3/3/19

¿Quién eres?

Léase únicamente en caso de tener (o buscar) una "crisis existencial", sea lo que sea que sea eso.

¿Quién eres? Pregunta retórica. Pero cualquiera que fuese la respuesta, siempre remitirá a aquello llamado identidad. Ésta se construye en colectividad, somos lo que el mundo nos lleva a ser, la combinación única de experiencias y aprendizajes bien o mal aprehendidos. Pero esto, la identidad, ese yo tuyo o mío, no es más que un intento desesperado de tapar el sol con un dedo y no ver una realidad más profunda.

La gente va por ahí, vociferando casi de manera esquizofrénica postulados totalmente paradójicos y contradictorios. Hay que ser “uno mismo, original y diferente” y a la vez “ser patriota, amar a la familia, velar por las costumbres”. Hay que ser “tolerantes, comprensivos, abiertos” pero a la vez “luchar por nuestros ideales, tener una postura firme, no dejarnos manipular”. Hay que “probar todo, no juzgar, aventurarse a nuevas experiencias” pero también hay que “recordar nuestras raíces, no caer en malos pasos, saberse medir”. Hay que “tener autoestima, sentirse orgulloso de uno mismo” pero también recordar que “nadie es mejor que nadie, ser modesto”.

Entonces, hay que serlo todo y nada, esto y aquello, aunque sea imposible ser ambos, pero serlo. Dicen que depende de la situación, que hay que aprender a actuar (como diría Goffman) en sociedad, pero ¿Quién nos enseña a comportarnos bien en un mundo que raya en lo surreal? Y abundan los refranes, “Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”, pero “¿Qué tanto es tantito?”. Queda en nuestras manos y, aun así, no se puede saber, porque no falta el persignado, ultrasensible o psicópata que tenga parámetros totalmente distintos respecto a lo que implica actuar en sociedad.

Claro, será que somos posmodernos empantanados en la sociedad de la incertidumbre, será que nos faltan anclas y valores, será culpa del neoliberalismo y la destrucción de las familias y demás. Verborrea que busca justificar esta desazón que abunda actualmente y que nos lleva a un extraño estado de histeria colectiva donde pareciera que estamos corriendo en círculos como hormigas cuyo hormiguero ha sido pisado. Ahora, en este mundo dónde todo se cuestiona, cambiante, amorfo (líquido dirían por ahí) retornamos con nostalgia a las comunidades rebosantes de significados, símbolos y estructuras que les dicen a sus miembros quienes son, qué son y qué se supone que serán y harán. Es más fácil nacer con un lugar en el mundo, una carga cuasi-genética y ancestral que nos diga cómo comportarnos en lugar de darnos cuenta de que esto no es más que un invento nuestro creado hace eones cuando el primer homínido se reconoció a sí mismo reflejado en un cuerpo de agua y luego, aterrorizado, se dio cuenta de que un día iba a morir, dejaría de ser ese ser reflejado y pasaría (o volvería) a la nada.

Pero bien lo saben los antropólogos: la cultura y sus normas sociales, religiones, ritos, prácticas, mitos, supersticiones, jerarquías, códigos, clasificaciones y categorizaciones son herramientas construidas por la humanidad, cuentos o metarrelatos que nos hemos inventado para estructurar el mundo, el cosmos (no por nada se le llama cosmovisión) y saber nuestro lugar en él. Son mecanismos que nos ayudan a sobrellevar esta existencia carente de sentido, orden, propósito y significado, para combatir la incertidumbre, terror primigenio que nos devora las entrañas como si fueran gusanos carnívoros; que nos lleva a crear e imaginar, dudar, filosofar e inventar cualquier tipo de explicación, mágica o científica, para lo que nos rodea. El miedo a la muerte no es tal, es miedo al no-ser, a la nada, a la oscuridad total que ni oscura puede ser dado que no hay nadie quien la vea.

Hasta la misma ciencia, la física, buscando leyes, buscando orden en el caos, buscando sentido en la insoportable insignificancia (en el sentido de carente de significado, no de pequeñez) a la que llamamos existencia. Leyes de termodinámica que dicen y predicen lo que le pasa a un sistema macroscópico pero que, a niveles subatómicos, al nivel más básico de lo que existe, se desbaratan y difuminan, dejando la casualidad, el azar y la probabilidad como regentes de los componentes fundamentales de todo lo que fue, es y será.

