5/8/17

Cada cabeza es un mundo

Dicen que cada cabeza es un mundo...

Tantas historias, tantas vidas, tantos cuentos de amor y soledad, ira y alegría, lágrimas, sonrisas, abrazos, besos, gritos, golpes, accidentes, atardeceres, recuerdos, heridas, saludos, bailes, chistes, estornudos y desvelos.

Cada uno es una historia, una aguja entre miles y millones de otras agujas, gotas de agua, granos de arena, todas únicas y a la vez muy similares. Sueños, deseos, expectativas y experiencias... Pesadillas, proyectos, pendientes y miedos... Secretos, mentiras, rencores y anhelos...

Llega a pasar que entonces, unas de esas historias, estrellas en el cielo, se entrelazan por un suspiro de tiempo y, para bien o para mal, dejan huella... Se empujan mutuamente y cambian caminos, cambian cuentos y direcciones, motivos, planes y objetivos... Un pequeño roce y, como dos cometas, es suficiente para alterar todo su trayecto, sólo un toque, un instante...

O no, tal vez sólo se saluden y despidan cordialmente para continuar andando. Fugaz y fortuito... O una coincidencia trascendental...

Cada cabeza es un mundo, dicen, y tal vez nunca se encuentren... Pero a veces esos mundos chocan y crean caos y desorden o fractales de mil colores y poemas polifónicos...

¿Qué nos deparará la siguiente esquina?

14/6/17

Artista Callejero

Tiempo, la vida está hecha de momentos,
y en los detalles más pequeños siento,
que vale la pena vivir.
Flor Amargo.

El artista callejero, con su acto, junta a la gente, personas anónimas que, por un instante, detienen su andar, desvían su camino o se toman un respiro para poder apreciar lo que está sucediendo. Una persona, dos, diez, treinta y de pronto ya no importa, es un público reunido para apreciar lo que ocurre.

Es entonces cuando suceden dos cosas únicas de esos espacios y momentos:

La primera es que, por fin y por un instante, se deja de pensar en el futuro o en el pasado. Se está en el presente, en el aquí y ahora, lo que sucede. Aquel que tiene mucho futuro o pasado en la cabeza no se detiene, el primero porque intenta ver más allá y el segundo porque no puede ver lo de aquí. Sólo los habitantes del presente se detienen, ya que pueden darse el lujo, porque al parecer eso es, de olvidarse del allá y entonces por un momento, detener su caminar y estar, estar realmente.

La otra cosa que sucede es que, también por un momento, en lo que el artista hace y los demás observan, todos comparten algo en común, sin importar el hecho de que no se conozcan, de que jamás se hayan visto y que jamás se vuelvan a encontrar. De manera fortuita todos forman un grupo, un colectivo con un sólo sentido y propósito, ver y oír, reír, cantar, llorar o aplaudir. De la nada surge un nosotros efímero pero que será de ahora en adelante un común denominador entre decenas de extraños que por puro azar, se juntaron para presenciar el acto del artista.

Finalmente, al terminar el acto, el grupo se disgrega y desaparece el aquí y el ahora, vuelve el futuro y el pasado, así como el yo y el tú. Todo regresa a la normalidad después de aquel pequeño oleaje en el mar de lo cotidiano.


Gracias artista callejero, por devolvernos el presente y el nosotros, algo que parece cada vez más difícil de conseguir en estos días. Y si bien sólo dura un instante, una canción, un suspiro, son esos pequeños detalles que, como estrellas fugaces, hacen de un día cualquiera, un hoy.

7/6/17

Cadáver exquisito III

El presente escrito es resultado de la participación conjunta de Daniel G. y mi persona. Aunque parezca difícil de creer, se transcribe tal cual, sin necesidad de agregar puntuación extra, sólo se ordenó a manera de poema.

Nubes de plata, edificios de espejos, luz de día con brillo peculiar y aura deslumbrante que enceguece momentáneamente, brillo blanco del mármol.

