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30/1/26

Luz

No escribo esto para buscar validación, sino sentido. No busco consuelo, sino encontrar rumbo. Rumbo que, aparentemente, nadie me puede indicar. No porque no puedan en un sentido de jerarquización nefasta; sino porque nadie podemos decirle a otro cómo caminar por el mundo.

Veo el dolor del mundo. De mis seres queridos. Y me pregunto qué puedo hacer para aliviarlo. No por ellos ni en su nombre. No para ser un salvador, sino un impulso, un descanso, un refugio, una luz.

Pero me veo hablando desde mi camino. Una vida privilegiada que ha marcado mi experiencia cotidiana y que no se ajusta a la realidad de casi nadie. Y me veo diciendo, aconsejando, pensando cosas que no resuelven, agobian.

Toma más agua, date tiempo para descansar, come bien.

Declaraciones que más que ayudar, sentencian. Recuerdan las desigualdades brutales que nos atraviesan, que no todos tenemos el privilegio de tomar más agua, descansar y comer bien. Claro, eso ayudaría. Pero ¿cómo hacerlo si toda tu energía está en sobrevivir? ¿Cómo comer bien, descansar y tomar agua si todo tu tiempo está puesto en sostener la precariedad?

Entonces viene el otro lado. No es tu culpa, es el sistema. No es que no le eches ganas, es el mundo que te aplasta.

Otras declaraciones que más que ayudar, sentencian. Estamos inermes ante un mundo que nos supera, que nos masacra lentamente. O sobrevivimos a duras penas en el juego o dejamos de jugarlo. Claro, habría que cambiar las reglas, pero eso toma años y el hambre, el sueño y la enfermedad no esperan, carcomen minuto a minuto. Claro, hay que cambiar el sistema, pero ¿quién quita la sed y el hambre que abruman el ahora?

La terrible paradoja de tener que vivir el momento presente en un mundo donde las transformaciones que nos permitan vivirlo plenamente tomarán décadas. Un presente que no llega, una idea que solo aleja discursivamente la posibilidad de estar bien hoy.

Haz esto, haz aquello, estos cambios en tu vida. ¿Cómo si no hay tiempo ni fuerza porque el mundo las devora? Cambia el sistema, lucha por una vida plena. ¿Pero eso como alivia mi miedo, hambre y enfermedad del ahora?

¿Nos rendimos ante lo inevitable? ¿Reconocemos que, aunque haya mucho que hacer, no se puede hacer? Claro que se puede, hay quienes tenemos la posibilidad, pero ¿eso como alivia a los que no pueden? ¿Cómo ayudamos al presente si todo lo que hacemos es para el futuro? ¿De qué sirve lo que hacemos si ni siquiera sabemos si quedará alguien que lo aproveche? ¿Nos embriagamos de esperanza en el mañana y renunciamos a atender el hoy? ¿Nos desgastamos hasta el colapso intentando sortear un hoy que no promete mañanas?

¿Cuál es la postura más ética para alguien que puede trabajar por quienes vienen, pero parece que no para quienes ya están acá? ¿Qué hacemos, qué decimos, cómo actuamos? ¿Nos deslindamos del sufrimiento ajeno pensando que no es nuestra responsabilidad solucionarlo? ¿Nos reconocemos como privilegiados y, por tanto, con el deber ético de si no ayudar, al menos no empeorar el mundo? ¿Nos volvemos fantasmas que no actúan para no dejar las cosas peor? ¿Aprovechamos nuestra vida desde la gratitud frívola y el sabernos minúsculos e impotentes ante los dramas que nos rodean?

¿Hasta dónde llega nuestra posibilidad de hacer? ¿Actúa en lo inmediato? ¿En lo trascendente? ¿O ni siquiera nos corresponde hacer algo?

Que hago.

Que hago para ayudar a aliviar un dolor que tomará años curar, si es que se puede curar, pero que rompe y destroza hoy, a cada segundo.

La anestesia no cura un hueso roto, pero lo hace soportable. Curar un hueso roto toma meses, pero el dolor es insoportable.

¿Cómo ser anestesia y escayola al mismo tiempo?

¿O ni siquiera es mi responsabilidad? ¿Quién soy yo para ayudar? ¿Por qué creo que tendría que hacer algo para el mundo? ¿Por qué creo que puedo hacer algo para el mundo? ¿Dónde y como se traza la línea entre lo que está en mis manos y lo que no? ¿En lo que sí puedo hacer y lo que ya no me corresponde? ¿Qué me corresponde? ¿Qué de todo este desastre me toca limpiar a mí? ¿Es poco? ¿Es mucho? ¿Ayudo en algo o mejor me quedo en una esquina?

Por ahora, me limito a caminar. Intentando no pisar las pequeñas flores del camino. Intentando regar las que puedo, sabiendo que es insuficiente, preguntándome si tal vez lo que necesitan es otra cosa y no agua, queriendo creer que sirve de algo.

Aunque en lo profundo, no lo sepa en realidad e incluso me pregunte si no lo estoy empeorando, o si podría haber hecho algo distinto, o más, o hubiera sido mejor no haber hecho nada.

No quiero ser un héroe, no busco la satisfacción de saber que ayudé y resolví. No lo hago desde la búsqueda de reconocimiento, desde el ego.

Lo intento porque me duele. E intento aliviar mi dolor. Porque creo que puedo aliviarlo. Porque si no creyera que puedo, lo único que quedaría es resignarme, ya sea a vivir en la oscuridad o cerrar los ojos para no verla.

¿Cómo ser luz, si no tengo luz para alumbrarme?

11/3/25

¿Qué está pasando?

La nueva última noticia nos ha levantado del letargo en el que nos encontramos. El horror de ver escenas que nos recuerdan a Auschwitz apenas parece ser suficiente como para salir un poco del entumecimiento y preguntarnos ¿qué está pasando? ¿Qué está pasando en México y en el mundo? Porque no solo es aquí, es en Gaza, en Ucrania, en el Congo, en China, en Venezuela, en El Salvador, en Colombia, en Siria, y en infinidad de otros lugares de los que no nos llegan noticias.

En México, porque es lo que más cerca tengo, esto no es nuevo. Eso es lo peor, que ni siquiera es nuevo. Décadas de pruebas, reportajes, investigaciones, denuncias... Desde principios del siglo XX la maquinaria del Estado se ha encargado de la desaparición, tortura y asesinato de miles de personas. Enemigos políticos, pueblos indígenas, supuestos comunistas, campesinos que defienden su tierra, jóvenes, madres buscadoras, periodistas, investigadores, migrantes... Una masacre a todas luces que, con los años, no ha hecho más que aumentar en magnitud. De sujetos puntuales y plenamente identificados, a grupos enteros de personas que se ven como carne de la que se puede disponer para cualquier fin.

Con el colapso del estado benefactor y el desastre socioeconómico del neoliberalismo, el crimen organizado se presentó como una estrategia de supervivencia para los marginados. Una vía de ascenso social, fama, fortuna y poder para los aspiracioncitas. Una fuente de dinero fácil para las autoridades corruptas. Una cadena de distribución confiable de narcóticos para el destrozado pueblo estadounidense a manos de los intereses de las farmacéuticas. Una salida fácil para evadir la realidad de la pobreza, el hambre y la muerte. También sabemos que el crimen organizado no solo son drogas, es venta de órganos, trabajo esclavo, secuestro, extorsión, trata de blancas, redes de pedófilos, contrabandistas, lavado de dinero y hasta torturas y asesinatos por pura diversión. Todo con tal de complacer los deseos o necesidades de quien tenga suficiente dinero para pagar.

De a poco, la diferencia entre gobierno y crimen organizado se ha ido borrando. Estamos inundados de pruebas de que todos los partidos en todos los niveles de gobierno, están coludidos con el crimen organizado. La diferencia entre ambos ya no es visible, pasando de uno a otro de manera sutil e imperceptible. El ejército, la policía, los bancos, todos forman parte de la red y todos se llevan su tajada, mientras que los que pagamos los platos rotos somos otros. Cuerpos desechables, números, cifras, mano de obra fácilmente remplazable y más ahora que empieza a perfeccionarse la inteligencia artificial.

Mientras, preferimos no ver, no creer, pensar que eso no pasa. La gente intenta justificarlo con “seguro tenía malas amistades”, “no sabías de sus mañas”, “es que se metió con la persona equivocada”. Y, no obstante, tenemos décadas de reportajes de crematorios clandestinos, de centros de entrenamiento y de exterminio, sobrevivientes de reclutamiento forzado, miles y miles de desaparecidos y desaparecidas que se acumulan con cada hora, sabemos que en Tlaxcala está el centro de trata de blancas continental y cada semana podemos encontrar una noticia de un asesinato en masa... Como dicen, un asesinato es una tragedia, mil son estadística. Pero pareciera que nada de eso basta para darnos cuenta de que no es cuestión de malas amistades, mañas y personas equívocas. Es un monstruo enorme y brutal que nos está devorando mientras colectivamente intentamos ver hacia otro lado.

