14/10/22

Vacío

Desde que se había mudado a la ciudad, le gustaba explorar cada rincón, calle y barrio en búsqueda de sorpresas y lugares curiosos y pronto dedujo que conocía más sitios secretos y joyas escondidas que sus propios vecinos. Desde parques solitarios donde disfrutar las tardes panza arriba, hasta restaurantes de comida exótica, pasando por tiendas de artículos extravagantes, bibliotecas, museos y foros donde bandas excelentes solían dar conciertos a buen precio. Pero a pesar de su enorme curiosidad y disposición para investigar, había algo que aún no había tenido la oportunidad de conocer. O algo así.


Cada noche, a eso de las once y cuarto, minutos más, minutos menos, pasaba un autobús por su calle. Según la ruta que marcaba, atravesaba desde algún lugar en el sur hasta el estadio R. Rosaldo, en el extremo norte de la ciudad, completando unos 10 kilómetros de recorrido que incluía lugares icónicos como el casco antiguo de la urbe. Muchas veces lo había tomado de día y conocía el camino de cabo a rabo, pero el que transitaba por la noche le llamaba mucho la atención ya que nunca tenía pasajeros. Alguna vez le preguntó a sus vecinos para que existiá una corrida a esa hora si nadie la usaba y la respuesta le resultó insatisfactoria: “¿Quién va a querer ir hasta allá a estas horas?”. Así que se decidió a abordarlo hasta el final del trayecto, aunque tuviera que tomar un taxi de regreso a su casa.


Tan pronto se presentó un día donde pudiera trasnochar, tomó una chamarra ligera, dinero suficiente y se paró en la banqueta a esperar. El autobús arribó a las once y veintitrés y sin nadie dentro más que el chofer, como era costumbre. Subió la escalinata, pagó el importe exacto, tomó su boleo y se sentó más o menos a la mitad, junto a la ventana.


La ciudad nocturna le parecía increíble, transformada en otra totalmente distinta. La falta de transeúntes y automovilistas le permitían apreciar con más detenimiento esos detalles que le encantaba encontrar y que con la escaza iluminación adquirían un aura de misterio que le hacían volar la imaginación. Desde arte urbano sorprendente y extrañas esculturas que adornaban las esquinas de las casas, pasando por gente que caminaba en soledad con rumbos que ignoraba y antros repletos de clientes sin miedo al amanecer convertidos en islas de luz y ruido en un mar de calma.


Conforme avanzaba por la ruta le quedaba más claro que sí, ¿quién querría usar el transporte a esa hora? Por más kilómetros que pasaban, nadie lo detenía, ni siquiera quienes estaban sentados en las paradas amparados bajo las blancas luces fluorescentes. Atravesó las callejuelas del centro que a esas horas se le figuraban como un laberinto y continuó hacia el norte, a velocidad constante y deteniéndose ocasionalmente en un semáforo. En una de esas veces, notó que una pareja en una esquina le señalaban para después cuchichear entre ellos. Supuso que también habían notado la permanente ausencia de pasajeros y ver por fin a uno se les hizo algo digno de comentar.


El sueño comenzó a instalarse en su cuerpo, el viaje a parecerle demasiado largo y la recompensa por su aventura muy exigua. A lo lejos divisó el estadio que se perfilaba como una tortuga gigante con ese cielo negro amarillento de las noches metropolitanas por fondo. Casi llegaba a su destino y se preguntó si había sido mala idea llegar hasta allá, dado que las calles estaban completamente vacías, sin ningún taxi a la vista y caminar de regreso se le antojaba como algo demasiado extenuante. El autobús rodeó el estadio y finalmente se detuvo expulsando una exhalación una vez que el chofer apagó el motor.


Supo que era hora de descender, pero se resistía a hacerlo, como cuando uno se niega a abandonar la comodidad de las cobijas en las mañanas frías y nubladas. Despegó la vista de la ventana y volteó al retrovisor, en donde se encontró con una mirada fija y penetrante. Esperaba que le dijera algo, que ya se tenía que bajar, pero no sucedía nada, solo le veía en silencio. Sus ojos oscuros le parecían pozos sin fondo de los cuales no podía escapar, eran hipnóticos e inexplicablemente tranquilizadores. Así permanecieron, viéndose en el reflejo sin mover un músculo durante varios minutos que comenzaron a sentirse como horas.


Al cabo de un momento, notó que no había parpadeado ni una sola vez en todo ese tiempo y tampoco tenía claro si el conductor lo había hecho. También se dio cuenta que no sentía el aire fresco a pesar de que las ventanas estaban abiertas, más bien parecía que estaba a esa extraña temperatura donde no se percibe a menos que sople el viento. Asimismo, el silencio era el más absoluto que recordaba, pero lo que más le sorprendió es que ni siquiera escuchaba su propia respiración.


Intentó moverse sin éxito, también probó con desviar la mirada y fracasó igualmente, tal como si se hubiera convertido en roca sólida o el aire en hielo que le impedía hacer el más mínimo movimiento. Se mantuvo ahí, en ese instante estático e interminable que se hacía más largo con cada segundo que pasaba ¿o habían pasado minutos? ¿horas? ¿años? Ya no tenía noción del tiempo y concluyó que tampoco del espacio, porque por más que intentaba recordarlo, no sabía dónde estaba más allá de estar dentro de un autobús.


Se esforzó por hacer memoria y no lograba establecer cómo había llegado ahí, donde fuera que fuese ese ahí, mas era inútil. No tenía ni idea. Sin poder apartar la vista del espejo, seguía escarbando en sus recuerdos para ver que éstos se iban desvaneciendo tan pronto como los evocaba, asemejándose a un libro al que le estaban arrancando las páginas empezando por el final. Entre más atrás se remontaba, más olvidaba.


Le parecía asombroso no estar sintiendo pánico. Es más, no estaba sintiendo nada, tanto así que ni siquiera sentía su propio ser y se percató que tampoco percibía el marco permanente que formaba la orilla de sus lentes. Ni su nariz, ni sus piernas, ni sus manos que hasta hacía una fugaz eternidad había dejado descansando sobre su regazo. Por el rabillo del ojo intentó ver su figura reflejada en la ventana y al no encontrarla, terminó de esfumarse por completo.

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