Tierras pálidas hacen una puesta en escena para la mente, distorcionándola.

El artista y sus latas, encerrados en un cartón de jugo ácido que aumenta la temperatura y la incapacidad de discernir.

¿Cuándo el plateado dejó de ser un color futurista? ¿Vendrá a ser mejor? O vendrá a destruirnos.

Sólo queda aguardar expectantes de la promesa de Moisés y la inevitable fatiga a lo contemporáneo.

31/5/17

Razones sí las hay

...porque nadie tiene esa ternura en la punta de los dedos y esa sutileza en la mirada,
 porque nadie me ayuda en mi desesperación con amor y sin conveniencia, 
porque no puedo ser yo mismo más que contigo, por eso y más... 
razones sí las hay.

Tan espontáneamente como una mirada fugaz y una sonrisa, un gesto y una seña, una palabra y un beso, y, de pronto, sin pensarlo ni esperarlo, ahí estás, más al fondo, más adentro, más profundo de lo que pude haber imaginado.

Sin más motivo que la coincidencia, un acto de valentía y algo de atrevimiento, una casualidad se volvió un milagro; una idea, un sueño; una posibilidad, una historia; un nombre, una referencia; un presente, un futuro; un paso, un viaje.

Por eso, cada nuevo día es una victoria, porque nunca hubo un futuro vislumbrable y, aún así, ahí está, alargando un imprevisto sin miras de acabarlo pronto, fluyendo sin rumbo porque nunca hubo una dirección, un pimpollo silvestre que nació de una semilla que nadie plantó con intención.

Y así, del anonimato acaparaste el reflector, sin pedir siquiera permiso y mucho menos perdón, convirtiendo el monólogo en diálogo junto con una actuación  improvisada, pasional y desbocada, un performance que va más allá del escenario y entrecruza todos los aspectos de mi vida.

No sólo acompañas, también enseñas, muestras y pones en entredicho lo que creo, pienso y siento, o lo que creía creer, pensar y sentir. Reafirmas y apuntalas, a la vez que sacudes y derrumbas, obligándome a re-andar o incluso construir caminos dónde no los hubo o dónde no los quería ver, dándome más preguntas que respuestas, pues la única respuesta a todas las preguntas es "confía y sigue andando".

Las lágrimas derramadas hasta ahora, motivo de la felicidad y emoción, sólo serán igualadas por el dolor de que algún día, por cualquier motivo, tan fácil como llegaste, te vayas. Pero tampoco pretendo atarte, porque libre viniste, libre te quedaste y libre serás siempre. Y, sí algún día nuestros caminos se alejaran, por causa de la vida o inclusive la muerte, el tesoro de tu recuerdo permanecerá, como aquel milagro, sueño, historia, referencia, futuro y viaje que fuiste y siempre serás.

Hasta entonces...

Con todo el corazón.

31/12/16

La Gran Antropófaga (VIII)

Llegas y la calle que se despliega fuera de la terminal de autobuses con su multitud de automóviles y personas te paraliza. Te sientes como un animal en la carretera que ve con pánico como se acercan a toda velocidad un par de ojos iluminando el asfalto. Jamás habías estado en la gran ciudad, siendo que en toda tu vida lo único que has conocido es tu pequeño pueblo de no más de setecientos habitantes, donde todos se conocen entre sí y donde las noticias llegan a cada rincón en menos de veinte minutos. Sin embargo, ahora has decidido dejar la vida de campo para mudarte en busca de nuevas y mejores oportunidades. Tu primo vive aquí hace tiempo y fue él quién te dijo que en la ciudad se gana más dinero, se tienen más cosas y “se vive mejor”.