Es tanto el dolor, tan grande la masacre y ha durado tanto tiempo, que nos hemos adormecido. Como el dolor físico que hace que el cuerpo se desmaye por el shock, nos hemos desmayado mentalmente ante el terror indescriptible, ajeno tal vez por lo lejano en el espacio, pero cercano por la empatía y la posibilidad de ser los siguientes. Aún peor, pasamos del horror al anhelo de ser como ellos que se refleja en la música, la moda, las series y las películas. Una especie de síndrome de Estocolmo inaceptable, incomprensible e indefendible que usamos como mecanismo de defensa ante el horror cotidiano. Y si bien el arte es un mecanismo de expresión y narración de la experiencia cotidiana, y todos tenemos el derecho de narrar nuestras experiencias... ¿Idolatrarlos? ¿Ponerlos en un pedestal? ¿Agradecer las escuelas, carreteras y hospitales construidos con sangre y sobre huesos porque el Estado no pudo hacerlo? Como si el crimen organizado fuera una especie de ONG que cobra en muertos y balas. Como agradecerle a tu secuestrador que no te deja morir de hambre.

Todo esto pasa a la luz del día, y pasa donde ya no hay presencia del Estado ni resistencia social. La gente está tan aterrorizada a la vez que convencida de que, si dice algo, los asesinarán, que no es de sorprender que nadie haya dicho nada antes a pesar del terror que se vive cotidianamente. Convencida de que, si denuncia o hace algo, nadie ni nada irá en su auxilio. Porque así es, porque quienes se supone están ahí para hacer cumplir la ley, lo permiten. Lo saben. Saben lo que pasa. ¿De verdad nos vamos a creer el cuento de que no están enterados de nada? Pero no quiero que esto se vuelva en otro reclamo al gobierno, a ese “papá-mamá” Estado que tiene que venir a ayudarnos a limpiar nuestro cagadero.

Porque el Estado es cómplice. El Estado como estructura lo permite y le conviene. Porque el Estado, no el mexicano, el Estado moderno como concepto, se sostiene sobre la explotación, la desigualdad y el despojo. Porque para que un grupo de personas tengan la posibilidad de ejercer tanto poder, es porque tienen control sobre una enorme cantidad de recursos. Y en un mundo donde los recursos son finitos, si alguien tiene control de tantísimos recursos, significa que otros no los tienen y, por tanto, su subsistencia depende de la benevolencia de quienes los poseen. Decapitamos a los reyes solo para que regresaran como hidras de mil cabezas.

Y el despojo, el empobrecimiento y la desigualdad es la leña que alimenta el sistema. Entre más desesperada esté una población, más fácil es someterla. Más fácil es que acepten medidas antidemocráticas y autoritarias, como pasó en el porfiriato o pasa hoy en El Salvador, Argentina o Venezuela. Entre más desesperada esté una población, más fácil es que entren al crimen organizado; que acepten un soborno; que prefieran callar antes de perder lo poco que les queda; que acepten un trabajo de mierda, precario y sin prestaciones; que acepten votar por quien les prometa lo que sea; que se desgasten los lazos de solidaridad al obligarnos a pelear por el único mendrugo de la canasta.

Todo esto permite y sostiene el modo de vida de las grandes élites políticas y económicas. ¿Quién les lava su ropa? ¿Quién barre la oficina? ¿Quién va a destaparles el excusado? Santa Fe, Polanco y Reforma, mecas de la ciudad global y las altas finanzas, esas sedes de los leviatanes económicos existen y operan por la miríada de trabajadores informales que gastan seis horas diarias de su vida en transporte para llegar desde las zonas periféricas a las que fueron expulsados dado que es imposible pagar una renta en una zona más cercana.

El crimen organizado también se alimenta de estas personas. De los desesperados, de los que buscan un trabajo para sostener a sus familias, de los que anhelan una vida que les han vendido desde arriba como la única manera digna de vivir, de los que no tienen casi nada que perder, solo su existencia. Todos son mano de obra fácil de obtener, de manera voluntaria o por la fuerza, para engrosar las filas de sus ejércitos. Y, como lo que pasa en la ciudad, es ese ejército de personas las que mantienen operando las grandes estructuras del crimen organizado. Halcones, distribuidores, sicarios, mulas, agricultores de amapola, ayudantes (o ratas) de laboratorio: todos necesarios e imprescindibles para que un par de capos se pudran en dinero. Todos remplazables con el migrante, con el joven desempleado, con la mujer secuestrada.

El crimen organizado, como parte de las élites económicas, son parte del sistema. No es el sistema que funciona mal, todo lo contrario, funciona perfectamente y este es el resultado. Es mucho más rentable cobrar sobornos que regular la venta de sustancias. Es mucho más rentable vender mujeres secuestradas que renunciar al pago por cumplir los enfermizos deseos de algún fulano. Es mucho más rentable usar mano de obra esclava o precarizada que pagar sueldos y prestaciones. Es mucho más rentable asesinar a un defensor de la tierra que renunciar a poner un plantío de aguacate, un complejo hotelero o unidades habitacionales. Es mucho más rentable asediar una comunidad que renunciar al agua de sus manantiales que se puede convertir en refresco o cerveza. Es mucho más rentable financiar una guerra, un grupo paramilitar o un golpe de Estado que renunciar a los metales raros o petróleo que se encuentra bajo los pies de un pueblo que no los aprovecha. Es mucho más rentable asesinar o desaparecer a un periodista o investigador que dejar que salga a la luz la red de corrupción que permite que todo esto opere.

El sistema funciona de maravilla, permitiendo que la codicia, el desprecio hacia los otros y la sed de poder y placer se desarrollen sin freno. ¿Para qué? Qué terriblemente vacíos deben estar aquellos que buscan saciar su hambre con oro y lágrimas ajenas.

No es el crimen organizado. No es el gobierno. Es el sistema político y económico, el Estado-nación moderno capitalista que vive de muchos para sostener en la cima a unos pocos. Antes, los reyes, los tlatoanis, los emperadores sabían de la posibilidad de que sus súbditos se rebelasen, porque, aunque fuera difícil y pasara con poca frecuencia, pasaba. Motines, alzamientos, linchamientos... Hoy la protesta ha perdido todo sentido, es un performance mediático que se suma a los innumerables titulares que, como todo lo viral, se olvida rápidamente. Cada vez es más difícil dar grandes declaraciones, posicionamientos firmes, construir ideales a largo plazo. Todo lo sólido se desvanece en el aire, dice el título de un libro, y con ello, nuestra visión de futuro y trascendencia.

¿Qué hacemos ante el horror cotidiano? Lo que hoy vemos no es tibieza ni indiferencia. Es nuestra manera de encogernos, resguardarnos y llorar en silencio esperando que todo pase y que no nos pase nada a nosotros ni a los que amamos. Tenemos miedo. Mucho. De muchas cosas. Y siempre hemos tenido miedo, pero antes teníamos a los otros o la divinidad para pedir auxilio. Hoy ya ni nuestros grandes amigos imaginarios nos acompañan, porque nos tragamos la idea de que la ciencia y la razón eran los medios para construir un futuro brillante. Misma ciencia y razón que, junto con la medicina, la luz eléctrica y los memes de gatos, perfeccionó los métodos de genocidio, explotación y colonización de sus supersticiosos ancestros. Porque la ciencia y la razón no fueron suficientes para prevenir que el egoísmo de unos pocos las convirtiesen en instrumentos de conquista. Hoy nos vemos solos en medio de un mar embravecido, mientras a lejos otros también luchan por mantenerse a flote.

Y el sistema funciona de maravilla porque los que sostenemos todo esto estamos tan agotados, agobiados, hartos, dependemos tanto de nuestro trabajo miserable para sobrevivir, que rebelarnos se antoja una idea lejanísima e imposible. ¿Con qué tiempo y energía nos vamos a sentar a organizarnos? ¿Con qué voluntad vamos a negociar, discutir, dialogar y generar lazos de solidaridad si el estrés cotidiano nos tiene vueltos una mina antipersonal que estalla a la más mínima provocación? ¿Qué recursos vamos a invertir en un huerto urbano, en un sistema de captación de lluvia, en celdas solares, si a penas llegamos a fin de mes? Sometidos, abrumados, agobiados. Solos, lastimados y con miedo. Como perros de pelea, listos para atacar a quién sea y defender a quienes nos han brutalizado para convertirnos en armas a su servicio. Con el único objetivo de sobrevivir un día más para poder hacer lo que sea para sobrevivir un día más.

Y el sistema funciona de maravilla, porque ante el horror y la necesidad de calidez, el mismo sistema que nos masacra nos vende alivio instantáneo en forma de reels, shorts y tiktoks, pendejadas que comprar con un clic, alimentos atascados de glutamato monosódico y azúcar, pornografía para todos los gustos, sustancias de cualquier índole, arte vacío de discurso y profundidad, pero de colores llamativos; patitos con resortes para la cabeza que ahora se han convertido en capibaras, espectáculos gratuitos en plazas públicas con dinero que se podría usar para financiar comisiones de búsqueda de desaparecidos... Y ¿cómo no caer en ello? Como los zombis adictos a los opiáceos en el país de junto, cualquier cosa que alivie nuestro dolor de manera momentánea, es buena. Y mientras ese dolor, miedo e incertidumbre no desaparezcan, la adicción a esas gotas de felicidad efímera que podamos obtener es comprensible.