Pero ¿Cómo no hacerlo si hasta nuestro cerebro está diseñado (cómo si alguien/algo lo hubiera diseñado) para buscar patrones? Lo comprobamos con los calendarios, los rituales, las constelaciones y la pareidolia. Siempre buscamos un orden, una secuencia o concatenación de eventos que nos de algo de seguridad sobre el futuro y el presente, que ordene y establezca causas y efectos (postulado medular del mecanicismo) para que esta alucinación colectiva a la que llamamos realidad tenga algo de sentido del que podamos agarrarnos para no caer en el vacío de la nada. Siendo así es inevitable caer en la incongruencia. Nuestra naturaleza se estrella de cara contra la naturaleza de la naturaleza, el caos, la falta de sentido, dirección y significado. La casualidad pura, cada día es un milagro (como aquello imposible que pase y aún así pasa). ¿Cómo pedirle a la gente que sea congruente con sus ideales, sus valores, su moral cuando estos están basados en nada más que un desesperado intento de evitar la incertidumbre?

Y es que, en realidad, no somos nada, no en el sentido de la permanencia del Ser, de la esencia trascendental. No somos, sino que estamos, postulado verbal que al parecer el inglés logró superar (he ahí la importancia del lenguaje). No somos, sino que estamos siendo. Cada instante, estamos siendo y dejando de ser. Existimos junto con el resto de lo existente sólo en el presente, que, de hecho, no es más que un minúsculo instante o menos que eso. Nuestro pasado ya no es y nuestro futuro aún no es, luego entonces, nuestro lugar es el presente, una rebanada ínfima seguida de otra, y otra, y otra (esperemos). Es ahí donde entra nuestro impulso de enlazar cada fragmento con el que sigue, intentando lograr algo de continuidad y estabilidad, perdiendo de vista que, al final, cada presente es nuevo y, por tanto, cada realidad. Intentamos unirlas como cuentas de un collar mágico de totalidad, pero son unidades que tan pronto se crean, se esfuman en la nada. Estamos jugando con humo, persiguiendo nuestra sombra.

Esta idea pudiera parecer liberadora, dándonos la hermosa oportunidad de sumergirnos de lleno en el nihilismo más puro y concentrado, espeso (y dulce) como miel, sabiéndonos únicos e irrelevantes y así encontrar (por fin) la paz de la sinrazón, la inacción o el fuego bestial y quitarnos la enorme carga de construirnos constantemente… Pero no es así. Seamos humildes, aún estamos en un estado larvario en lo que al manejo de vacíos existenciales se trata (que, más que vacíos existenciales, deberíamos llamar vacíos de significado/semánticos)

No es justo, ni sano, ni viable, al menos no para la enorme mayoría de nosotros, (incluyéndome ¡Benditos sean quienes sí pueden!) ir por ahí asumiendo nuestro no-lugar en el mundo, nuestro insignificante no-sentido ¡La sociedad depende de que exista un orden, el que sea! Lo único que queda, supongo, es buscar escape y confort en aquellas viejas artimañas que hemos perfeccionado para ordenar el mundo. Dejemos que esos bellos cuentos diluyan este texto y que se nos olvide haberlo leído alguna vez, pero conscientes de que hemos tomado esa decisión. ¿Por qué estaría mal buscar un escape al sufrimiento e incomodidad a través de ello? La vida en su mínima expresión evita el dolor.

Lo cual nos lleva a que elijamos (suponiendo que sea posible elegir) de manera consciente y libre lo que somos, quienes somos o queremos o creemos ser, con todas las consecuencias (suponiendo que existan las consecuencias). A la vez, siempre dejando un resquicio de duda, un margen, recordando que la elección ha sido nuestra y que, por tanto, podemos cambiarla cuando queramos, a conveniencia, para evitar el sufrimiento. No hay que juzgar nuestra propia incongruencia, temer cambiar de opinión de un día a otro, ni tomarnos nada tan a pecho, al fin y al cabo, nada existe más allá de un instante.

