¿Cómo enfrentar...
...un presente que no ofrece certezas...
...y un futuro sin promesas?
Todo lo que no querías saber sobre un mapache y su truculenta existencia terrenal
Bienvenidos a este pequeño espacio donde relato un poco de mi vida, pensamientos, reflexiones, escritos y una que otra cosa extraña.
Están cordialmente invitados a leer, comentar o simplemente pasar el rato.
Esa sensación de vértigo...
...al experimentar el presente...
...y ser conscientes...
...de que es lo único que existe...
...ni pasado, ni futuro...
...solo un presente que se esfuma...
...y que así como surge...
...regresa a la infinita oscuridad.
Ahí a dónde todos iremos un día.
Al profundo silencio de la eternidad.
Seremos sombras.
Pero hoy.
Somos.
Este es un poema y es una anécdota. Es un poema que no sabía que iba a escribir; que no sabía que iba a querer recitar; que recité y nadie oyó, pero que, de un modo extraño, terminaron escuchando todos.
Hoy cumplo 30, tercer piso, quién diría. Quién diría que hoy, justo hoy, estaría aquí donde estoy, con ustedes, amables extraños.
Un viaje que inició hoy por la mañana, de hace una triada de décadas, un viaje que casi no inicia, encuentra hoy una nueva puerta.
Salud pues, queridos compañeros, compañeras, que en esta noche, quién diría, tuvimos el gusto de juntarnos.
¿Será que todavía vienes de visita a leer lo que escribo? Porque yo sé que lo hacías, me consta. No tengo duda alguna de ello.
Y si fuera así, ¿Me lo dirías? ¿Cómo saberlo? ¿Sabrías que
te estoy escribiendo a ti? ¿A tis? A tis, no a ustedes, a tis, porque no sé si te
escribo a ti o a otra persona o a una mezcla de varias que se funden en una
sola idea quimérica que se presenta con varios rostros.
Caramelo envenenado. Así te (o tes) nombré un día, porque me
encanta la metáfora.
Caramelo envenenado. Dulce potencialmente letal; antojo con
alta probabilidad de ser dañino; deseo inalcanzable, no por imposibilidad, sino
porque hacerlo sería negligente y tal vez estúpido.
Tal vez... Y no sé si quiero comprobarlo.
Pero sí se que transitas mis sueños, en tus múltiples
formas, porque eres tú y eres más personas, todas juntas en una misma idea. Un
deseo que clama por ser satisfecho de manera fugaz y puntual. Que tal vez un día regrese,
o que con una vez sea suficiente.
¿Será, si es que lees esto, que sepas que te escribo a ti? Y
si lo supieras, ¿me lo dirías? Me dirías que exagero, tal vez. Me dirías que
nunca va a pasar, tal vez. Me dirías que lo haga, tal vez. No lo sé. Y no sé si
quiero comprobarlo.
¿Qué haría teniéndote en mi boca? ¿Escupirte y salvar mi
alma? ¿Disfrutar del dulce sabor de la muerte? No lo sé. ¿Acaso tú lo sabes?
Te escribo esto con esperanza de que aún me leas. Para que sepas
que rondas los salones de mis recuerdos. Un fantasma que aparece de manera
recurrente. Un demonio que no logro exorcizar. Un ciclo que no termina de
cerrar. Una herida que no termina de sanar. O más bien, que quiero volver a
abrir.
¿Te llenaría de orgullo? ¿De vergüenza? ¿De rabia? Saber que
una parte de mí se niega a terminar de soltarte para que te hundas en el mar
del pasado y el olvido. Que me resisto a buscarte, esperando que seas tú quien llegue.
Porque sí, quiero. Quiero, pero sé que hay peligro. ¿Lo hay?
¿Y si solo es mi pensamiento catastrófico? Mi ansiedad y pesimismo. O es mi
experiencia y precaución. Tenue línea, casi imposible de discernir de qué lado
camina uno.
Espero nunca leas estas palabras. No sé que haría si lo
hicieras. Si lo haces y me dices que sabes que eres tú o tús. Si un día te
presentas a mi puerta asegurándome que no hay nada que temer, que estoy siendo
irracional, que me deje caer al vacío, a la oscuridad, esperando lo mejor.
Caramelo envenenado. Si estás leyendo esto, o si no, ya te lo
he dicho todo.
Ternura: dígase de algo que tiene calidad de tierno. Sentimiento de cariño entrañable.