Así pues... ¿Qué está pasando? Que varias generaciones de psicópatas lograron perfeccionar un sistema que ni en sus sueños más húmedos y eróticos vislumbraron. ¿Qué hacemos ante ello? Darnos cuenta del horror que se abre ante nuestros ojos, para luego abrazarnos, rezar, resistir y luchar. Como podamos, con lo que podamos, así sea un día cada año. Porque los océanos se llenaron gota a gota, porque las montañas se alzaron milímetro a milímetro.

Y si el monstruo nos va a devorar, que las astillas de nuestros huesos le desgarren la garganta.

10/5/24

(...)

Desde hace unos días han sucedido una serie de coincidencias que, sumado a un proceso de reflexión que inició hace 5 meses, desembocó en este escrito. Lo que pasó hace cinco meses no lo contaré aquí, en su momento decidí que sería algo que guardaría solo para mí. Lo que pasó hace unos días sí, porque es una anécdota que vale la pena ser contada. 

Iba en el metro, leyendo un libro. Un libro donde se habla de otros libros. Un señor me vio leyendo dicho libro y me comenzó a platicar sobre el escritor, su vida, lo mucho que lo admiraba y amaba sus escritos y me recomendó que leyera otro de sus libros. Ese otro-de-sus-libros apareció referenciado unas pocas páginas después en el libro que yo leía. Decidí que conseguiría ese otro-de-sus-libros para leerlo, tanta coincidencia tenía que ser una señal. Lo busqué en una librería de viejo, la mujer que la atendía dudaba de que estuviera ahí, pero me indicó donde estaría si es que estaba. Y sí, ahí estaba. Y no solo ahí estaba, sino que era hasta la misma edición que el señor me recomendó. Ya no solo era ese otro-de-sus-libros, era exactamente ese otro-de-sus-libros que ese señor desconocido me recomendó. Ya no era solo una señal, había algo más. 

Y ese algo más, es esto que escribo.

Hace unos 5 meses llegué a la conclusión (conclusión a la que han llegado muchos otros antes que yo y explicado de muchas diferentes formas) de que, efectivamente, la vida es una simulación, ese es un hecho irrefutable porque, literalmente, no hay manera de probar lo contrario. Todo lo que existe fuera de mí es una ilusión, solo yo soy real porque solo puedo acceder a mi yo ("pienso, luego existo", o ahora diría, "siento, luego existo").

Es como un videojuego donde yo, YO, no tú quien lee estás palabras e intenta hacer de ese yo tu yo, no, Yo, literalmente Yo, quien escribe esto, es el único personaje real y, de hecho, el personaje principal de toda la trama. El resto, todos los demás, son lo que se conoce, una vez más refiriéndome a los videojuegos, como NPC (Non Playable Characters). Y es obvio, el único jugador con el que puedo jugar es conmigo mismo, todos los demás, ustedes, son personajes con los que no puedo jugar este juego. Son parte de la experiencia del juego, pero no puedo experimentar el juego a través de ustedes.

Además, toda la realidad existe solo en tanto la percibo. Antes de que yo existiera, y una vez que deje de existir, no hay realidad posible que percibir y ese también es un hecho. Podrán argumentar que hay pruebas que dicen que la existencia estaba aquí antes que yo (o ustedes) y que seguirá aquí cuando no esté (o estén), pero no es así. No hay manera de refutar que todo eso existe, o lo hago existir, para que el juego tenga sentido. O más bien, que se ha hecho existir para que mi juego tenga sentido. 

Cómo cualquier videojuego, aparecí en un mundo que aparentemente preexistía antes de que yo llegara a iniciar la partida. Había personas, lugares, dinámicas previas al inicio. Y, asumo (asumimos) que, aunque acabe el juego, esa realidad donde se desarrolla seguiría existiendo. Solo se acabó una historia, pero no se acabó el mundo. Pero ¿es eso así? Los desarrolladores del videojuego crearon un mundo con un aparente pasado y un aparente futuro para que el juego tuviera contexto y algún tipo de sentido de porqué pasan ciertas cosas y qué pasará con dichas cosas en el futuro. Pero en realidad no hay ni futuro ni pasado; el mundo existe solo en tanto existe el jugador que lo juega. Una vez se acaba la partida, se acaba el mundo, así como el mundo inició junto con ella.

Que el mundo esté creado para mí, como jugador único de esta partida pone, dos preguntas en la mesa: ¿Tengo control sobre el mundo? Y más importante ¿Para qué crearon este mundo conmigo dentro?

La primera la pude responder rápidamente: no, no tengo control sobre el mundo. No obstante, entendí mal esa respuesta, aunque no esté equivocada. Primero pensé que, a pesar de conocer sus reglas, y aun conociendo todo lo que hay en él, soy sujeto del azar y los caminos que se abran según mis decisiones. Azar y determinismo.

Imagino un juego de solitario. Se exactamente cuantas cartas hay (52), cuántos palos (4), cuantas cartas de cada palo (13), cuantas cartas de cada número o figura (4, una por palo). Se exactamente cómo se juega el solitario (no me pondré a explicarlo, sería un paréntesis demasiado largo). Pero una vez que inicia la partida el azar y el determinismo comienzan a jugar entre sí. Cada acción tiene una consecuencia determinada, pero yo no tengo control sobre el orden de las cartas. Ni siquiera sé si es posible ganar la partida una vez iniciada (¿Toda partida de solitario se puede ganar haciendo los movimientos adecuados? Nadie ha logrado responder esa pregunta todavía). No sé si mover una carta a un lado o a otro, si abrir una u otra carta, si hacer esto o aquello, me llevará a ganar o perder una partida que, desde un inicio, ni siquiera sé si era posible de ganar. A pesar de conocer al milímetro las reglas y las cartas, el orden de ellas (azar) y las decisiones que tomo (determinismo) dictan como se desarrollará y en qué acaba la partida.

En otras palabras: comportamiento caótico. Aparentemente, en el supuesto de que conociera las condiciones iniciales con absoluta precisión, en principio, sabría el resultado de todo... No obstante, puedo leer el código fuente de un videojuego, saber las condiciones iniciales de todo y, aun así, no tengo manera de predecir qué camino tomaré como jugador ni a dónde llegaré. 

Bueno, sí, llegaré a la muerte, único final posible del juego. Pero no sé cuál es el camino ni como será dicho camino hasta ese único final...

Pero esto implicaría que existe el libre albedrío y la capacidad de decisión y eso genera más preguntas... Pero, el tema del libre albedrío es secundario y requiere de responder la segunda gran pregunta ¿Para qué crearon este mundo conmigo dentro?

Pareciera que primero debería preguntar qué o quién creó el mundo, pero eso está tan fuera de mi alcance como creatura creada que interpreta la realidad a través de una computadora lipídica-eléctrica, que le he (hemos) puesto de nombre “Dios” o cualquier equivalente único o múltiple. O podría ser casualidad, sin nadie como tal que lo haya hecho y solo pasó. Una fluctuación cuántica en el campo del inflatón que dio paso a la inflación universal, luego al Big Bang y a todo lo que existe.

Al final, la respuesta a esa pregunta es totalmente intrascendente. ¿Qué más da quien o qué creó el (mi) mundo? ¿Importa si hubo algo o alguien? No, lo que importa es el para qué. La intención es lo que cuenta.

Si el mundo es producto del azar, la casualidad pura, entonces no hay intención. Soy parte de una perturbación en el mar de la infinita calma que, una vez que se quede sin energía, volverá a la infinita calma. Cuando, cómo, no lo sé y no hay manera de saberlo. De este modo, todo lo que hago tiene un único para qué: para agotar esa energía y finalmente llegar, regresar, a la clama absoluta. Al silencio. Regresar a casa, al inicio. Y en su momento, hace 5 meses cuando empezó este proceso reflexivo, llegué a esta respuesta y me pareció hermosa y satisfactoria. Decidí quedarme con ella, vivirla y hundirme en ese deseo de llegar eventualmente a la calma eterna del principio-final del todo.

Partiendo de esta primera conclusión, la existencia o no de libre albedrío se vuelve intrascendente. Qué más da elegir o no elegir si, desde el principio, todo es una mera casualidad. Solo queda montar la ola y experimentarla hasta que rompa y se desvanezca por completo. Que deseo tan grande y egocéntrico ese de querer creerse capaz de elegir de manera realmente libre. Como si hasta la elección más supuestamente libre no estuviera directamente influenciada por todo lo que hay alrededor y dentro de uno.

Sin embargo, como se podrá adivinar por la tónica del texto, encontré otra posible respuesta al para qué se creó este mundo conmigo dentro. Esta otra nueva respuesta llegó a mi hace unos días, tras darle vueltas a esa particular coincidencia anecdótica que conté al principio de este escrito. No podía parar de pensar en cómo parece que hay situaciones que el universo nos pone en frente casi con una intención evidente. ¿Y si efectivamente hay una intención detrás de algunas de las cosas que pasan? ¿Y si de verdad hay un algo-alguien que pone cosas en el camino o diseña situaciones para que esto o aquello suceda? Hay personas que parecen estar malditas, que no importa lo que hagan, el universo parece conspirar contra ellas para que las cosas vayan mal. Mala suerte, le dicen. Karma, “quién sabe que estará pagando” ¿Y si efectivamente hay un por qué le pasan esas cosas? Y más importante que un por qué, un para qué.

