31/12/16

La Virgen y el Santo (VII)

“…Bendito el fruto de tu vientre, Jesús…”

Criada en el seno de una familia conservadora, María anhelaba honrar a sus padres llegando a ser cómo la Virgen por la cual obtuvo su nombre. Desde que llegó a la edad de entrar a un colegio, las monjas le hablaron sobre la Madre de Dios y poco a poco esta se convirtió en su modelo a seguir, su inspiración, y asemejarse a ella su misión en la vida. Su abuela, la cual continuaba en casa con la educación de la pequeña María y sus hermanas mayores instruyéndoles cómo debe ser el buen vivir de una mujer decente, elogiaba dicha idea y la alentaba a seguir el camino de la Virgen el cual, requería bondad, amor y pureza; jamás relacionándolo con la virginidad o el sexo, siendo este un concepto extraño y oscuro, palabra rara vez escuchada en aquella casa. Aún así y sin sospecharlo, María sabía qué era el sexo puesto que, viviendo en un pueblo donde abundaban las fincas en las periferias, divisar una pareja de animales copulando no era algo fuera de lo común.

—Los animales hacen eso sólo cuando desean tener una cría— Respondió su abuela a la inocente pregunta de la pequeña María, haciendo énfasis en el “SÓLO” para no dejar cabida a ninguna duda o comentario al respecto.

Creció María, siguiendo los consejos de su abuela, las enseñanzas de sus maestras y los pasos de la Virgen, convirtiéndose en una niña, alumna e hija ejemplar y de inmaculado comportamiento. Sin embargo, la pubertad trajo consigo sentimientos, sucesos y deseos nunca experimentados o siquiera mencionados que un: "¡No te toques ahí María! ¡Eso es sucio y pecaminoso, el diablo está tentándote!" por parte de su madre, acabó definitivamente con sus pequeños y torpes pasos para conocer su cuerpo. Al fin y al cabo, una Virgen no podía ser una pecadora o dejarse tentar por Satanás.

Llegada a una edad casadera, María sabía que cumplía con casi todos los requerimientos para poder considerarse una Virgen: la bondad en su corazón era infinita, el amor que profesaba por sus prójimos inigualable y la pureza de su alma y conciencia completamente intachable. Sin embargo, la Virgen María tenía una última cualidad que ella aún no alcanzaba y comprendía que nunca lo haría, ser la Madre de Dios en la Tierra. Mas María sabía que, si bien no era digna de alumbrar al nuevo Mesías, un hijo de su sangre y su carne también la llenaría de gloria y alegría.

Tiempo transcurría y una a una sus hermanas mayores conseguían un esposo de buena cuna, pero al ser la última hija, ella tendría que esperar a que todas desposaran antes de tener derecho a hacer lo propio. Las ansias la llenaban, estaba a un pequeño paso de convertirse en lo más cercano a la Virgen que una pecadora como ella podría algún día aspirar a ser, pero el día no llegaba. Algunas de sus hermanas se negaban a casarse, rechazando a cada uno de los pretendientes que acudían a pedir su mano, dejando a María con una desesperación y frustración en el pecho.

Más tiempo pasaba y menos posibilidades tenía ella de conseguir un marido que le concediera un hijo, decidiendo que romper la tradición valdría la pena al poder engendrar un vástago y con ello cumplir con todo lo necesario para ser Virgen. Tanto así que salió de su casa a espaldas de sus padres y hermanas, buscando a un hombre que le ayudase a cumplir su cometido. Buscó en las fiestas, en las calles e incluso en las tabernas, pero no halló quien quisiera casarse con ella.

Optó entonces por conseguir a alguien que le diese un hijo, encontrando más hombres dispuestos a ello. Recordando los animales vistos en su infancia y la explicación dada por su abuela, estaba dispuesta a probar con tantos hombres como fuese necesario, al fin y al cabo, ella estaba haciendo eso únicamente porque quería un hijo. Mas la voz de sus maestras recitando el séptimo mandamiento le impedía aceptar las propuestas de la mayoría de los varones que acudían a su llamado. Únicamente algunos ancianos que, viudos y mostrando un enorme interés en ayudarla en su misión, llegaron a convencerla, tomándola pero sin lograr preñarla. María, desesperada por no encontrar quien la convirtiera en Virgen, rezaba e imploraba a Dios un hombre que la pudiera hacer madre. Dichos rezos fueron escuchados, trayendo un día al pueblo a un hombre jamás visto por ella, respondiéndole que era un viajero y, para su fortuna, soltero. Ella le habló de la faena que consumía su tiempo y pidió su ayuda en dicha misión.

Ni tardo ni perezoso el extraño aceptó regalarle un retoño, llevándola a una posada cierta noche. María, ya conocedora de dicho acto, esperaba que esa fuese la ocasión que finalmente terminase con su búsqueda y supo que así era cuando un escalofrío recorrió su cuerpo, un estremecimiento la inundó, calor y frío, dolor y placer, su alma volaba, dejando su entidad terrenal tras de sí. María sabía que lo había logrado, dicha sensación sólo podía deberse al Espíritu Santo confirmándole que su travesía llegaba finalmente a su término.

El extraño, después de concluida su obra, le preguntó cuánto habría de pagarle y María, extrañada por dicha pregunta, respondió "¿Por qué habrías de pagarme cuando agradecida de por vida quedo? Dios es quién te ha de recompensar con bendiciones, me has convertido en una Virgen y eso te hace un Santo".

Publicado originalmente en: "Desencuentros, cuentos para leerse al revés", 19 de abril de 2013, Motueka, Nueva Zelanda.
http://cuentosalreves.blogspot.mx/2013/04/la-virgen-y-el-santo.html

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