Tierno: que se
deforma fácilmente, reciente, propenso al llanto, afectuoso, cariñoso, amable, delicado,
suave.
Radical: que pertenece o es relativo
a la raíz, fundamental, esencial, total, completo.
Ternura Radical: poner la ternura, es decir, el amor, el
cariño, la suavidad, la delicadeza, la amabilidad, como principio fundamental, raíz
y esencia de todo lo que hacemos. Ser radicalmente tiernos entre nosotros, con
nosotros mismos, con el cosmos y con todo y todos los que nos rodean.
Ser radicalmente tiernos implica mostrarnos vulnerables,
suaves, amables, pero eso no significa estar desprotegidos, porque amar es
proteger y protegerse, ya que cuidamos y protegemos aquello que amamos. Es
trabajar por el bien de todos y de todo, luchar contra aquello que provenga desde
la imposición, contra todo lo que destruye, separa y lastima. De ahí que, por
definición, la ternura radical no se puede imponer, porque la imposición no
viene del amor, viene del deseo de control. Debe ser una invitación, tender la
mano esperando que la tomen, pero sabiendo que puede que la rechacen y, aceptarlo
desde el amor a la libertad.
Ser radicalmente tiernos es poner el amor como eje, como
cimiento de toda acción hacia los otros y hacia nosotros mismos, siempre
buscando el equilibrio, ya que poner al afuera por encima de nosotros o
ponernos nosotros por encima del afuera no es amor. Habrá momentos en que tendremos
que ser egoístas o dejar de lado nuestro egoísmo, donde no importa qué hagamos,
saldremos lastimados o lastimaremos a alguien, porque toda acción tiene un
efecto, no siempre deseado, pero podemos hacer el intento de actuar buscando el
bien mayor o el mal menor.
Ser radicalmente tiernos es entonces una invitación a
cuidarnos, protegernos, procurarnos, a nosotros como colectivo y a nosotros
como personas, porque amarnos significa negociar entre cuidarnos y cuidarlos,
el adentro y el afuera. Porque ultimadamente somos cuerpo, carne, mente y
espíritu en unidad, que debemos cuidar para poder cuidar al resto. Una casa sin
techo ni ventanas, con muros a punto de venirse abajo, no es buen refugio.
Seamos refugio, un refugio cálido y abierto, para nosotros y para los otros.
Ser radicalmente tiernos con todos no significa siempre
poner la otra mejilla, hacer la vista gorda ante las ofensas, solapar o
aguantar comportamientos dañinos. Si bien todos merecen ser tratados con amor,
el amor debe ser correspondido. Si ese amor es respondido con injurias, la
acción más tierna que podemos tomar es apartarnos, por amor y protección
propia. Alejarnos de aquello y aquellos que nos lastiman o lastiman a los otros
también es protegernos. Se hace la invitación a la ternura, pero si esta se
rechaza, no se insiste.
Cuando se habla de amor, amor como principio fundamental, es
un amor con agencia, porque el amor es un proceso, es algo que se construye,
adapta y modifica. El amor no es objetivo ni destino, es camino, es acción, el
amor se ejerce cotidianamente. El amor no se logra, no se alcanza, sino que se
hace, todos los días, a partir de las acciones. El amor a veces duele y
lastima, a veces tendremos que poner nuestro amor propio por encima del amor a los demás o
viceversa. El amor no lo puede todo, pero todo se puede hacer con amor.
Ser radicalmente tiernos, siendo la ternura parte del amor y
el amor un proceso cotidiano, hace que este sea una actitud utópica y
revolucionaria, presente, cotidiana y permanente, que se hace desde el hoy y no
espera, desde el aquí y el ahora, porque busca construir el mañana en vez de
esperar a que éste llegue. Se es radicalmente tierno hoy, en este momento y en
todos los momentos, para que mañana también lo seamos.
Ser radicalmente tiernos también implica aceptar que habrá
momentos que tendremos que dejar ir y atravesar el duelo, porque el duelo es
otra cara del amor. El dolor de haber amado y perdido, de seguir amando algo o
alguien que ha partido. Porque el amor se acaba, y forzarlo no es amor. En ese
duelo y dejar ir también entra el aceptar que somos imperfectos, perdonarnos,
tratarnos con cariño, ayudarnos a crecer y a aprender, a mejorar, a levantarnos,
como lo hacemos con los demás. También el aceptar que habrá veces en que no
podremos ser radicalmente tiernos, que nos ganará la oscuridad que nos habita.