¿Para qué ese algo-alguien haría que me pasen las cosas que me pasan? Una vez más, el quién-qué hace eso no es realmente lo importante. Para qué. Para qué. Cuál es el punto.

No me gusta la idea de un Dios que hizo todo solo porque le dio la gana y, de vez en cuando, interviene. Como si fuera una pecera decorativa que uno ignora hasta que es hora de alimentar a los peces o cambiarle el agua. En todo caso, prefiero pensar en un investigador. Alguien-algo que está al pendiente de lo que pasa, que toma notas con curiosidad y que interviene para que algo pase y comprobar una hipótesis.

¿Qué clase de hipótesis o investigación se estaría haciendo con el mundo? Es claro que una investigación filosófica. Las cuestiones físicas primarias que cimentan al mundo están tan bien entendidas que, de hecho, se pudo crear este mundo con dichas reglas. Tanto es así que doy (damos) por hecho de que, eventualmente, se conocerán esas reglas en su totalidad. El código fuente del videojuego.

Entonces, investigar el mundo físico no es el punto. En todo caso, es investigar hasta donde puede llegar ese mundo físico. Y ese mundo físico dio paso en mi (nosotros) a la filosofía. Lo más alejado y abstracto, a algo totalmente fuera de lo físico. Si yo soy el personaje principal del videojuego, lo que me pregunto, lo que ahora escribo, es parte del para qué de mi personaje. Mi personaje quiere explorar eso más allá de lo físico, entender el para qué de la vida, de sí mismo, de lo que lo rodea. Si no, ¿para qué me diseñaron así, con estas características inquisitivas sobre estos temas?

Siguiendo este hilo de ideas, donde lo que soy es reflejo de quien-que me creó (toda creación lleva algo de su creador) se suma el gusto por enseñar. ¿No acaso estoy escribiendo esto para que otros lo lean? De ser así, ese quien-que me creó no solo me creó para investigar esas cosas, sino posiblemente también para que otros aprendan de ello al observarme. De este modo finalmente llegué a la segunda respuesta del para qué. Para qué me pasa lo que pasa, para qué existo y existe el mundo: para investigar algo y mostrar los resultados a otros.

No solo eso, sino que llegué a la conclusión, seguramente por obra del quién-qué me creó, que ese-eso es el autor de un libro. No soy el personaje de un videojuego o un mono en una jaula hipercompleja: soy el personaje de un libro y quien-qué me creó es el autor de dicho libro. Y esa idea me gustó aún más y me hizo más sentido, porque, entonces, como personaje, estas ideas supuestamente mías son las ideas que me han puesto. ¿Cómo podría haber llegado a la conclusión de que era un personaje de un libro sin más pruebas que la intuición y la certeza de que es una conclusión verdadera si no fue porque el autor decidió que eso creyera? Como en los sueños donde sabes cosas que no sabes como sabes, pero las sabes y son ciertas.

Además, todas estas ideas son producto de haberlas absorbido de mi entorno. Y de todas las ideas que pude haber absorbido, fueron esas las que finalmente integré en mi ser. Toda la supuesta historia del universo me llevó a este punto preciso, a tener estas ideas, a escribir esto, a ser esto. El que se repitan ideas, patrones (ya lo dije al principio, a estas conclusiones ya se había llegado en otros modos, formas y tiempos) es para que yo, personaje, tenga un contexto a partir del cual pueda cumplir con el propósito del autor: preguntarme y responder esto para que los lectores aprendan algo. Y es que ese contexto lo desconocen los lectores, solo el autor y yo lo conocemos en tanto sería inabarcable condensar todo en el libro. Es parte de todo aquello que piensa el autor, las referencias que usa para construir su personaje y su historia en su cabeza antes de plasmar una pequeña fracción de todo eso en el libro que escribe.

¿Para qué me pondrían ideas sin sentido? ¿Para qué convencerme de una cosa cuando la cosa es distinta? ¿Para qué convencerme de que ese autor no lo hace por pura diversión? Incluso la idea del personaje que se da cuenta de que es solo una ilusión, una creación, e incluso confronta a su creador no es nueva ni mía, ahí estaba flotando, para que la aprehendiera y me diera las herramientas para poder llegar a plantearla.

Soy su creación y él-eso pone ideas, palabras, acciones que yo sigo con tal de continuar la trama y el propósito del libro. Ahora, ¿eso significa que no tengo libre albedrío? No, por el contrario. Crear un personaje implica dotarle de ciertas propiedades que el autor determina, tanto físicas como esenciales. Dichas propiedades, una vez establecidas, hacen que el personaje quede fuera del control absoluto del autor. Si bien, estrictamente hablando, el autor puede hacer que haga lo que sea, en realidad el personaje no lo haría porque no es propio de él. No tendría sentido que, una vez trazado el personaje, este hiciera algo fuera de dicho trazo. (O al menos eso cree el autor) Por tanto, sí, es posible que el autor decida absolutamente todo lo que pasa y lo que hago; pero en realidad, esas decisiones están sometidas a una inercia propia del personaje, las cuales el autor solo se encarga de plasmar como hechos. Del mismo modo, el autor también puede controlar el entorno siempre y cuando se mantenga acorde al mundo que creó.

El personaje, yo-personaje, hace lo que el autor plasma, piensa lo que el autor plasma, siente y experimenta y vive lo que el autor plasma; pero al mismo tiempo, parte de todo eso (si no es que todo eso) depende del personaje y su naturaleza. Responde, actúa, piensa y siente según el personaje. Si el personaje se enfrenta a algo, el autor solo puede elegir entre un número limitado de opciones para mantener la coherencia del relato. Yo elijo lo que el autor elige basado en las cosas que elegiría si yo fuera real y no solo un personaje.

Regresando a la primera pregunta (¿Tengo control sobre el mundo?), no, el autor tiene ese control, limitado por las características propias del mundo. Ahora, ¿tengo libre albedrío, control sobre lo que yo elijo? Sí y no, el autor creó el marco de posibilidades, yo elegí dentro de ese marco y el autor establece que efectivamente elegí eso. Ahora, ¿la elección es mía o del autor? La respuesta, una vez más, me parece intrascendente. O al menos es intrascendente para mí y, por tanto, para el autor y por ello decidió que yo no le diera más vueltas.

Otras preguntas intrascendentes pero interesantes ¿Me está escribiendo en este momento o ya está el libro escrito y más bien estoy siendo leído por otra persona? ¿Está programando el videojuego, trazando la línea argumental; o esta ya es la partida en sí y estoy siendo jugado? ¿El personaje de un libro sabe su futuro una vez que el libro ha sido escrito en su totalidad o cada vez que alguien lo lee vuelve a un estado inicial de total ignorancia sobre su destino, aunque este ya esté escrito? No lo sé y tampoco me interesa, ni al autor. (Aunque sospecho que está siendo escrito, hay demasiado mundo que no quedará en el texto final (siendo así, mi historia no tiene un final escrito, aunque posiblemente el autor ya lo haya esbozado: la muerte)).

Otras preguntas, ¿soy un único libro? ¿Hay más? ¿Ha escrito más? ¿Quién me leerá? 

El autor espera que este libro cumpla su propósito, aunque eso es bastante ingenuo y pretensioso. Quiere que esos otros que leen esto entiendan lo que él quiere que entiendan a través de mi personaje. Pero quién sabe si efectivamente lo entiendan o si quiera si van a leer el libro en primer lugar. Sería sumamente presuntuoso creer que este libro es EL libro, el gran libro de libros, la verdadera verdad, la fuente máxima de conocimiento, sabiduría y de todo lo que importa. Seguro es uno más entre muchos que alguien leerá entre muchos otros. 

Entonces, ¿para qué escribirlo? Por el deseo ingenuo de compartir algo, algo que el autor y, por ende, yo, creemos importante. Que tal vez nadie nos pidió que explicáramos, pero que hemos encontrado en la profundidad de la reflexión y hemos traído a la superficie. Llegamos hasta allá, encontramos esto, aquí lo dejamos sobre la mesa, para que ustedes lo observen, aun sin saber si les gustará, les servirá o siquiera les interesa, pero a nosotros-yo, sí.

El autor decidió poner un interludio filosófico en la banalidad de la novela, porque la novela es solo un vehículo para presentar interludios filosóficos. Será por eso por lo que me gustan tanto los libros que hacen eso, porque es reflejo mismo del autor que me escribe. Es su esencia plasmada en las páginas del libro y en los principios que me delinean como personaje.

Una última reflexión antes de cerrar este enorme paréntesis en la cotidianidad del personaje, dado que al autor se le agotan las ideas para continuar con esto y tiene que acabarlo de algún modo...

