31/12/16

Sientes (II)

Sientes. Tu respiración rebotando en su pecho, cálida, suave; el calor de su cuerpo, del tuyo; el placer en lo hondo de tu ser, de tu mente; las sábanas, sábanas blancas, suaves, con aroma a recién lavadas, a detergente floral; la almohada que revuelve tu cabello, almohada de plumas; sus manos en tus hombros, esas manos que tanto te gusta tomar entre las tuyas, que te acarician en las noches; frío en tus pies, el aire se cuela por la ventana y cosquillea en tus plantas; una gota de sudor que baja por tu frente, por tu ceja, por tu cuello… sientes el amor.

Ves. Sus ojos, ojos de basalto, ojos de fuego; su rostro, esa barba, esa nariz, esa boca que se junta con la tuya en las tardes; su cabello, negro, revuelto, como el tuyo; su cuerpo, brillante, perlado de sudor; tu cuerpo, perlado de sudor, brillante; las cortinas que bailan, bailan al ritmo del viento; la luz tenue de la luna, que ilumina y crea sombras en la habitación; tu sombra, la suya, proyectadas en la pared como una sola; la pasión, en su rostro, en su expresión… ves el amor.

Oyes. Las respiraciones de ambos, agitadas, entrecortadas; el rechinido de la cama, al compás de sus movimientos; el reloj, que cuenta los minutos, las horas que han estado juntos; el roce de tus piernas contra las suyas, contra la cama, contra las sábanas; tus gemidos, gemidos de placer, silenciosos, quedos, pero existentes; un susurro, tu nombre dicho con su voz; un auto que pasa afuera, pasan más, pasan autos y camiones, ignorando lo que pasa en ese cuarto; música, aquella que pusieron para ambientar, aquella que ya se repitió varias veces… oyes el amor.

Hueles. Su perfume, el que no te gusta pero insiste en usar; el sudor, el cansancio de ambos; el pasto recién cortado, allá abajo, en la calle; su aliento, huele a la cena, la que preparaste con tanto esmero; tus manos, huelen a limón, limón de la cena, la que disfrutaron hace unos instantes; tu shampoo, el de frutos rojos, el que deja tu cabello sedoso y brillante; el aroma del cuarto, huele a ustedes, aroma conocido e inolvidable; las rosas que están en la mesita de noche, rosas blancas, rosas rojas, una docena, lo que siempre te regala… hueles el amor.

Saboreas. Lo que queda de la pasta dental, de menta, o de hierbabuena, no lo recuerdas; su boca, su lengua, su saliva; una gota de su sudor, salado; una gota de sangre, por morder tan fuerte tu propio labio; restos de chocolate, del que compartieron sobre la cama… saboreas el amor.

Y al final, sientes un orgasmo, sientes calor en tu cuerpo. Ves sus párpados cerrarse con fuerza, ves su cabeza echarse para atrás. Escuchas su grito y escuchas el tuyo. Hueles el pasto, las flores, todo con una intensidad descomunal. Saboreas el momento, saboreas el instante mismo. Tus sentidos están sobrecargados, tu cabeza da vueltas, te desprendes del mundo terrenal y te elevas y fundes en el cosmos.

Sientes, ves, oyes, hueles y saboreas al mismo tiempo el amor… el placer… la vida…

Publicado originalmente en: "Desencuentros, cuentos para leerse al revés", 6 de Marzo de 2012.
http://cuentosalreves.blogspot.mx/2012/03/sientes.html

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