9/11/22

La tertulia de lo inconfesable (V)

Se acercaba el final de los encuentros, la penúltima historia estaba por ser revelada. Eso llenaba a nuestras sombras de un sentir que transitaba entre una ligera tristeza y el alivio ya que se les empezaban a agotar las excusas para explicar porque salían tan tarde y regresaban aún más tarde, meditabundos y distantes.


Esa quinta noche, la narradora de turno llegó tarde. El resto permaneció en silencio, esperando con impaciencia y sin saber bien que hacer. En sus cabezas se imaginaban a la narradora acobardándose de útlimo momento o, peor aún, delatándoles y evitando llegar al punto de encuentro sabiendo lo que les esperaba. Sus temores se disiparon un poco al escuchar finalmente unos pasos acercándose al salón, sin saber que unos minutos después otro golpe de adrenalina inundaría sus cuerpos.


V


Recordando lo que se contó ayer, yo también entiendo esa sensación de poder y también entiendo a los policías. De hecho, creo que soy la que mejor entiende ambas cosas en esta sala. Todos deseamos sentirnos poderosos en algún momento, no lo nieguen, es algo propio de nosotros como humanos, sino, el anarquismo sería la norma, no el Estado y la propiedad privada. Nos gusta sentirnos poderosos y nos gusta mantener ese poder. Por eso me hice policía, para sentir poder y para ayudar a que ese poder se quede dónde debe estar. Y no, no se preocupen. Si algo tengo es palabra y prometimos que lo que se contara aquí, aquí se queda. Además, píensenlo, si quisiera hacer algo ya lo habría hecho. De verdad, tengo suficiente con lo que hay en la calle como para preocuparme por ustedes.


No es fácil ser policía siendo mujer. ¿Creen que lo que han contado aquí me da miedo o disgusto? Vieran lo verdaderamente podrida que es la humanidad, y no lo digo por la escoria que luego atrapamos, lo digo por la misma policía y todo lo que la hace moverse. Pero esa es otra historia. Para tener un lugar en el sistema hay que ganarse el respeto y yo la tuve el doble de difícil en un mar de machos poco más inteligentes que un perro con ganas de coger, comer y cagar. Ahora soy parte de ese engranaje que se lubrica con sangre y me costó sangre obtener ese lugar, pero no la mía.


Así como todos aquí nacimos enfermos o nos rompimos en algún punto del camino, pues así yo también. Desde pequeña me gustó apedrear animales. Empecé con lagartijas. Verlas explotar debajo de la suela de mi zapato o por un tiro certero me llenaba de emoción, me hacía sentir ruda, fuerte. Luego pasé a las aves que eran un reto mayor, pero mi puntería siempre ha sido excelente y rápido les agarré el modo. Recuerdo una vez que tiré un nido lleno de polluelos y cómo a cada uno les di un tratamiento distinto. Al primero lo aplasté sin más, al segundo le arranqué las patas, luego las alas y luego la cabeza. Con el tercero me empecé a poner creativa, y lo apretaba hasta que sentía que iban a tronar sus huesos para luego soltarlo, lo enterré y lo desenterré, lo sumergí en agua y lo saqué, así hasta que dejó de moverse y lo tiré por ahí. Al último lo colgué y le fui pasando un encendedor hasta que la mitad de su cuerpo quedó chamuscada.


De las aves pasé a los gatos y los perros. Olviden intentar pensar en cómo se ve una escena así, eso todos se lo pueden imaginar, pero lo que seguro no pueden imaginar es el aullido que pega un perro cuando lo rocías en gasolina y le prendes fuego. O los lamentos de un gato al que le vas rompiendo las patas, una a una. Me eriza la piel nada más recordarlo. Y por eso me hice policía. Quería algo más grande, más satisfactorio y ahí lo encontré.


Yo no veo hombres ni mujeres, solo cuerpos con potencial de gritar, de aullar, de suplicar, de vomitar, de responder ante mí sin chistar, de rogar por tener la oportunidad de no volver a ver a su familia por los próximos treinta, cuarenta años, con tal de que les saque algo del recto o de debajo de las uñas. Después de pasar por mí, podrían jurar ante sus propias madres que ellos en realidad son una cabra parlanchina disfrazada y lo harían con tal seguridad que lo único que les faltaría es que de verdad se le asomen los cuernos.


Así me gané el respeto, sacando confesiones, verdaderas o no, pero que sirven para inflar los números que se presentan al público y que al final es lo único que a la gente le importa, especialmente a la gente que importa. Ellos quieren que se diga que sí están trabajando y que atrapamos y encarcelamos al pobre diablo de turno. Eso es lo que quieren todos, castigar a alguien, a quien sea, pero castigarle por algo y ese es mi trabajo, castigarles y lograr que acepten que merecían ser castigados y me encanta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuando lo que se expresa es odio, no hay libertad...

Template by:
Free Blog Templates