Una hoja de papel con una dirección y un teléfono es lo único que te guía por las sobrepobladas calles de la metrópolis. El mapa que compraste en la terminal no te sirve de gran cosa, miles de calles, avenidas, cuadras y colonias hacen imposible el encontrar la que buscas. “Disculpe ust…” “Buenas tardes, me…” “Sería mucha mo…” La gente simplemente sigue caminando, te ignora y no le interesa ayudarte. Un hombre de traje te da una moneda con desprecio, una moneda que no pediste ni necesitas, pero que ahora está en tu mano, con su superficie sin brillo y sus relieves pulidos, resultado de las miles de transacciones de las que ha sido parte.

Caminas buscando una tienda mientras intentas descubrir qué hora es. No tienes reloj o celular, tú siempre te has guiado por el Sol, pero lo único que tus ojos ven ahora son edificios altos y grises, un cielo azul cenizo y pavimento. Finalmente hayas una tienda donde compras una tarjeta para el teléfono público. Cuando la insertas en la ranura de la cabina llena de grafitis, la pequeña pantalla se ilumina con un mensaje que te indica que la tarjeta está vacía. La señora mal encarada que te la dio, la ver tu cara de provinciano, con lujo de cinismo te estafó; sin embargo ese tipo de pensamientos no pasan por tu mente. Regresas a la tienda “Creo que se ha equivocado…” Se niega a devolverte tu dinero alegando que seguramente esa es otra tarjeta y la estás intentando engañar “No me importa si llegaste hoy, esa tarjeta no te la vendí”.

Como puedes te mueves entre la gente, cargando tu equipaje e intentando no golpear a nadie con él. Sin embargo te llueven codazos y empujones “Muévete estorbo…”. Los policías no tienen ni idea de dónde queda la calle que buscas y la noche empieza a hacerse presente. Todo comienza a iluminase dejándote boquiabierto, jamás habías visto tanta luz a ras del piso.

El taxista que finalmente se detiene a recogerte te da un paseo de dos horas por la ciudad antes de dejarte frente al apartamento donde vive tu primo, el cual, resulta que estaba únicamente a seis cuadras de donde estabas hacía un rato. Tu primo te recibe con una sonrisa, le pides agua y te da refresco. Te pide perdón por no haber ido a recogerte “Pero ya sabes, uno siempre tiene muchas cosas que hacer…”. Te pregunta por tu viaje, si te fue difícil encontrar la dirección. Tú cuentas tu travesía y él sólo se ríe. “Ya irás acostumbrándote a la vida de ciudad”

Pasas un año alejado del campo, consigues un trabajo y tú te adaptas a la nueva vida. Te importa un bledo la gente, te apañas los lugares en el subterráneo y que la embarazada o el anciano que se jodan, insultas a medio mundo en la calle y pasas de largo frente a las personas que te piden ayuda o dinero. A ti nadie te ayudó, ¿Por qué habrías de ayudarlos a ellos?

Poco a poco, la gente y la ciudad se han devorado tu alma, dejando sólo una sombra, un esqueleto ambulante. Un robot en la calle, un número en el banco, un ticket en el metro, un asiento en el cine, un comprador en la fila del supermercado.
Un citadino.

Nota del autor: Este cuento no se ambienta en el D.F., en Wellington, en Tokio o en Nueva York, este cuento tampoco busca criticar o etiquetar a todos los citadinos, incluyéndome, cómo unos desgraciados.
Este cuento, tal vez un poco exagerado (pero no mucho) nació de la impresión tan fuerte que me provocó el regresar a una ciudad después de haber vivido durante casi nueve meses en pequeños pueblos* que se pueden cruzar caminando en menos de una hora, con sólo dos o tres calles importantes y dónde las estrellas alumbran las noches.
*Esto último es sin contar Christchurch, no obstante, dada la condición en que se encuentra, es casi una ciudad fantasma.

Publicado originalmente en: "Desencuentros, cuentos para leerse al revés", 01 de mayo de 2013, Wellington, Nueva Zelanda.
http://cuentosalreves.blogspot.mx/2013/05/la-gran-antropofaga.html

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