2/2/19

De invasores cósmicos y anarquistas [La generación del Apocalipsis III]

Así como los otros dos, es resultado de duras semanas de cuestionamientos, incertidumbre y malestar. Este escrito, sin embargo, es sumamente extravagante, pero considero que resuelve los cuestionamientos de las dos partes anteriores. O tal vez sólo deja más interrogantes. No lo sé. Disculpen la redacción, son las cuatro de la mañana. 

A través de una extraña serie de pensamientos e ideas llegué a una extraña conclusión: no deberíamos preocuparnos por una posible invasión alienígena dado que no existen razas guerreras con tal capacidad tecnológica.

Esto es porque una sociedad guerrera, necesariamente está en constante competencia y requiere de una sociedad desigual, dado que una raza que se dedique a conquistar sería una raza en la que sus individuos siempre quieren más, una raza insatisfecha permanente, y el deseo implacable de querer más y más siempre genera desestabilidad al interior. ¿Cómo lograr que aquellos que tienen menos no quieran más y se rebelen contra quienes sí tienen? Incluso si se lograra que absolutamente todos respondieran a un mando único, ¿Qué pasaría si éste muere? Lo mismo que un panal de abejas o una colonia de hormigas. Desaparecen. O en el caso de una raza más “avanzada”, ¿Cómo se establecería quién es el nuevo líder? ¿Cómo hacer que eso se respete y que nadie se rebele? ¿Qué hacer si no hay descendencia? Etc.

Al menos eso siempre ha sucedido con la raza humana. Sonará marxista tal vez, pero el colapso de muchos de los imperios y grandes civilizaciones se ha dado por el levantamiento de “las masas” quienes se rebelan contra aquellos que los gobiernan. Las causas de estas rebeliones son diversas, desde la falta de alimento por cuestiones climáticas, hasta el hartazgo social. Otra causa a sido la invasión por parte de otra gran “masa” que ha logrado imponerse sobre el supuesto poderío de dichas civilizaciones. Sin embargo, en ambos casos, dado que la desigualdad se mantiene, así como el constante deseo de tener más y más, es sólo cuestión de tiempo para que se de otra rebelión u otra invasión que reinicie el ciclo de nacimiento, auge y decadencia de todas las grandes sociedades que este mundo ha tenido.

Es entonces que una raza que está en constante guerra no puede llegar muy lejos. Claro, está el ejemplo de Estados Unidos, país que gracias a la guerra ha logrado llegar hasta donde está y, de hecho, las guerras han contribuido al avance tecnológico de la humanidad, no obstante, si no fuera porque se ha llegado a la “paz”, dichos avances tecnológicos no hubieran servido de nada. ¿De que serviría un cohete capaz de mandarnos a la Luna si la población del planeta hubiese sido aniquilada por una guerra nuclear durante la Guerra Fría? Una raza guerrera posiblemente se hubiese destruido a sí misma antes de siquiera lograr a un avance tecnológico tal que le permitiera conquistar otros mundos.

Ahora bien, ¿Y si la conquista se da por “necesidad de recursos”? Pues sería de esperarse que una raza lo suficientemente avanzada para llevar a cabo invasiones a nivel planetario, pudiera desarrollar vías alternas para asegurar su supervivencia. Además, ¿Para qué conquistar mundos poblados habiendo tantos mundos despoblados y recursos en el universo? ¿Cómo sería posible que se le diera prioridad al avance tecnológico sobre la satisfacción de las necesidades básicas de la especie, tales como alimento u otros recursos energéticos? ¿Cómo una civilización tan desarrollada llegaría al punto de ser insostenible y tener la necesidad de ir por ahí consumiendo mundos enteros?

Finalmente, una raza que se base en el egoísmo puro se sabotearía a sí misma ya que no se podría lograr la cooperación entre sus individuos. Los grandes avances se han logrado a partir de la cooperación, no la competencia. Regresando a la Guerra Fría, claro, había una lucha entre las dos grandes potencias de la época, pero si no hubiese sido por la colaboración de los integrantes de cada bando en búsqueda de un objetivo común, simplemente no se habría podido llegar tan lejos.

La única solución sería que todos sus integrantes pensaran como una unidad o fueran exactamente iguales. Podría ponerse como ejemplo a los hongos o las bacterias, sin embargo, sería increíble que un ser tan básico lograra complejizarse al grado de poder planear ataques o invasiones sobre otros. Si acaso, algo así podría extenderse como una pandemia, una plaga o algo similar, pero no como una conquista propiamente dicha.