Pero reconocerla, aceptarla y, desde la ternura radical, irla llenando de luz,
tanto como se pueda, para poder ser, cada vez más y por más tiempo, radicalmente
tiernos.
Así, esta es una invitación a sumarse a un movimiento utópico
y revolucionario, por ser permanente y presente. Una invitación a actuar con
amor ante todo y ante todos como principio fundamental de acción, a protegernos, procurarnos y refugiarnos. Una invitación a luchar contra lo que
lastima y destruye, a construir el bien común, a negociar, a soltar, a atravesar
duelos, a perdonar, a comprender.
Es pues, una invitación a ser radicalmente tiernos.
Hola,__! Te escribo para ponerte al tanto de las novedades, ya que hace rato que no te escribo.
Sigo en Christchurch. Finalmente tengo trabajo estable, casa
y amigos que son geniales. Ahora trabajo en una planta de reciclaje, procesando
los escombros del terremoto de hace dos años. Creo que eso ya te lo había
contado, pero bueno. El punto es que recién me pasó algo bien raro.
Me encontré conmigo mismo en la cocina de un sueño o en el
sueño de un sueño donde cocinaba, no lo recuerdo muy bien. Sabía que ese otro con perfos, con ropa que nunca había visto pero que me sonaba
familiar, como algo que usaría, era yo. Un yo de otro tiempo, del futuro. Diez
años, eso me dijo. “Han pasado diez años desde la última vez que nos vimos,
aunque en realidad nos vemos diario, pero... tú me entiendes.” Lo entendí, como
las cosas que se entienden en los sueños. Solo lo sabes, no sabes cómo es que
sabes, pero sabes.
Recuerdo parte de lo que platicamos y a más pasan
los minutos, más se van perdiendo los detalles, por eso quiero escribirte esto,
para no olvidarlo. Si tan solo pudiéramos grabar los sueños, especialmente los
que son importantes. Porque creo que este sueño fue importante, es más, tal vez
no fue un sueño y de verdad me encontré en algún otro plano o dimensión. O tal
vez en diez años domine la proyección astral. Se lo debí preguntar... me lo debí
preguntar.
Los dos estábamos en la cocina, cocinando, obviamente. Yo
estaba haciendo espagueti y él, calabacitas. Que raro, porque no me imagino cocinando
calabacitas, pero quien sabe, el caso es que eso cocinaba él... o yo. Pongámosle
él sabiendo que él soy yo, pero del futuro. Tú entiendes. Él andaba “grifo” (marihuano.
Primera vez que escucho el término). Me ofreció de su pipa, pero como siempre,
no sentí nada. Me dijo que me iba a tardar un poco más en que me hiciera
efecto, que tenía que probarla más veces, pero que no me preocupara, que
faltaba menos de lo que pensaba. Supongo que lo seguiré intentando hasta que
funcione.
Estuvimos platicando de muchas cosas, más que nada de cosas
que él ya no recordaba. Como la vez que quemé el cojín de un banco que tenemos
aquí en la sala por ponerle una olla caliente encima y tuve que ponerle una
playera como forro. Pero después de un
rato se quedó callado y mirándome fijamente. Sonreía mucho y en un punto hasta
se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas. Me dijo cosas que voy a intentar
transcribir, aunque no recuerdo sus palabras exactas. Además, hablaba muy raro...
Pero bueno, esto es lo que me acuerdo:
Wey, eres un cabrón. Te estás rifando como no tienes una
idea. Lo presientes, pero aún no eres capaz de comprender lo importante que
está siendo todo esto que estás haciendo. Esto va a abrirte una cantidad de puertas, ventanas, coladeras, bóvedas y almacenes que no te
imaginas. Andar este camino en el que estás ahora es la mejor decisión que has
tomado. Tal vez los sueños que tienes hoy no se materialicen, pero el futuro
que tendrás será maravilloso.
Sé que ahorita te sientes confundido y perdido. Y te lo digo, wey. Vas bien. Vas perfecto. Así como vas. Y en
un punto te darás cuenta de que es la mejor manera de estar, perdido, porque
ese es el único momento donde te vas a encontrar a ti mismo.