Las manos que se dibujan a sí mismas, ese precioso dibujo de Escher (como todos sus preciosos dibujos). ¿Y si yo soy el autor? Porque, al final, ustedes que leen, están leyendo estas reflexiones, que no pidieron, que no sé si les gusten, les sirvan o siquiera les interesen, pero aquí estoy, poniéndolas sobre la mesa. Tal vez son testigos de esta, mi novela, a la vez que forman parte del elenco. Una vez más, todo existe en tanto que lo hago existir, las manos que se dibujan a sí mismas...

No importa. Fin del interludio.

17/2/21

De lo Real

Este texto es quizá una continuación o una reedición, más abstracta, del texto de “¿Quién eres?”. Recomiendo no leerlo en un sentido académico, sino leerlo en un sentido performatico, porque así es como lo escribí, más por impulso que por reflexión, en un intento de volver tangible lo inefable.

 

Lo que es está en el plano de lo eal, así como la matemática, es lo ontológico. Lo abstracto, lo inaccesible al lenguaje y la razón al ser del sér, así con acento para mayor énfasis. Se experimenta como experiencia pura, dado que una vez que se verbaliza o simboliza, deja de estar en el plano de lo eal, ya que ha pasado a lo conceptual, a lo categorizado, intelectualizado, abstraído, para hacerlo manejable y tangible. Lo eal es el ser en sí mismo, tal vez similar al ello freudiano (aunque seguro la metáfora es incorrecta), la potencia, la intención, lo que és.

 

Lo que está en el plano de lo real, así con itálicas, es lo conceptualizado, lo categorizado. Lo que decimos que es desde el lenguaje y la razón. El deber ser, se transmite y experimenta en el discurso, de manera racional, para hacerlo manejable, tangible, aprehensible, útil para la experiencia cotidiana. Construido a partir de lo eal, lo real es esa ilusión creada por nuestra capacidad de abstraer los patrones y construir significado. Son las reglas de comportamiento, lo que se dice que es o debe ser, tal vez similar al superyó freudiano (aunque seguro la metáfora es incorrecta), el orden que estructura lo eal que es caótico e inaccesible. Lo real es esta alucinación colectiva, emergente de la fisiología, que nos permite interactuar con lo eal.

 

Lo real está siendo constantemente, es construido a partir de nuestros esquemas, categorías, experiencias, reglas impuestas, lo que nos dicen desde afuera. Pero sólo es una representación de lo eal, lo que ahí estaba antes de nosotros y estará después de nosotros. La única manera de acceder a lo eal es a través de la trascendencia de la corporeidad, en tanto lo corpóreo necesita hacer real lo eal para asegurar la supervivencia, para saber que es peligroso, que se come, cuando guarecerse y de lo que vale la pena reírnos. Lo eal está desprovisto de sentido y significado, és y ya, mientras que lo real está siendo, en el presente solamente, porque lo construimos. Lo real existe en tanto nosotros existimos, comenzó a existir con nosotros y dejará de existir con nosotros para dejar sólo lo eal. Si acaso, lo real es una manera (en tanto no puedo asegurar que es la manera), bastante efectiva, aunque insuficiente, que ha encontrado lo eal de saberse y experimentarse de manera corpórea, lo cual la limita.

 

La manera más rápida de probar la diferencia entre lo real y lo eal es a través de los psicotrópicos, ya que sus efectos no dejan duda alguna sobre como lo real es una construcción hecha teniendo como sustrato lo eal.

 

Ahora bien, finalmente nos queda hablar de lo ꓤeal, así con la ꓤ invertida, que es la nada. El problema, es que al escribir “la nada”, automáticamente deja de no-ser y pasa a sér y ser, gana cualidades, cuando la nada simplemente no tiene cualidades en tanto no-es, de ahí que mejor usar ꓤeal como una manera de evitar nombrarla, porque al hacerlo, se nos escapa de las manos, o más bien, se nos deja de escapar. Ahora bien, ¿Cómo "experimentar" lo ꓤeal? (nótese lo paradójico de la pregunta) Lo curioso, es que es bastante simple de hecho. Hay quienes dicen que es oscuridad o luz total, pero la oscuridad y la luz son reales en tanto las podemos verbalizar y describir y en el mejor de los casos son eales en tanto se pueden experimentar, pero eso las hace y, por tanto, no son ꓤeales.

 

Entonces, ¿Cómo "experimentar" lo ꓤeal? Sigue siendo la pregunta y dije que era sencillo hacerlo y lo es. Es más, vamos a hacerlo, (¿Notas como acabo de convertir tu ealidad en realidad en tanto me estoy dirigiendo concretamente a ti?). Ve todo lo que te rodea. Al verlo, todo eso está en el plano de lo real, porque lo significas, lo entiendes, sabes que es, cómo se llama, sus cualidades, etc. Ahora, fijando la vista hacia el frente, intenta ver lo que está exactamente detrás de ti. Todo eso está en el plano de lo eal y al mismo tiempo ꓤeal. Está en el plano de lo eal, o eso supongo, en tanto no ha dejado de sér, con acento, y al mismo tiempo es ꓤeal porque no lo estás experimentando. Lo que no-ves detrás de ti no es oscuridad ni luz. No es comunicable, no es descriptible, si empiezas a describir lo eal que suponemos que está ahí, automáticamente colapsa en lo real (en tanto lo conceptualizas) y abandona el plano de lo ꓤeal. Y ni siquiera puedes decir que lo experimentas, por que no hay algo que experimentar.

 

Cuando morimos, nuestra realidad desaparece, mientras que nuestra conciencia, ego, o como sea que se desee llamar a esa capacidad de generar realidad, pasa a ser ꓤeal. A ese plano detrás nuestro que no-vemos y no-experimentamos. Es entonces, y sólo entonces, que nos volvemos puramente eales, en tanto ya no hay algo que interpreta y construye lo real, hemos llegado a la trascendencia absoluta, donde lo eal y lo ꓤeal son indistinguibles en tanto no hay algo/alguien que distinga o experimente. El todo en el no-todo, el final al principio del camino, el origen en el destino. 


También se puede intentar llegar a ese estado dual de eal y ꓤeal a través de las experiencias místicas, sin embargo, la mayoría de las veces son solo aproximaciones ya que, de llegar a lo ꓤeal, el tiempo real desaparece y, por ende, no habría manera de retornar, de volver a ser, porque para ser se necesita del presente, del correr del tiempo. Por tanto, tocar lo ꓤeal es renunciar automáticamente a lo real y, de hecho, hay quien lo hace, sin embargo, es un viaje sin retorno.

 

Finalmente, recordemos que lo real es lo que nos mantiene vivos. Lo que nos permite comportarnos, coexistir, es la base de la moral, la ley, la ética. Nuestra capacidad de construir realidad es lo que nos ha permitido seguir siendo y estando. No nos podemos desprender de lo real porque hacerlo es la muerte literal y figurada. Sólo nos queda mantenernos conscientes de su cualidad fugaz e iℝℝeal, conscientes de que nada de lo real está dado o es natural. No confundamos el deber-ser o el digo-que-es, con el és. Ya llegará el día que, de manera ineludible, cada uno de nosotros nos hagamos eales y, de paso, ꓤeales, no nos apresuremos.

 

Dedicado a A. Chirino. Por nuestras pláticas reales y lo que causan

2/12/20

Tengo miedo de morir

Temerle a la muerte es algo increíble. Le temo al dolor porque he sentido dolor, les temo a las amenazas porque me han amenazado, le temo al sufrimiento porque he sufrido, a las pérdidas porque he perdido, a la humillación porque he sido humillado, pero ¿Temerle a la muerte? 
 
¿Cómo le puedo tener miedo a algo que jamás he experimentado y que, cuando lo haga, no habrá manera de expresar o compartir la experiencia? Temerle a la muerte es temerle a lo nuevo, a lo extraño, lo diferente y lo desconocido. 
 
Nunca seré o haré lo suficiente como para no morir. Nadie, al menos no por el momento, puede evitarlo y, aún si hubiera forma, no sé si optaría por la inmortalidad. Puedo intentar no morir pronto, evitar morir a toda costa, pero es un hecho que, lo más probable, es que muera sin haberlo previsto, sin haberme preparado, sin más, un día me reintegraré a la eternidad. 
 
Cierra los ojos y cuenta un segundo, así se siente la eternidad
 
No recuerdo ni percibo lo que fue el mundo y el universo antes de haber nacido, ni siquiera sé que olvidé ese pasado completamente inaccesible. Del mismo modo, el futuro después de mí es un vacío atemporal del cual no sabré ni tendré modo alguno de conocer, al menos hasta donde sé con certeza. 
 
Pero ¿Qué es saber con certeza? El no poder medir algo científicamente no es razón suficiente para negar categóricamente su existencia. Hasta hace unas décadas no podíamos medir los átomos, los agujeros negros, las galaxias del universo primitivo y, no obstante, ahí estaban. Así, hay cosas que hoy no podemos medir, pero no por ello significa que no existan. Pero tampoco significa que existan. 
 
