros, tenemos menos posibilidad de ser víctimas de algo así que aquellas personas que viven en DESVENTAJA social. Así, mientras tú estas tranquilamente leyendo esto, cientos de niños, mujeres y hombres de todas las edades están sufriendo el hambre, la explotación, la enfermedad y la muerte mientras tú te das el LUJO de voltear a ver a otro lado, en este caso, a este escrito y, como PRIVILEGIADO que eres, no estás defendiendo a aquellos pobres seres inocentes que están experimentando dolor y miseria, dejando que sucedan masacres y que pasen leyes que permiten la explotación de los más débiles, guardando silencio y siendo cómplice del sufrimiento ajeno…
¿Chocante cierto? Pues en resumidas palabras, ese era el artículo. Me recuerda al famosísimo documental de Food Inc., que si no han visto (no)deberían verlo para darse cuenta de lo mucho que sufren los animales por TU culpa al comer carne, o los que hablan del consumismo dónde explican como TU consumismo está haciendo que el planeta se quede sin recursos naturales, se contamine y las especies se extingan, o los documentales de la trata de personas o el narcotráfico y todo el sufrimiento del que TE VUELVES partícipe al comprar marihuana o ver pornografía y demás documentales donde queda claro que todo lo malo del mundo es culpa TUYA (o nuestra, para ser más solidarios). 
Y no es que nada de lo anterior no sea cierto. Efectivamente, somos privilegiados de poder estar aquí, escribiendo o leyendo, viviendo relativamente bien, relativamente cómodos y felices, relativamente despreocupados. Sí, es verdad y hay que agradecerlo, hay que estar conscientes de ello y hay que aprovecharlo al máximo, porque NO TODOS tienen la oportunidad que tenemos nosotros. Y sí, efectivamente las granjas industriales de pollos, cerdos y vacas son lugares de sufrimiento animal brutal, y sí, nos estamos acabando los recursos naturales, y sí, cada vez mueren más especies y sí, de a poco se está contaminando todo el planeta y luego no tendremos agua que beber y sí a todo, sí nos estamos cargando el mundo y la sociedad entera, sí, la humanidad está en un punto crítico y sí, todos contribuimos en mayor o menor medida a que esto suceda, sí, sí, sí, por NUESTRA culpa, NUESTRA culpa, NUESTRA GRANDE culpa…
E insisto, no es que me parezca exagerado, incorrecto u ofensivo. Lo que me molesta es esa sensación de “Sí, soy lo peor de lo peor” que se queda ahí porque casi ninguno de estos documentales y artículos proponen algo para solucionar el problema, se quedan en la “reflexión” en el “darse cuenta” del problema. ¡SÍ, YA SABEMOS! Llevamos años sabiendo, lo que no sabemos es QUE hacer… Y es que las “soluciones” que se proponen realmente no llevan a nada. 
Que los animales sufren y contaminan, pues se vegetariano o mejor aún, vegano… Cómo no sufren los campesinos explotados al sembrar las zanahorias, ni se degrada el ecosistema por los miles de hectáreas y litros de agua que se ocupan en la siembra de lechugas, ni miles de animales pierden sus hábitats al talar selvas para poder cosechar plátanos, y tampoco contaminan los tractores que cosechan la verdura, ni los camiones que transportan harina de maíz, ni la fabricación de la caja o huacal (una caja de madera, para los no-mexicanos) donde vienen los pimientos, ni el refrigerador dónde guardan las fresas para que lleguen frescas a tu mercado de preferencia…
Que la gente sufre por el narcotráfico y la trata, entonces no compres drogas ni veas porno. Claro, como eso soluciona los problemas económicos y situaciones de marginalidad que, en primer lugar, llevaron a esas personas a incursionar en las economías ilícitas dado que no tienen acceso a otros medios de subsistencia más que dichas medidas desesperadas, debido a que su falta de “educación formal”, producto de su misma marginalidad, les impide acceder a un trabajo hiper-especializado del que todos “tenemos” que ser parte porque así funciona el mundo...
Que el auto, la ropa, los productos de uso cotidiano y demás contaminan, pues no consumas nada de eso y anda en bicicleta. Claro, como uno no se tiene que desplazar, especialmente en las ciudades, de un extremo a otro de las mismas para ir a su trabajo o escuela teniendo, de por sí, que levantarse a las 4 a.m. O como todos tenemos una parcela detrás de nuestras casas, (porque todos vivimos en casas) dónde podemos sembrar nuestra comida de manera sustentable y ecológica, así como nuestro algodón o henequén para poder tejer nuestra ropa. Y claro, cómo todos tenemos la oportunidad de cocinar en vez de comprar comida rápida que contamina muchísimo y lavar a mano con poquita agua, porque en esta sociedad nadie trabaja y/o estudia 8 horas o más al día, sin contar el tiempo de transporte, ni llega a su casa totalmente desmotivado, exhausto y sin energía después de un día siendo parte del “sistema” en el que vivimos y del cual todos “tenemos” que ser parte… 
[¿Por qué? ¿Por qué todos tenemos que ser parte de este sistema? ¿Qué no pasamos el 99% de nuestra historia viviendo de OTRAS maneras?]
