13/10/22

Especie

Estaba muy feliz con su creación. Desde hacía ya treinta y cinco años le gustaba preparar lasaña para su cumpleaños con lo que crecía en su huerto, pero ese año en particular se había superado. Las lluvias de temporada habían sido especialmente benéficas y todo había crecido con brío y esplendor, tapizando cada centímetro con una cama de delicias.

Tal como acostumbraba, mezcló espinacas, tomates, setas y hierbas de olor frescas con pasta hecha a mano y el mejor queso de la granja vecina. Era un día especial en el que toda la familia se reuniría a visitarle y no iba a escatimar en gastos. Desde sus hijos hasta sus bisnietos, todos llegaban a la quinta que logró adquirir con el dinero de su pensión y en donde había pasado las últimas décadas criando aves de corral y perfeccionando sus habilidades para hacer germinar todo tipo de hortalizas.


La mesa estaba puesta y los comensales expectantes. Copas servidas con vino o jugo de las manzanas recién cortadas y que apenas hacía cinco años se habían incorporado al menú. La lasaña llegó al lugar de honor en el centro de la mesa mientras todos la elogiaban sabiendo que su exquisito sabor seguramente estaría más allá de lo que lograban expresar con halagos.


Un cumpleaños más celebrado con éxito, todos comieron hasta el hartazgo no sin dejar espacio para una gran rebanada de tarta de higos. Muchos pasaron la noche ahí, otros regresaron a casa. A los más pequeños siempre les gustaba quedarse y ayudar a recolectar huevos para el desayuno que acompañaban con lo que creciera de la tierra húmeda y estuviera al alcance de tijeras o navajas.


Al día siguiente todos los chiquillos salieron en tropel a ayudar con la colecta. Unos en el gallinero, otros en el huerto, todos supervisados por sus mayores y los mayores a su vez por la gran voz de la experiencia, que tras muchos años había perfeccionado sus habilidades para distinguir lo que estaba listo y lo que no y aunque poco a poco su vista comenzaba a flaquear, su tacto y olfato se mantenían perfectamente afinados.


Pasado medio día, conforme los visitantes regresaban a sus hogares, la casa comenzó a vaciarse y quedar en el silencio habitual del campo. Ya en su soledad, sintió algo extraño. Algo de dolor en el estómago, pero nada de qué preocuparse. A su edad, era más preocupante no sentir nada y más aún después de dos días de glotonería.


A kilómetros de ahí, una niña comenzó a vomitar. Le siguió su madre y su hermano mayor. Uno a uno, como fichas de dominó, todos quienes habían asistido a la fiesta comenzaron a tener dolores cada vez más fuertes, vómito y diarrea, a veces con sangre. En la granja era lo mismo, se encerró en el baño retorciéndose de dolor y sacando de su cuerpo todo lo que había comido y, de haber tenido algo más, seguramente eso habría salido también.


Todos, en sus hogares, escuelas o trabajos, pasaron por un episodio de lo más extenuante y desagradable, pero del mismo modo, todos lo atribuyeron a algo que estaba en mal estado, a la contaminación de los alimentos o a sus estómagos débiles de citadinos que no aguantaron una estadía lejos de los jabones desinfectantes y el agua purificada. Tras unas horas, parecía que todo volvía a la normalidad. Más allá de la sed, calambres y dolor de cabeza causados por la deshidratación, todos dieron por terminado el asunto.


Todos excepto quien habitaba la granja. Sabía que eso no era normal, que algo extraño había ocurrido. Supuso que era la edad y que su cuerpo ya no estaba en condiciones de atravesar opíparos banquetes, pero al no tener teléfono no podía corroborar que el resto de su familia había pasado por algo similar. Se mantuvo prestando atención a su cuerpo esperando que, entre retortijones y arcadas, le dijera que le tenía así.


El resto de ese día y la mañana que siguió parecieron normales. En la ciudad todos regresaron a sus actividades habituales dopados con antidiarreicos para evitar bochornos, pero en la granja no. No había comido nada, esperando así no enmascarar síntomas y, en ayunas, comenzó a recorrer minuciosamente cada parcela. ¿Habría sido el nuevo fertilizante? ¿Acaso alguna planta tenía una infección? ¿Fue salmonella por los huevos? Nada parecía fuera de su sitio ni novedoso, pero algo andaba mal y lo sabía.


En la ciudad, un niño se desplomó en el patio convulsionando. En su trabajo, una mujer comenzó a vomitar sangre. Un auto se estrelló contra otro en sentido contrario porque su conductor perdió el conocimiento. Como si se tratase de una bomba de relojería, cada uno comenzó a colapsar entre dolores terribles en sus riñones e hígado, con hemorragias incontrolables, alucinando o hundiéndose en el coma más profundo y repentino.


En la granja, mientras caminaba de regreso, aún con la sospecha, pero sin éxito alguno, sintió como si le hubieran atravesado el costado con una lanza en llamas. Su cuerpo exánime se desplomó mientras que el dolor le hacía apretar tanto su mandíbula que pensó que se iban a quebrar sus dientes. Comenzó a sangrar por la nariz y a sentir frío, un frío que venía de adentro, que comenzaba a esparcirse y atenazaba sus extremidades. A penas pudo incorporarse, pero la desorientación era salvaje, sentía como si llevara horas dando vueltas y no lograba ubicarse. Caminó unos pasos hasta que trastabilló con la orilla de una de las camas donde crecían una amplia variedad de alimentos y cayó encima de las acelgas que comenzaban a brotar.


Boca abajo, con la cara llena de tierra, en medio de una paradójica mezcla de agonía y entumecimiento general, vio un hongo. Y otro. Y otro. Los que había usado para la cena y el desayuno, los mismos que había comido durante años desde que, por casualidades de la naturaleza, comenzaron a brotar con las lluvias. Pero de cerca y con la claridad que ofrece el saberse en el borde del último precipicio, comenzó a notar pequeñas diferencias. Diferencias casi imperceptibles, pero que ahí estaban. Entonces, como un rayo atravesando la niebla que se iba apoderando de su mente, tuvo la revelación de que no estaba experimentando los últimos minutos de luz en soledad, sino que todos quienes habían ido hacía dos días a celebrarle le acompañarían en ese trayecto.


-Amanita phalloides- alcanzó a decir antes de que una nueva estocada en su hígado le hiciera perder el conocimiento.

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