Morir es cambio. Es continuar con aquel proceso de transformación que inició con energía, dio paso a partículas, átomos, que formaron estrellas y luz, que al morir me dieron vida y, así, al morir daré vida a otros seres, otras cosas. Los átomos que hoy forman lo que soy fueron parte de otras personas, de animales y plantas hoy extintas, de meteoritos, de planetas, de galaxias distantes. A su vez, cuando el Sol devore nuestro planeta dentro de eones, los átomos que hoy me forman volverán a aquella forja estelar antes de ser liberados al cosmos, en espera de formar parte de un cometa, una estrella, un planeta y, quien sabe, tal vez nueva vida. 
 
Romantizar la muerte, el eterno cambio hasta que la entropía del cosmos detenga su propia maquinaria. No obstante, no estaré para ver nada de eso. Mi ser se transformará en algo más durante el resto del tiempo, pero mi ego morirá sin duda alguna. Quien soy, lo que soy, lo que fui y seré se quedará atrapado para siempre en esta rebanada de tiempo que me tocó, aunque la materia que me da forma la trascienda. 
 
¿Qué es morir realmente? El uróboro. Es regresar al inicio de todo al llegar al final de todo.
 
Nunca me había preocupado tanto morir, y no es para menos. Pero no son las circunstancias que han puesto a la muerte a la orden del día, porque la muerte ya estaba ahí, desde siempre. Tampoco es que recién me de cuenta de mi propia fragilidad, porque esta también siempre ha estado ahí. Lo que sí, es que fue hasta hace un par o trío de años que, tal vez por primera vez en mi vida y por un lapso tan amplio de tiempo, he disfrutado vivir. Durante tanto tiempo me sentí tan miserable que la muerte no era amenazante, y desde entonces, desde que aprecio lo que tengo, temo perderlo. 
 
Que ironía. 
 
Pero, así como dice el chiste malo, si tener dolor de cabeza es bueno por ser señal de tener cabeza, entonces tener miedo a morir, supongo, es señal de querer vivir. 
 
Y eso es bueno.

11/4/20

Se nos acabaron las excusas y se nos acabaron los pretextos

Se nos acabaron las excusas para no ver, para voltear hacia otro lado.

El mecanismo del mundo se ha detenido, exponiendo lo que la velocidad y el movimiento ocultaban, difuminaban. Las grietas estaban ahí, y no pocos habían reparado en ellas. Pero muchos más habían decidido ignorarlas, negarlas. Ya las repararán los que vienen, los del futuro.

Se nos acabaron los pretextos para justificar, para defender lo indefendible.

Hoy la desigualdad reluce, brilla sin que podamos negarla. Hoy vale más un cartón de huevos que un café a sobreprecio. Y no es que no fuera así antes, sólo que se nos había olvidado.

Salen comunicados de gente innecesariamente rica suplicando por ayuda, mientras los que nunca han tenido quien les ayude, se arman de valor, listos para enfrentar la vida una vez más.

Se nos acabaron las excusas para no escribir, para no reflexionar.

Un ser microscópico, si es que podemos llamarle ser (exquisiteces de la biología) ha puesto en jaque a quienes se decían invencibles, a quienes se decían fuertes.

Peleamos contra un fantasma, contra el viento que se nos escapa de entre las manos.

Se nos acabaron los pretextos para olvidar, para borrar el pasado.

O al menos eso decimos hoy, a cinco meses que inició esta historia, allá lejos, en una ciudad de la que no sabíamos nada de este lado del Pacífico y que de pronto saltó a los titulares en todos los idiomas.

Pero las catástrofes y desgracias, como la que nosotros vivimos en el 2017, pareciera que se terminan olvidando, se terminan borrando. Una vez que la rueda comienza a girar, los colores se mezclan y se pierden una vez más.

Pero es que hoy, hoy, hoy, es el mundo entero. Menos de 10 países se han salvado y, no obstante, también están experimentando las consecuencias.

Se nos acabaron las excusas para negar lo innegable, para admitir lo inadmisible.

Marc Augé dijo, hace tiempo, que habíamos llegado al fin de la prehistoria de la humanidad y que era tiempo de la Historia de la humanidad. De la humanidad como un todo, como raza planetaria. Se acabó la historia fragmentada, es hora de la Historia total.

Tal vez, ese día llegó hoy. Empezó en diciembre del 2019, pero, como las lluvias que se convierten en inundaciones, nos dimos cuenta hasta que el agua nos llegaba ya hasta los tobillos.

Ese día fue el día en que inició La Historia.

Se nos acabaron los pretextos para no hacer cambios, para conservar la inmovilidad.

Tal vez, hoy, hoy, hoy, el día que inició la Historia, no sea el día que inicie la gran Revolución. Tal vez aún falta tiempo. Pero, hoy, hoy, hoy, ha empezado a llover.

Hoy, se nos acabaron las excusas y los pretextos.

Ahora sólo falta esperar la inundación.


Publicado originalmente en Desencuentros, cuentos al revés.

2/4/20

El principio después del final [La generación del Apocalipsis V]

Entonces ocurrió, no era imprevisible, era cuestión de tiempo que sucediera, pero esperábamos que no nos tocara a nosotros, que fuera responsabilidad de los que aún están por venir, dejarlo para mañana.

Ocurrió y el reloj del mundo se detuvo. Un acontecimiento de proporciones planetarias que hizo retumbar los cimientos de nuestra normalidad como especie. Nos dimos cuenta de que esto no es una crisis que ha venido a cimbrar nuestra realidad, sino que nuestra realidad es vivir en crisis, pero hasta ahora es que se manifestó con maravillosa y aterradora claridad. 

El sacudón tiró de la manta con que ocultábamos la verdad incómoda que no queríamos ver y que seguimos sin querer aceptar, volteando a otro lado, mientras los cadáveres se apilan uno sobre otro y se multiplica el sufrimiento.

Desigualdad. Pobreza. Hambre. Muerte.

Nos hemos preparado y hemos preparado a los que vienen para adaptarse a un mundo enfermo, para encajar en el engranaje de una máquina descompuesta, asegurando que siga andando a pesar de que es evidente que hay que repararla, o incluso, tirarla a la basura y diseñar una nueva y mejor.

Prepárense para el futuro, para “el mundo real”, nos dijeron. Esta es la realidad y, todo aquello que nos convencieron de que íbamos a necesitar, no tiene cabida. Es más, ese futuro, esa realidad para la que nos preparábamos hoy se muestra sin maquillaje, nauseabunda.

Hoy escuché una frase, “es que cuando trabajen, nadie les va a preguntar, van a tener que seguir las normas y a nadie le va a importar como se sienten o si les desagrada o se les complica”. Pero ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué tenemos que seguir contribuyendo, reproduciendo una estructura basada en la antipatía por el otro, en la productividad sobre todas las cosas, en alinearnos siempre a las reglas sin chistar, a la verticalidad? ¿Por qué seguir preparándonos para un mundo enfermo en vez de buscar cambiar el mundo?

Hoy escuché otra frase “Es que así le están haciendo en otros lados y nadie toma en cuenta sus quejas”, como si fuera justificación para hacer lo mismo. ¿No sería mejor que fueran ellos quienes cambiaran? ¿Qué fueran ellos los que escuchen, los que se preocupen los que cambien para mejor? ¿Por qué tendríamos que adaptarnos, plegarnos a la versión cruel y desalmada del mundo?

Hoy escuché otra frase “Pues yo me tuve que aguantar y sufrí y lo superé, sin excusas”, como si el sufrimiento propio fuera justificación para ser indiferentes ante el sufrimiento ajeno. ¿No hubiera sido mejor, en ese entonces, que alguien le preguntara, le ayudara, velara por su bienestar?

¿Por qué debemos seguir preparándonos para este mundo roto en vez de prepararnos para repararlo?

El mundo está congelado y es nuestra oportunidad para verlo con detenimiento y preguntarnos si realmente vamos por buen camino.

¿Por qué tenemos que aguantar? ¿Por qué tenemos que ser fuertes? ¿Para sobrevivir en un mundo que busca destrozarte? ¿No sería mejor cambiar el mundo? ¿No sería buen momento para preguntarnos si lo “bueno” es bueno en realidad? ¿Bueno para quienes? ¿Bueno para qué? ¿Bueno según quién?

¿No sería mejor cambiar el mundo?

Pero para eso, primero habrá, tal vez, que destruir éste.

El principio sólo viene después del final.

18/2/20

Resistencia al cambio

Inercia dicen los físicos. La materia se niega a ponerse en movimiento, cambiar de dirección o velocidad. Es física pura y también procesos de la mente. Neofobia, como las ratas. Miedo a lo nuevo, a lo desconocido, de ahí nuestro miedo a la muerte. No a morir, sino a lo que hay (¿hay?) después.

Pero el cambio es vida. Evolución, adaptación, crecimiento. El cambio es movimiento, descubrimiento y posibilidades. Lo que no se mueve, se estanca, se enlama, se oxida y se enmohece. No crece, muere. La muerte es eso, el no cambio, lo estático, la versión final y acabada de lo que uno pudo ser o no ser.