Y mi favorito, que todo es culpa del maldito gobierno y los ricos y los poderosos y las religiones, entonces hay que acabar con todo eso para vivir en un mundo de igualdad. Sí, como eso ha sucedido alguna vez en los 300 mil años de historia de la humanidad y como evidentemente esos seres tan despreciables no son resultado mismo de las condiciones sociales en las que se desarrollaron, las cuales, evidentemente, van a solucionarse al eliminar a unas 700 mil personas poderosas siendo que el resto de los 7 mil millones de seres humanos llegaremos instantáneamente a la paz mundial, cordialidad y cooperación en la sociedad utópica de la cual todos queremos formar parte…
Entonces para conseguir un mundo mejor, según esto, hay que ser vegano, puritano, autosustentable, anarquista y ateo, además de feminista, pro-LGBTTTIAQ y partidario de todos los grupos minoritarios (lo que es sumamente irónico si consideramos lo del ateísmo), pero sobre todas las cosas, políticamente correctos porque no vaya a ser que alguien se ofenda… Eso solucionará todos nuestros problemas y sí, técnicamente sí, si todos fuésemos así, no habría problemas. En una sociedad totalitario dónde todos tengan que actuar y pensar de la misma manera “tampoco hay problemas”.
Y a todo esto… si mi problema es que dichos documentales y artículos sean más quejas que otra cosa al no proponer nada realista para solucionar nada de lo que plantean y se quedan en “la reflexión”, ¿Yo que propongo? No vaya a ser que esto también sea una queja más que se sume a la infinidad de otras quejas que todos tenemos respecto a todo… Primero que nada, dejar de simplificar las cosas, como si los problemas estuvieran desconectados entre sí, como si fueran engranajes que se pueden cambiar para que siga andando el reloj de la humanidad. Todos los problemas están conectados, la sociedad funciona como un SISTEMA, lo que implica que cualquier solución que no busque solucionar TODO y de la que TODOS seamos parte, es una solución parcial.
Dado que la solución a TODO tiene que ser TOTAL y por parte de TODOS, lo veo como algo completamente inviable, al menos por el momento. La humanidad ha demostrado a lo largo de su historia, hasta ahora, que no es capaz de organizarse en su totalidad, siempre habrá disidencia, siempre habrá alguien inconforme, siempre habrá una minoría no representada, siempre habrá una voz no escuchada, lo cual es el gran problema de la democracia. En un mundo democrático, la solución jamás será TOTAL porque siempre habrá alguien que esté en desacuerdo en todo su derecho. Por tanto, a menos que implementamos un gobierno totalitario y opresivo que mantenga a todos bajo control, tenemos que deshacernos de la idea romántica de que la humanidad podrá unificarse como una sola raza en búsqueda del bien común al menos, en los próximos años o siglos. 
¿Qué propongo entonces como solución a TODO? Nada. Absolutamente nada. Es más, tal vez incluso deberíamos dejar de creernos tan importantes como para luchar por nuestra sociedad y especie hasta el final ¿O acaso el último rinoceronte blanco, que murió hace unos días, hizo algo para evitar que su especie esté a dos hembras de extinguirse? Si la humanidad es una especie única en el cosmos, ha demostrado que tal vez no sea buena idea que siga existiendo y si no somos únicos y hay más como nosotros o similares, entonces para qué preocuparnos, total, hay más…
Es aquí donde el título cobra sentido, porque a nosotros nos tocará vivir el “fin del mundo” en un sentido figurado. No me refiero al FIN DEL MUNDO, pero sí al fin del mundo como lo conocemos. Estamos al final de una era, citando a Marc Augé, al final de la “prehistoria de la humanidad”, aunque yo diría más bien al final de la “infancia” de la humanidad, y ¿Qué sigue después de la infancia?, al menos en el mundo “occidental” diría Margaret Mead, la adolescencia. Y, tomando en cuenta el mundo altamente occidentalizado en el que vivimos, lo que toca es vivir la adolescencia de la humanidad.
Dado que somos demasiado individualistas todavía como para poder actuar como un verdadero conjunto, lo que nos queda es trabajar en nosotros mismos, prepararnos para vivir el caos que se avecina esperando sobrevivirlo y esperando que, lo poco o mucho que hayamos aprendido hasta el momento sobre cómo NO se deben hacer las cosas, pueda ser transmitido a las siguientes generaciones que serán las que reconstruyan el mundo, porque a nosotros no nos va a tocar, es un hecho. Nacimos demasiado tarde para vivir la época dorada del capitalismo y demasiado temprano para vivir el resurgimiento de la sociedad después del colapso de todo. Estamos corriendo hacia el abismo todos juntos y, como siempre, habrá alguien que no quiera parar de correr, o comer carne (como yo), o ser machista, o ser racista, o ser consumista, o ser drogadicto, o ser lo que sea, lo único que nos queda es prepararnos para dar el salto.
Somos la generación del apocalipsis.

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