Si me preguntas si la vas a seguir cagando, sí y mucho. Vas
a seguir sintiéndote mal, sí, un buen rato. Vas a seguir perdido, confundido,
sí, sin duda. Pero we, todo va a estar bien. Todo va a salir. Vas a encontrar
personas hermosas en el camino, vas a vivir cosas increíbles, vas a crecer como
no tienes una idea. Sí, seguro que mucho de lo que estás viviendo muchas otras
personas también lo han vivido, pero la combinación de experiencias
que estás adquiriendo es bastante peculiar y te va a permitir ver cosas desde
lugares bien distintos.
Por ejemplo, con tus jefes (se refería a mis papás), esto te
va a ayudar a tomar distancia y revalorar tu relación con ellos. Va a cambiar
mucho esa relación y, de hecho, no va a mejorar mucho en los próximos años. Aún
te faltan muchas cosas que trabajar, pero ya, después de que pase tiempo y
distancia, irán asentándose las cosas en su lugar.
No sabes todo lo que te falta por atravesar. Va a ser duro y
va a seguir siendo duro, pero sabrás salir, como siempre. Sin saber muy bien
que chingados estás haciendo, pero caminando sin detenerte, metiéndote donde se
pueda, entre las ramas, aunque salgas raspado, pero siempre pa’delante, como
siempre. E insisto, la vas a seguir cagando, claro que sí. Crees que has
cometido errores? Nambre, los que te faltan! Pero vas a salir, al menos hasta
el momento así ha sido.
Eres un cabrón, we. Neta. No sabes el valor que tienes y te
lo digo como alguien que ha madurado y envejecido. Y no lo digo así como de “ah,
soy tu mayor y sé más que tú”. No. Madurar está de la verga, al chile. La neta
es que ahora me dan más miedo más cosas, pero justo, porque cuando era tú le
jugaba mucho al vergas. Pero justo eso me ha hecho quien soy. Quien serás. No
pierdas la rebeldía, a pesar de que te hagas más miedoso.
Tú sigue así. Y me dirás “como así?” y sé que te enredarás
con tus ideas y tu cabeza y te harás un pinche nudo. Pero we, así somos. Así.
Justo así. Te lo digo, es algo con lo que vas a seguir lidiando un buen rato,
pero poco a poco irás sabiendo manejarlo. Ahí la llevamos, nos ha tomado
tiempo, pero ahí vamos. Mejorando, mejorando.
También, te vas a seguir peleando con tus emociones. Sí,
eres muy sensible, pero no tienes inteligencia emocional. No tienes ni los
conceptos ni las habilidades para dominar todo eso que te desborda. Y ya sé que
vas a salir con un “pero no quiero dominar eso, las emociones se viven, los
sentimientos importa vivirlos...” y demás cursilería romántica que,
afortunadamente, no hemos perdido. Más bien piénsalo como que es un super
poder. Igual tu capacidad analítica que termina enredándote en un perro nudo
indescifrable. Son super poderes que te van a hacer llegar muy lejos, pero que
tienes que aprender a controlar para utilizarlos a tu favor sin lastimarte ni
lastimar a nadie en el proceso. De nada te sirve todo ese poder si no lo sabes
manejar chido. Pero relax, que poco a poco irás hallando la manera.
Pero esto es mucho discurso que seguramente vas a olvidar. Así
que quiero que te quedes con dos cosas (Y esto sí lo transcribo literal, letra
a letra, porque es lo único que recuerdo perfectamente):
Uno. Eres un cabrón, un rifado, un chingón, tienes unos
pinches huevotes que no veas y una buena suerte que parece deus ex machina.
Dos. Las cosas van a salir bien. Al final todo sale bien.
Mucho drama intermedio, al principio y también al final, pero hasta este
momento, todo ha salido bien, mejor de lo que esperaba.
Después de eso, me dijo que le podía hacer tres preguntas y
que él me las respondería.
La primera pregunta la hice sobre nuestra amistad, o sea, tuya
y mía. Él solo se rio y me dijo “Te mamas wey, pero obviamente no podía no preguntarme
eso, verdad? Bueno, pues, pasó lo que tenía que pasar. Tú ya sabes qué va a
pasar, aunque no lo quieras ver. Y justo eso es lo que pasó” La verdad es que
no entendí muy bien su respuesta y actitud. Yo espero que se refiera a que
seguiremos siendo mejores amigos mucho más tiempo.