No hay que resistir el cambio, hay que abrir puertas, ventanas y hasta agujeros en los muros si es necesario para salir y explorar.
Pajarillo, no te resistas. Vuela lejos, abandona una vez más la jaula que con tanto esmero has construido y cómodamente has habitado. Cambia de paisajes, colores y sonidos. Quien sabe que encontrarás detrás de la siguiente colina, más allá del bosque, atravesando los mares. 

Rompe las cadenas que tú solo te has puesto, has un giro en la trama, cambia de camino, salta del tren y corre por la pradera. Ocupa ese empuje, esa inercia, para llegar lejos, más lejos, en otra dirección, allá donde no conoces, allá donde no has estado.

Vuela pajarillo, vuela una vez más a lo desconocido.

4/1/20

Reloj de manecillas [La generación del Apocalipsis IV]

Se sugiere leer performáticamente.

Ahora que inicia (o no…) una nueva década, pareciera como si de pronto me hubiera hecho consciente del paso del tiempo. No tanto como si no estuviera al tanto de que se hace de noche, que a cierta hora hay que despertar o salir y que la comida debe estar en la estufa por unos minutos; sino el paso del tiempo en un sentido un poco más filosófico (¿filosófico?), en tanto cambio, en tanto motor del movimiento, aquello que permite que las cosas pasen (¿O es que el tiempo pasa porque pasan cosas?)

(Breve paréntesis: leyendo una novela [La Montaña Mágica de Thomas Mann] encontré una hermosa reflexión sobre el tiempo que, tristemente, cada vez aplica menos en nuestra época [aunque retomaré esto más adelante]. El libro fue escrito a principios del siglo XX, cuando los relojes de manecilla eran la norma y desde ahí se plantea que, en tanto se medía el tiempo a partir del movimiento de las manecillas, en realidad, medíamos el tiempo no en sí mismo, sino a través del espacio y la distancia recorrida por las manecillas en éste. A su vez, cuando algo queda lejos, pero no sabemos exactamente qué tanto, solemos decir que está a cierto tiempo de distancia. Así, medimos el tiempo en distancia y la distancia en tiempo. Espacio-Tiempo. Thomas Mann seguro habrá estado al tanto de los postulados de la Relatividad General)

El tiempo trae consigo cambios, cambios pequeños y cambios profundos, coyunturas, rupturas, revoluciones… Y el siglo XX fue uno de los más complejos en ese sentido.

Durante ese siglo, la generación de nuestros bisabuelos (asumamos que todos somos millenials, y que nacimos entre la década de los ochenta y noventa) y la generación de nuestros abuelos tuvieron un quiebre jamás antes visto en la historia de la humanidad. La revolución tecnológica sumada a la revolución del pensamiento, ideológica y política desatada en occidente tras las guerras mundiales implicó que, de pronto, todo aquel modo de vida que nuestros bisabuelos habían construido a partir de lo que sus padres (y los padres de sus padres, y los padres de los padres de sus padres) les habían enseñado, colapsó de pronto. No es que no hubiera habido cambios radicales o revoluciones antes, pero es que lo que sucedió a mediados del siglo XX fue un cataclismo. Absolutamente todo se derrumbó. Los discursos, las ideologías, las ideas, todo se puso en duda (he ahí la posmodernidad).

Nuestros abuelos entonces se dedicaron a destruir lo que los bisabuelos habían propuesto, ese mundo desapareció y surgió uno nuevo, basado en nuevos ideales, nuevos objetivos, nuevas prácticas. Ahí nacen nuestros padres, nacen en el mundo nuevo, el mundo ideal y de abundancia del Estado de Bienestar, el mundo donde todo era posible al haberse roto las cadenas del pasado. De pronto nace una sociedad ávida de consumir, de generar dinero y riqueza, de excesos, de libertad total. Pulvericen el tradicionalismo, muerte a lo conservador, revolución sexual, drogas, punk y psicodelia, Andy Warhol, arte contemporáneo, performance, un mundo en Technicolor. Pero a su vez hay un mundo conservador, un mundo con el ideal del progreso material (pero ya no social), superación personal, éxito individual, millonarios, tener trabajo, casa, auto y familia, ser el mejor, competitividad. Surreal, pero funcionaba.

(Tal vez por esa misma surrealidad, esa época sigue siendo la predilecta para ambientar las películas de cine de arte…)

A partir de ahí, durante unas cuantas décadas se modeló un mundo cuya más grande maldición es que convenció a la humanidad de que no existen otras posibilidades fuera de él, que no se puede “vivir bien” si no es con trabajo, con casa, con dinero, con objetos, electrodomésticos, comida enlatada… Hasta para mí, pecando de honesto, si bien escribo y si bien racionalmente sé que “vivir bien” es una idea totalmente arbitraria, no me concibo viviendo de otra manera…

Sin embargo, ahora que poco a poco a nosotros nos está tocando hacernos cargo del mundo, nos estamos empezando a dar cuenta de que no podemos continuar con aquel camino que trazaron nuestros abuelos y siguieron nuestros padres. Aquel mundo ideal que en que ellos crecieron y que creyeron que sería el mejor para nosotros y que nos educaron en función de él, para alcanzarlo, para lograrlo. Ese mundo, de pronto, se erige (o más bien se hunde) como un precipicio, como el fin del camino.

Locura. Incertidumbre. Soledad. Violencia. Destrucción. Extinción. Muerte.

Pareciera que aquel mundo ideal no era más que la espiral al infierno, como si fuéramos adictos a la heroína. El camino no es camino.

(Pero esto no es para culpabilizar ni señalar. Los que nos precedieron de verdad creyeron en ese futuro, es el futuro que se construyeron al ver como se desmoronaba su presente, al destruir a martillazos y con bombas atómicas su pasado. Por un momento, por dos generaciones, ese mundo era el mayor logro, la posibilidad de libertad y felicidad para todos. Lo habíamos conseguido como especie, la cúspide… pero el brillo era demasiado y no lograron ver que ese destello era más bien un tren a toda velocidad a punto de arrollarlos. No es su culpa. No es culpa de nadie. Tener esperanza en un futuro mejor cuando el mundo acaba de ser destruido es lo más sensato. Ser educados para vivir en la utopía y actuar en consecuencia es comprensible. No, no es culpa de nadie. Estamos aprendiendo como especie.)

A nosotros nos están cediendo poco a poco las riendas de un caballo desbocado. El problema es que lo que nos dejaron se ha empezado a revelar como un espejismo y, detrás de él, siguen las ruinas de aquel mundo destruido hace más de sesenta años. El cataclismo fue tan brutal, la desesperación tal, que llevó a aquellos a alucinar, a negarse a ver, a enloquecer, y educaron a sus hijos dentro de esa alucinación histérica multicolor. Pero en nuestro caso, se ha empezado a desvanecer, develando el horror que siempre se mantuvo en el fondo. Se acabó el viaje, de regreso al mundo real.

Vemos como de pronto hay una enorme necesidad de pasado, de regresar a aquel mundo que nuestros abuelos demolieron. El retorno a lo orgánico, a lo natural, a lo artesanal. ¡Y de pronto, en nuestros celulares podemos poner un reloj de manecillas y medir el tiempo a través del espacio, rechazando los relojes digitales que, en su momento eran el gran logro, la democratización de la medida del tiempo al evitar el tener que interpretar la disposición de las manecillas en tiempo transcurrido y solo leer números! ¡Retornamos al pasado, rechazando el presente utópico! ¡Es simplemente glorioso en todo el sentido de la palabra!

Es que el mundo se destruyó (porque queramos o no, sin romanticismos, occidente controla el mundo desde hace unos cuantos siglos) y le tomó a la humanidad dos generaciones empezar a salir del estupor y plantearse realmente qué demonios hay que hacer ahora. Pero, por si fuera poco, ha pasado tanto tiempo que reconstruir aquel pasado es imposible. En nuestra alucinación colectiva hicimos tantas cosas que es imposible retroceder. Aceleramos tanto para huir del horror lo más rápido posible que ahora no podemos frenar. Ahora todo cambia en un abrir y cerrar de ojos, todo es tan veloz que ha perdido definición, las formas se mezclan, nada es claro, todo es todo, interconexión total.

¡Y es que hasta desapareció la idea de que la humanidad es la especie superior! Ahora nos estamos dando cuenta de nuestra irrelevancia frente al cosmos. Somos un animal más en esta nave espacial que se mueve a velocidades inconcebibles a través de distancias inimaginables a la que llamamos Tierra.

Entonces nos agarramos de lo que sea, para dar un poco de sentido a lo que nos rodea. Los likes en Facebook, las reproducciones en YouTube, las fiestas a las que hemos ido, lo que no hacemos, lo que no apoyamos, lo que compramos, lo que tenemos, lo que aparentamos. Porque nada es claro, nada tiene un valor preciso ni permanente, pero de algo nos tenemos que agarrar, aunque sea efímero, aunque sea irrelevante, pero nos da un poco de certeza, de cotidianidad, un lugar en un universo cada vez más amplio.