En conclusión: o se logra cooperar entre todos o no se llega muy lejos. La desigualdad, la competencia y la lucha entre los individuos de una misma especie impedirían a la larga que se desarrollara lo suficiente para poder convertirse en una civilización conquistadora de mundos.

Volviendo a la humanidad, la única manera de asegurar nuestra supervivencia a largo plazo será cooperando entre todos y llegando a un estado de igualdad en dónde nadie quiera poseer o tener más que los demás, causando desestabilidad en el sistema. Y, desgraciadamente, el sistema en el que vivimos se sustenta precisamente en la desigualdad y la explotación, en el deseo y el egoísmo, lo cual invariablemente llevará a su colapso, y no lo digo yo, lo dicen los ambientalistas, los ecónomos, los antropólogos, los sociólogos, los filósofos…

Pero ¿No es la división desigual del trabajo lo que ha posibilitado el desarrollo tecnológico e intelectual de la humanidad? Al menos eso es lo que dice la teoría. El desarrollo civilizatorio de nuestra especie ha sido posible gracias a que una mayoría da de comer a una minoría que se dedica a pensar. Sin embargo, llegados a este punto donde podemos darnos cuenta de estas cosas, ¿Qué pasaría si absolutamente todos nos colaboráramos para procurar el sustento de todos? Tal como propone el gran anarquista Enrico Malatesta, si toda la sociedad dedica una pequeña parte de su tiempo a generar su sustento básico, tendría tiempo libre suficiente para cultivarse intelectualmente y disfrutar del tiempo libre.

Por otra parte, y aprovechando la tecnología con la que contamos actualmente, ¿Qué pasaría si lográsemos automatizar la producción de alimentos dando paso a que todos pudiésemos dedicarnos a otras cosas? Pero cuando digo “otras cosas”, no me refiero a ser obreros, a ganar dinero o demás, todo trabajo se podría automatizar. El dinero es una invención, no significa nada y, en todo caso, si nuestras necesidades básicas (salud, alimento, refugio…) estuvieran cubiertas, lo usaríamos sólo para alimentar nuestro ego. Si pudiésemos asegurar nuestro sustento sin necesidad de explotar al prójimo, todos podríamos dedicarnos a desarrollar nuestra tecnología, nuestro intelecto, el arte y la filosofía. Pero ¿Cómo organizamos una sociedad así? ¿Cómo evitamos el crimen y el caos? En un mundo donde la sociedad entera velara por el bien común, ¿Habría caos? En una sociedad donde todos tuviesen acceso a todo ¿Habría crimen?

Si no hemos resuelto el problema de la contaminación, por ejemplo, es porque hay quienes no quieren que se resuelva. Podemos vivir sin plástico, podemos vivir sin gasolina ni combustibles fósiles, la tecnología la tenemos. Puede que sea cara actualmente, pero ¿Si en vez de invertir en buscar pozos petroleros se invierten todos esos recursos físicos y humanos en abaratar los costos y aumentar la eficiencia de las energías limpias, los motores eléctricos y los empaques biodegradables? Si lo pensamos un poco, muchos, si no es que todos los grandes problemas del mundo se podrían resolver con un poco de voluntad y dejando de lado los intereses de unos pocos en función del bienestar de todos.

Si el socialismo o el anarquismo no han funcionado ha sido por el egoísmo de quienes lo practican.

Otro problema que podría presentarse es que, al tener “todo resuelto”, como dicen que sucede en países como Finlandia, podríamos llegar a un punto donde no tuviésemos motivación para seguir vivos. Pero ¿No nuestra curiosidad es insaciable? Ese ha sido una de nuestras características más importantes desde que los primeros homo sapiens pasearon por la sabana africana, sino es que antes. Nunca estaremos satisfechos, siempre habrá algo más que queramos saber, que queramos descubrir, manejar o entender y, si todos tuviésemos todo nuestro tiempo, o una gran mayoría de éste a nuestra disposición, así como el deseo de cooperar todos juntos ¿Hasta dónde no podríamos llegar? ¿Cuál sería el límite de nuestra capacidad inventiva?