Mi segunda pregunta fue sobre Larisa y me dijo “Vívelo a
tope. Húndete hasta el fondo, pero sal a respirar a tiempo”. No entendí muy bien y tampoco fue muy
alentador, la verdad.
Mi tercera pregunta fue si había algo importante que tuviera
que saber o un consejo o algo y me dijo “No. Lo que tienes que saber, ya lo
sabes y lo que aún no sabes, no estás listo para saberlo”.
Luego me dijo que ya se tenía que ir. Que la vida de adulto irresponsable
(así lo dijo él) lo llamaba de regreso y que el “trip” (viaje, supongo) ya no
le iba a dar para más. Me dio un abrazo y me dijo “estoy muy orgulloso de ti y
de quien fui” y salió de la cocina con su plato de calabacitas y su pipa.
Fue raro, pero a la vez fue bastante agradable. Me sentí cuidado.
No sé cómo explicarlo. Pero verme así, feliz, diferente pero igual, recibirme
así... no sé, fue lindo, sabes? Supongo que también me siento orgulloso de ver
en quién me voy a convertir, si es que llego a ser él. Te digo, creo que fue un
sueño importante o tal vez no fue un sueño, no lo sé. Pero espero un día verme
así, sentirme así, ser así. Quién sabe qué me pasó, pero quiero vivirlo. Aunque
no sé si de verdad voy a poder hacerlo. Tal vez solo fue eso, un sueño. En
realidad, no creo que llegue a ser él, o como él, pero bueno, si tiene razón, entonces
voy bien, supongo.
Pero bueno, hasta aquí mi carta de hoy. Espero me cuentes
como has estado, hace mucho que ya no me escribes ni respondes las cartas que te escribo.
Abrazos desde el fin del mundo. Te quiero __!
NW.
La última noche había llegado y con ella la última historia. En el camino, se preguntaban que pasaría ahora. ¿Se despedirían formalmente? ¿Cada quién se levantaría para dejar discretamente la habitación como lo habían hecho las útlimas cinco noches? ¿Qué sería de ellos ahora que habían abierto sus corazones y los habían visto reflejados en aquellos seres anónimos? ¿Y si en realidad el resto les había engañado con tal de que ellos confesaran? Muy tarde, muy tarde para esas consideraciones. Como se había dicho ayer, si eran castigados, en el fondo, suponían que lo merecían. Que fuera lo que tuviera que ser, que el infierno ya lo tenían ganado desde antes, sabiendo que ninguno sentía culpa. No había sido la culpa la que les había llevado ahí, solo la necesidad de hablar y ser escuchados. Sentir paz. Finalmente, paz.
La última narradora se tomó su tiempo. Respiró hondo un par de veces, mientras mantenía sus manos sobre las piernas. Aclaró su garganta, miró hacia el techo con una sonrisa tranquila, suspiró una última vez y comenzó.
VI
Se me hace muy poético que yo sea
quien cierre este extraño experimento. Poético y predestinado, justo, preciso,
adecuado, redondo. Me gusta. Ha sido una experiencia por demás enriquecedora y
me siento tranquila, más tranquila de lo que ya estaba, cosa que no esperaba.
Así pues, agradecida y satisfecha de haber esperado este momento, les anuncio
que hoy me voy a suicidar. Así, saliendo de este cuarto, tomaré un
taxi de regreso a mi casa, subiré al departamento, me daré un largo baño
caliente, pondré la pistola en mi boca y me volaré la cabeza.
No está a discusión ni opinión,
como nada de lo que aquí se dijo. Hoy me tragaré una bala calibre nueve
milímetros que desgajará mi cráneo y esparcirá mis sesos por toda la sala. Una
bala que asustará a los vecinos, que tocarán desesperados la puerta y que
llamarán a la policía. Sería un honor que fueras tú la que fuera a recoger mi
cadáver, creo que te gustaría el espectáculo, así que mantente atenta por si
reportan un disparo allá por la avenida de Santa Anastasia.
Estoy harta. Harta de estar
harta. Harta de que me digan que la vida es bella, que la vida vale la pena,
que la vida va a mejorar, que vaya al psicólogo, que tengo amigos y familia que
me quieren y me apoyan, que todo pasa, que el tiempo todo lo cura. Estoy harta
de ese optimismo hueco e insípido que intenta darle sentido a seguir vivos, que
se concentra en los buenos momentos como si los malos no fueran más. Harta de
escuchar que esas migajas de alegría son las que valen la pena. Ya no quiero migajas.
