6/6/14

La Casa de la Tía Irene. Parte IV.

Este recinto de techo lleno de cochambre cuenta con una segunda salida al igual que la sala, la cual consiste en un mosquitero corredizo por el cual se cuela el viento y la luz. Tras este velo de tamiz, inmediatamente a la izquierda y pegado a la pared se encuentra un modesto lavabo metálico. De igual modo, como si un toro hubiese sido emparedado a la hora de construir la casa, se puede ver un cuerno sobresaliendo del muro, cuyo uso las personas de ahora no alcanzan a dilucidar ya que se remonta a épocas añejas y empolvadas que nadie recuerda, mas que la Tía, por supuesto. Este nuevo espacio exterior cuenta con una puerta en cada una de sus cuatro paredes. Si viene uno de la cocina, la puerta de la izquierda, de madera pintada de azul celeste, lo conducirá a un pequeño baño sin mayor gracia. El interior está tapizado con mosaicos de motivos marinos, un foco alumbra el reducido espacio sin ventanas donde se encuentra un excusado de porcelana blanca cuya tapa se ha perdido, un lavabo que hace juego sobre el que reposa una barra de jabón y un cepillo dental; y una pequeña regadera sin cortina. Regresando al patio, la puerta de la derecha lo llevaría a uno a las habitaciones, sin embargo no hay nadie que la haya cruzado, por lo que las habitaciones y su contenido se mantienen en el reino de lo ignoto. Sin embargo, no es el cuerno, el lavabo o las puertas lo que uno se detendría a ver una vez atravesado el portal, es más, posiblemente estos detalles pasarían totalmente desapercibidos debido a la belleza del jardín que se abre ante la vista. Al centro, se puede encontrar una cama de pasto que, al igual que la que adorna el frente de la casa, siempre se mantiene podado y fresco. Y sobre de este, naciendo de una de las esquinas y extendiendo sus ramas hasta formar un techo de encrucijadas por el que se cuela la luz del sol y la lluvia, se encuentra una gran planta de jazmines que, cuando se hayan en flor, inundan con su aroma ese espacio y el resto de la casa. Los colibríes gustan de libar aquellas blancas flores que llueven con los vientos fuertes, adornando el pasto como si se trataran de plumas de algún cisne que pasara volando. Este es el lugar donde más paz se respira, no sólo en la casa, sino que tal vez sea el lugar con más serenidad y tranquilidad de todo el orbe. En este jardín el tiempo se olvida de avanzar y las luciérnagas danzan lentamente por las noches, llenando de idilio el sitio y lanzando una invitación a contemplar tan maravilloso espectáculo durante horas, especialmente bajo la luna llena.

Pero si uno sigue de frente y logra sobreponerse al encanto abrumador de aquel jardincito en el cual se condensa toda la belleza de todos los jardines que alguna vez se han sembrado, llega a unas empinadas escaleras de piedra que descienden varios metros hasta donde se encuentra el austero lavadero de roca y el tendedero donde los vestidos y las enaguas de la Tía se mecen al ritmo del cálido viento que sopla por las tardes. En las cercanías, uno podrá detectar, primero por el aroma o el sonido, dependiendo de que tenga uno más atento; la existencia de algunos cuantos animales que se dedican a caminar con parsimonia entre los matorrales y hierbas que crecen en esta pequeña cañada a las espaldas de la gran casa que ahora reina desde las alturas como si de un castillo medieval se tratase.

Uno podrá escuchar los cacareos de gallinas y el piar de sus pollos recién salidos del huevo, que su madre cuidó con esmero en los nidos que se hallan entre los arbustos. Los gallos cantan al cielo y los astros con su estridente sonar y los guajolotes corretean agitando sus rojos colgajos y esponjando sus plumas. Una algarabía de cantos resuena, como si de un mercado se tratase en donde los habitantes de distintos pueblos llegaran a vender sus exóticas mercancías y se intentaran comunicar entre ellos en distintos idiomas y lenguas incomprensibles. Estas aves son tratadas con gran cuidado y algunas de ellas engordadas con una mezcla de maíz, castañas, trigo y algunas semillas que sólo la Tía conoce y sabe donde conseguir. Tal combinación otorga a la carne de dichos plumíferos un sabor único e inigualable, por lo que terminada la época de engorda, son vendidos en el mercado para disfrute de los demás habitantes del pueblo que no tienen reparo alguno en esperar el tiempo que sea necesario para poder conseguir un pollo o un guajolote todavía vivo. Además de estos ruidosos seres, existe otro que con su mirada triste y lento andar resalta por su nulo parecido a las aves. Una pequeña burra café, de largas orejas y activa cola espanta moscas que tiene tantos años como años tiene la Tía. Según cuentan, en aquellos años que pertenecen sólo a las memorias de los más ancianos, se veía a la Tía bajar al pueblo en su burra y usarla para cargar los costales de semillas para los pollos y guajolotes, los cuales eran bajados meses después por esta misma en jaulas amarradas y colgadas a la altura de sus costillas. Pero esto es algo que ya no sucede y la burra se encarga únicamente de podar las hierbas que crecen en ese espacio. Algunas malas lenguas dicen que es la leche de este animal la que mantiene viva a la Tía, aunque al igual que los demás chismes y habladurías, no pasan de ser eso, inventos de la gente.

Así pues, enclavada en lo alto del cerro a las orillas de aquel pueblo rodeado de nada más que verdor y humedad, perdido entre los territorios de lo desconocido y lo ignorado, bañado con un halo de permanencia y quietud, donde las horas caminan despacio atontadas por el intenso calor y donde uno nunca sabe en qué mes del año se encuentra a menos que tenga un calendario; esta casa, siempre abierta pero a la vez llena de misterios y que ha estado ahí desde que se tiene memoria, es la casa de la Tía Irene.

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