Es entonces que regresamos a las razas invasoras. Considero que la única vía posible para desarrollar una tecnología tal que permitiera a una civilización extenderse por el cosmos es a través de la cooperación, la igualdad y la búsqueda del bien común, y habiendo un universo tan basto y lleno de recursos, no habría necesidad ni justificación para ir a invadir y destruir a otra especie ¿Para qué llevar muerte a otro planeta? Podría ser que, en cambio, buscásemos llevar “civilización” a las razas “primitivas”, ¿Tal como lo hicieron los colonizadores ingleses con África durante el siglo XIX? Lo dudo, ya que nos hemos dado cuenta de que lo más ético es dejar que dichos pueblos se desarrollen a su ritmo sin intervención. ¿Quiénes somos para determinar que es lo mejor para ellos?

Esto podría contribuir además a solucionar la paradoja de Fermi, donde se contrapone la altísima posibilidad de que exista vida inteligente en el universo con la falta de evidencia que hay de ella. ¿Para qué una raza avanzada nos contactaría? Puede que sigamos siendo una especie demasiado “primitiva” para poder detectarlos. Tal vez nos vean como una raza de guerreros sin futuro, peligrosa y que no valga la pena contactar. Tal vez saben de nosotros, pero prefieren no intervenir en nuestro desarrollo como especie, al fin y al cabo, ¿Quiénes son para venir a “civilizarnos”? O tal vez, finalmente llegaron a un estadio de sabiduría tal que no estén interesados en establecer relación con nadie más.

Para concluir… Retomo el título y la idea de la primera parte. Para ser viejos y sabios, primero debemos ser jóvenes y estúpidos y sobrevivir a nuestra propia estupidez. Ya está la meta puesta, falta averiguar cómo llegar a ella, a una sociedad cooperativa, igualitaria, solidaria, donde todos tengamos la capacidad y voluntad de desarrollarnos como especie sin anteponer los intereses personales, llegando tan lejos como el tiempo y el espacio nos lo permitan. 

Eso, o la extinción.

Somos la generación del apocalipsis.

26/1/19

Una linterna


La luz fue intensa, ardiente y luego, nada.
¿Había algo antes?
Pensó que estaba ciego, pero no, se dio cuenta de que estaba en un pozo de oscuridad.
¿El brillo había quemado sus retinas?
Aún distinguía sombras y siluetas, negro sobre negro aún más oscuro.
¿Acaso, como un miembro fantasma, creía ver sin ver en realidad?
No sabía cómo había llegado ahí, pero de pronto ya estaba en el fondo.
¿O sí sabía, sólo que no quería saberlo?
Sabía que había más gente, escuchaba sus voces, le hablaban.
¿Estaba alucinando?
Les preguntó sobre la negrura del ambiente, la penumbra que se los había tragado.
¿Alguien escuchó?
Respuestas diversas. No había oscuridad o ésta siempre había estado ahí.
¿Quiénes decían qué?
Les preguntó sobre la luz, si la habían visto.
¿Alguien más la pudo ver?
Una sola respuesta. ¿Cuál luz?
¿Fue sólo su imaginación?
Les preguntó sobre el pozo, como habían llegado ahí.
¿Alguien sabía?
Respuestas diversas. No estaban en un pozo o siempre habían estado ahí.
¿Cómo era posible?
Lo que pasa es que la viste... de pronto le dijeron.
¿Ver qué?
...viste la luz y entonces viste la oscuridad que siempre estuvo ahí.
¿Y el pozo?
Siempre estuvimos en un pozo, sólo que no lo habías notado.
¿Y ahora?
Ten, le dijeron, toma… Le dieron una linterna.
¿Qué era eso?
…pero ten mucho cuidado.
¿Cuidado?
Te ayudará a ver, a buscar una salida, pero si alumbras a alguien, entonces verá la oscuridad y el pozo y tendrás que darle tu linterna y volverás a la oscuridad.
¿Una salida?
Si la encuentras, vete. No le digas a nadie. Sólo deja la linterna para que otros la encuentren…
¿Nadie?
Hay muchos que no quieren ver, no quieren saber y no quieren salir. No los obligues a ver, no los obligues a saber, no los obligues a salir…
¿Quiénes eran ellos?
Nosotros vimos y supimos…
¿Qué encontraron?
…buscamos sin encontrar nada…
¿No querían salir?
…ahora somos ciegos para no volver a ver, para no saber, para no salir.

