8/11/22

La tertulia de lo inconfesable (III)

La tercera noche llegó y con ella los demonios surgidos de la más tremenda oscuridad se volvieron a reunir para contar sus secretos. Cada sombra ocupó su puesto, acostumbrándose cada vez más al ritual que habían establecido a penas hacía dos noches.


Poco a poco comenzaban a conocerse de manera superficial. Los ademanes al caminar, los rasgos que se podían adivinar en la tenue luz polvorienta que apenas e iluminaba la habitación, el sonido de las sillas al ser arrastradas, el perfume característico, los zapatos de tacón que resonaban con cada paso. Sombras sin rostro ni nombre, pero que poco a poco se convertían en extrañas compañeras en un viaje que nadie estaba seguro a donde les llevaría. Lo único que tenían claro es que esa noche develarían otra cara de la gran hidra que habían conformado al juntarse por primera vez. 


III


Durante mucho tiempo intenté darle una explicación, pero no puedo. Me gusta y ya. Como a la gente le gusta el chocolate, el futbol o las tardes de lluvia. Bueno, más bien como a la gente le gustan los latigazos, los tríos, que se corran en su cara, la orina y demás secretos que guardan entre las sábanas. Estoy seguro de que no soy el primero, ni el segundo, ni el tercero con el que se topan, solo que no lo saben, porque créanme que somos muchísimos, muchísimos como yo.


No voy a mentirles, creo que es algo que tengo desde que tengo memoria, desde que me empezó a interesar el sexo, pero a esa edad uno es pendejo y no sabe cómo conseguirlo, cómo pedirlo, como hacerlo y no hay nadie que le explique porque aún está muy chico para esas cosas. Entonces me resultó más fácil. Los niños no se cuestionan lo que están haciendo y menos si es una persona mayor quien se los dice. ¿Por qué creen que hay niños soldados o predicadores o expertos en un instrumento musical? Porque algún mayor les dijo que eso era bueno y ellos lo hacen, porque no lo piensan, no lo juzgan, lo hacen porque aún no tienen refrentes del bien y el mal, todas son experiencias neutras que les pueden gustar o no, pero sin juicios de valor.


En ese entonces, pues, me resultó más sencillo y creo que fue algo que se me quedó pegado. No sé, sería interesante saber si las primeras veces determinan los gustos para siempre. No lo sé. Puede ser que sí o que no, que solo sea un enfermo más. El caso es que así fue y así quedé y así lo hice durante un tiempo. Lo que más disfrutaba era, insisto, que no juzgan, no preguntan, no critican ni cuestionan. Están abiertos a la experiencia, a vivirla y luego determinar si les gustó o no. Como aquellas personas que les gusta coger con vírgenes porque no tienen conocimiento y entonces, no tienen parámetro para juzgar lo bien o lo mal que coge uno. Pues así, pero llevado un paso allá, porque ni siquiera saben que es eso de coger.


Hay otros como yo que dicen que lo que les gusta es la sensación de dominancia, de poder. Esos que les gusta el poder y el control me dan asco, disculpándome por juzgar. Pero es la verdad. Esos violan, esos no les interesa más que satisfacerse a sí mismos y su necesidad de sentirse grandes y poderosos, de dejar de sentir lo pequeños que son en realidad. Pero yo no, nunca hice nada para forzarles. “Grooming” le dicen ahora, con eso de los términos gringos que luego nos llegan.


Los convencía. ¿Cómo van a decir que sí si no los convences? Es como cuando prueban el brócoli por primera vez, hay que sobornarlos, insistirles, prometerles que les va a gustar y que si no les gusta pueden no volver a comerlo en sus vidas. Nunca forcé nada, yo no soy de los que busca autoridad y someter, solo busco esa experiencia y placer visto a través de los ojos puros de alguien que aún no tiene la cabeza llena de tabús, prohibiciones, “qué dirán” etiquetas y reglas que me juzguen. Conmigo mismo basta para juicios.


Pero ya no, antes pues era sencillo, ahora no. Imagínense, un señor de mi edad, con mis canas, con mis arrugas, acercándome a los niños. Eso no pasa desapercibido, por más que uno haga como que es un anciano inocente. La perversión se huele, la exudamos por los poros, por la mirada, por el aliento y todos lo saben, aunque no lo sepan en realidad, pero lo saben. Me ven y lo saben. Por eso ya no lo hago, solo me deleito con mis recuerdos y con visitas a las playas donde los lentes de sol tapan mis ojos que saborean esos cuerpos vacíos de prejuicios. Ya no, aunque eso no signifique que ya no quiera, pero no. Ya no.

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