Pero a pesar de todo, hay quienes siguen corriendo locamente hacia un “arriba y adelante” que cada vez se ve más y más imposible, lejano… Y es que no es que ya hayamos despertado del sueño, sino que a penas estamos abriendo los ojos. Estamos aún medio dormidos, pidiendo cinco minutos más. Pero es inevitable que, finalmente, esas ultimas trazas de ensoñación de difuminen y nos dejen tumbados, con los ojos cerrados, rehusándonos a abrirlos, pero sin más remedio que aceptar que todo fue un viaje onírico (o psicotrópico) y que tenemos que ponernos a trabajar, ahora sí, en construir (en tanto reconstruir es una imposibilidad) una nueva realidad.

¿Cuándo terminaremos de despertar? La distancia es larga, el camino por recorrer extenso, y no sabemos qué tanto, al grado que sólo lo podemos medir en el tiempo que nos va a tomar hacerlo… entonces, ¿Cuántos años, cuantas generaciones se necesitarán? No lo sé. Espero que no tardemos tanto y que colonizar Marte (porque va a pasar) no sea otro paso en nuestro delirio y deseo irrefrenable de escapar de la aterradora incertidumbre.

Y cuando el reloj despertador de manecillas sonó, el Apocalipsis seguía ahí.

11/12/19

Violencia

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                .

4/8/19

Alcanzar la cima

Uno puede intentar subir a la cumbre del Everest, claro, pero no cualquiera lo logra ya que necesita un intenso entrenamiento, además del equipo especial para soportar las duras condiciones ambientales a más de 8 kilómetros sobre el nivel del mar. No obstante, alcanzar la cima no basta, sino que hay que luchar por mantenerse, porque si alguien llegase hasta ahí y se despojara de su tanque de oxígeno o de su abrigo, moriría. Si acaso se puede tomar unos minutos para admirar el paisaje, pero eso no significa que estando ahí arriba ya puedes descansar, ya puedes quitarte todo el peso del equipamiento, ya puedes relajarte y disfrutar del éxito. No. ¿Qué pasaría si alguien decidiera permanecer ahí durante años? El esfuerzo, los recursos y el sufrimiento que se requerirían ¿Valdrían la pena?

No sólo pasa con los montañistas que alcanzan la cima y que al poco tiempo tienen que descender dado que no es posible quedarse permanentemente. Lo vemos con los artistas que, una vez alcanzada la fama, colapsan bajo la presión de mantenerla. Lo vemos con los negocios, que una vez que se vuelven populares a penas y pueden mantener la calidad que los distinguía. Lo vemos con los investigadores, que una vez alcanzado cierto escalafón o reconocimiento tienen que luchar contra sus colegas para evitar perderlo. Lo vemos con los países del primer mundo, donde para mantener el nivel de vida que presumen, someten a sus poblaciones a unas condiciones tales que las llevan a presentar los más altos índices de adicciones y suicidios.

Uno nunca llega realmente, porque se nada contracorriente. Entonces nos convertimos en seguidores de Sísifo, ya que en cuanto dejemos de empujar la piedra, en cuanto creamos que “hemos llegado”, ésta puede resbalar por el borde de la montaña. Así que ahí nos quedamos, soportando el peso de la roca, creyendo que algo conseguimos y que valió la pena el esfuerzo.

Quienes sí llegan a la cima, y se mantienen, lo logran haciendo enormes sacrificios. A esas personas las vemos como héroes, pero cuantas no anteponen el éxito sobre su salud, sus relaciones e incluso su felicidad. Abundan los ejemplos cinematográficos y de la vida real, donde, por alcanzar “el éxito” una persona abandona a los suyos, sus principios y hasta su bienestar. Véase el caso de los japoneses que mueren por el esfuerzo en sus trabajos y el mundo los ensalza como ejemplos a seguir de entrega, responsabilidad o que se yo. ¿Cuántos de aquellos grandes personajes que “lo lograron” no viven deprimidos y solos? ¿Cuántos no tienen que recurrir a los ansiolíticos o a las drogas?

Celebramos e idolatramos a esos mártires, a la vez que nosotros mismos presumimos cuantas horas hemos pasado sin descansar, cuantas tazas de café tuvimos que beber por la mañana para aguantar despiertos y cuantas pastillas para dormir ingerimos para poder vencer el insomnio causado por el estrés. Vamos por ahí, enseñando como si fueran trofeos de guerra nuestras ojeras, nuestros tics, nuestros colapsos nerviosos, nuestro dolor de cabeza, nuestros fracasos sentimentales, nuestra falta de vida social y tiempo libre. Somos como aquellos guerreros que presumían y contaban con orgullo como habían perdido un brazo, un ojo, como habían recibido una bala o una flecha, mostrando a la familia que dejaron atrás, soñando con el día en que regresemos a nuestra pequeña cabaña. Somos los nuevos soldados en una eterna guerra contra el mundo y contra nosotros, para superarnos, para romper nuestros límites, pero ¿Realmente se puede ser feliz si siempre se tiene que estar luchando contra todo y contra todos?

Se nos educa desde el principio para buscar ser los mejores en lo que sea, para ser mejores que los otros alumnos, para ser mejores que nuestros hermanos, para buscar el reconocimiento, pero nadie nos enseña que está bien ser el segundo, o el quinto, o el centésimo mejor. Celebramos al primero en llegar a la meta, ahí están las medallas de oro, plata y bronce, pero ¿Dónde quedan los demás? Tal parece que su esfuerzo, sus capacidades y sus logros no son suficientes para ser reconocidos, sin siquiera tomar en cuenta los años de trabajo duro, lo que tuvieron que pasar para, al menos, ser un décimo lugar. ¿No es una tortura pensar que, como no fuimos de “los primeros”, somos insuficientes o mediocres?

Se nos dice que hay que superar nuestros límites, pero nunca a ser humildes y reconocer cuando en verdad no podemos, cuando algo va más allá de nuestras capacidades, a pedir ayuda, a descansar, a tomarnos nuestro tiempo, a ir a nuestro ritmo. Se nos dice que debemos practicar sin descanso, pero nadie nos muestra los fracasos ni los intentos fallidos, nadie nos enseña a divertirnos en el proceso, a disfrutar nuestro crecimiento, el viaje, porque “si no duele no sirve”, todo tiene que ser extenuante, duro y complicado, porque tenemos que demostrarle al mundo lo mucho que nos costó llegar a donde estamos. Pero ¿Qué objeto tiene esa triste muestra de egocentrismo? Por si fuera poco, se nos dice que no podemos rendirnos, abandonar y cambiar de camino u objetivo, porque en caso de hacerlo, se nos recrimina todo lo invertido como un desperdicio, como si no tuviera mérito alguno haberlo intentado, aunque no hayamos llegado a la meta. Así seguimos y seguimos, desgastándonos más y más, sufriendo por algo que tal vez no sea tan importante, pero “ni modo de dejarlo a la mitad”.

Finalmente, se nos dice que todo lo bueno y lo malo que nos suceda es enteramente nuestra responsabilidad. Somos dueños absolutos de nuestro destino y si somos pobres, “es porque queremos”, y si somos ricos es “porque nos lo ganamos”. Si reprobamos es “porque somos flojos” y si nos graduamos con honores “es porque si nos empeñamos”. Pero ¿Dónde quedan los desastres naturales, las enfermedades, la pobreza estructural, la competencia desleal, la desigualdad de oportunidades, los accidentes e imprevistos, las necesidades, los contextos específicos, las historias de vida, los gustos propios, los ideales?

Es injusto compararnos con aquellos supuestos “primeros lugares”, y es que no hay cosa tal como el primer, segundo y tercer lugar, porque no vivimos la misma vida, no recorremos la misma pista ni subimos la misma montaña, no tenemos el mismo equipo, no tenemos el mismo entrenamiento. ¿Por qué entonces deberíamos tener que alcanzar los mismos objetivos? Tenemos que darnos cuenta de que, a diferencia del Everest como una sola y única montaña, nuestras posibilidades de entender el éxito o la cima son infinitas, que cada quién es libre de proponerse una meta, tan cerca o tan lejos, tan alto o tan bajo como quiera y como pueda, porque no todos tenemos los mismos recursos, posibilidades y habilidades.

No digo que debamos dejar de buscar llegar más lejos o más alto, renunciar a nuestros sueños, sino que, a cada paso, hay que preguntarnos si “lo que queremos llegar a ser” no es una obsesión tal que nos impide darnos cuenta del daño que nos estamos haciendo o, peor aún, a los que nos rodean. Preguntarnos también si estamos dispuestos a pagar el precio que implica llegar y más aún el de mantenernos ahí.

Pero sobre todo, hay que aprender y recordar que siempre podemos decir “basta, ya no puedo” o “ya no quiero esto” porque no tenemos que terminar, llegar, alcanzar ni ser tal o cual cosa para ser suficientes, YA somos suficientes. Sintámonos orgullosos de intentarlo, de nuestro esfuerzo, de llegar a donde sea que lleguemos, de las grandes y pequeñas montañas que subamos o que tratemos de subir, de cambiar de caminos y buscar otros destinos, porque con cada paso dado, ya estamos más lejos de lo que nunca habíamos estado.

Ya has logrado ser quién eres el día de hoy, y eso, eso ya es todo un éxito.

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