¿Y si no encuentro la salida?
Aquí te esperamos.

17/1/19

Poesía nocturna VII

En una azotea de tantas.

A la luz de un foco fluorescente bajo la Luna en (uarto (re(iente,
al sonido de la música llevada por el viento frío.

Entre sombras de montañas y destellos l e j a n o s.

Se fundieron en beso, un [abrazo] y un baile,
y se volvieron ESTRELLAS del firmamento.

29/12/18

Aquella que lo veía todo


Ella era sumamente especial, pero quienes alguna vez se la llegaban a encontrar no sospechaban nada. La primera impresión que daba era de una chica agradable, algo tímida, pero siempre con algo gracioso o interesante que decir, pero normal, al fin y al cabo. No obstante, ella guardaba un poderoso secreto y es que podía verlo todo.

Ella podía ver todo, mucho más que cualquier otra persona. Pero no es que viera microbios u objetos sumamente lejanos, sino que ella era capaz de ver la belleza en absolutamente cualquier cosa o situación. Sin importar que tanta oscuridad hubiera, siempre podía ver el más mínimo destello de luz o esperanza, aún cuando nadie más fuera capaz de hacerlo. Al mismo tiempo, dado que podía verlo todo, también veía lo horrible y despreciable de cuanto la rodeara.

Ella vivía sumida en un mundo de contrastes, donde la hermosura y la desgracia constantemente se sobreponían, sin importar el lugar o el momento. La más absoluta perfección colisionaba con el horror más siniestro de manera cotidiana frente a sus ojos sin que pudiera hacer algo para evitarlo, así como una persona normal no puede decidir no ver el verde de los árboles o el azul del cielo, ya que para ella la luz y oscuridad eran como otros de los tantos colores que pintaban el mundo.

A veces quedaba abrumada por lo terrible, preguntándose si valía la pena seguir viva, sumida en la tristeza y desesperanza por ver la desgracia y miseria que inundan el mundo. A veces lloraba de emoción por escuchar una bella tonada mientras caminaba por la calle admirando la preciosidad simple de las sombras proyectadas en el pavimento. No podía evitarlo, vivía en un mundo de contrastes y extremos, blanco y negro. Maldiciones sumergidas en tazas de té caliente y zafiros entre la inmundicia.

Yo la conocí y me lo confesó. Estaba cansada de verlo todo. Por supuesto, su día a día consistía en una interminable montaña rusa de emociones que la dejaba exhausta. Fue entonces cuando le plantee la posibilidad de dejar de verlo todo. Yo conocía a otra persona que conocía a otra que tenía el poder de cumplir cualquier deseo y, si fuera el caso, podría darle una vista tan normal como la mía o la de cualquier otro.

Ella lo pensó por un instante. Efectivamente, su habilidad de verlo todo la tenía sumida constantemente en la desesperación. Saturada, así lo definió. Se sentía saturada, como aquellos que tienen un excelente olfato y entran a una tienda de perfumes. La mitad de todo lo que veía era oscuridad y no podía evitarlo. Hasta el día más hermoso siempre ocultaba un demonio, un monstruo o una calamidad debajo de una manta de oro. Empero, si renunciaba a esa habilidad, también perdería la posibilidad de ver lo precioso y fantástico de los días más aciagos y difíciles. La perfección de las cosas más pequeñas, simples y mundanas. Perdería la noche temible llena de espantos que le helaba el alma, pero también perdería el brillo de los hermosos días que calentaban su espíritu.

Tras mucho pensarlo, concluyó que mantendría su visión total, con todo lo que ello implicaba y finalmente me dijo pensativa, mientras admiraba una pequeña gota de agua que escurría por fuera de su vaso: “No hay luz sin oscuridad y viceversa, así que espero siempre encontrar suficiente de una para evitar que la otra me consuma”.

Jamás volví a saber de ella, sólo sé que un día decidió partir en búsqueda de nuevos fenómenos maravillosos y seres horripilantes.

Template by:
Free Blog Templates