Estoy harta.
Hoy iré y con mi mejor vestido me
tragaré una bala, me volaré la cabeza, me cagaré encima y chorrearé de sangre
el sillón. Estoy harta de sentir dolor, de sentir decepción, de sentir
cualquier cosa. De ver como la vida solo se ilumina dos días por cada diez de
oscuridad. Dicen que eso es lo que le da sabor, que la oscuridad nos hace poder
apreciar la luz. Estupideces conformistas que se repiten unos a otros para
mantenerse aquí al servicio de quien sea que los explote o quien sea que dependa
de ustedes o de la pura inercia de seguir respirando y no tener el valor de
reconocer que vivir es un asco. Que nada vale la pena, que todos somos
monstruos enmascarados, que todo eventualmente se va a ir al carajo y nosotros
con ello. Que no hay esperanza, que el futuro será igual de nefasto que el
presente y el pasado y que lo peor que nos pudo haber pasado fue que nuestros
padres cogieran un día sin ponerse protección.
Por eso me voy a volar la cabeza,
por eso voy a hacer saltar a mi gato y astillas de hueso, porque lo único que
vale la pena es tomar esa decisión. La decisión de decir basta, ya no quiero,
ya no quiero, ya no quiero esto, ni aquello, ni nada. Me quiero fundir,
desaparecer, olvidar que pisé este y cualquier otro lugar. Esa es la única
decisión que deberíamos valorar y perseguir, la decisión de bajarnos de este
tren que no va a ningún lado, este tren infestado de cucarachas y mierda, para
lanzarnos al vacío y regresar a la oscuridad eterna.
No voy a dejar carta, no voy a
culpar a nadie, nada. Es mi decisión, es lo que quiero. Tomen esto como mis
últimas palabras si así lo desean. Fue un gusto haberme sumergido hasta lo más
profundo del abismo de su mano solo para salir más tranquila, para que en ese
momento no me tiemble la mano y desear saborear el plomo, aunque sea por una
fracción mínima de un instante. No, no se sientan culpables. Sus demonios no
son los míos, sus demonios no me espantan ni me hicieron convencerme de tomar
esta decisión. La decisión ya estaba tomada y hace tiempo hice las paces con
las bestias que me habitan. Al contrario, ustedes me devolvieron las ganas de
vivir por un par de días, para escucharles, para conocerles, para sentirme un
poco menos sola en este mundo de porquería.
Gracias por eso y por aceptar mi
invitación a narrar sus historias. Ahora, si me disculpan, tengo una cita y no
quiero llegar tarde.
VII
El desgarrador grito de las
sirenas de patrullas y ambulancias inundaron la calle de Santa Anastasia a la
altura de los edificios colindantes al viejo café árabe. Los pocos transeúntes que pasaban por ahí a esas altas horas de la noche se detenían movidos por la curiosidad, mientras que los demás habitantes del edificio se asomaban cautelosos por las ventanas.
Una oficial de policía comandaba
a los forenses para que registraran la impactante escena que una pobre señora encontró
en el apartamento 207. Ella había abierto la puerta con la llave que su vecina
alguna vez le confió por si acaso se quedaba afuera y que esa noche decidió
utilizar al escuchar un fuerte estruendo que logró despertarla. Tras el macabro
hallazgo, estaba sumergida en un fuerte estado de nerviosismo que tenía la esperanza
de poder sobrellevar con los ansiolíticos y somníferos que le recetaba su
psiquiatra, un callado señor de avanzada edad y extraño gusto por la playa.
Al alba la calle seguía
acordonada, mientras un
redactor de nota roja daba los últimos
toques al artículo donde, para deleite de los morbosos, detallaba magistralmente el
acontecimiento como si él mismo lo hubiera presenciado. Se
regocijó de su trabajo, sabiendo que ese era el segundo mejor artículo que
había escrito solo después de aquel sobre el trágico asesinato de una amada
mujer de la comunidad.
¡Pero qué desgracia! -exclamó un
señor acompañado de una mujer a quien casi le doblaba la edad. Aquella tarde se habían topado con las grotescas imágenes del suceso en la primera plana
de un pasquín amarillista mientras pasaban tomados del brazo frente a un puesto
de periódicos- ¿Quien hubiera pensado que una exitosa académica como ella haría
algo así? - Añadió, negando con la cabeza.
Qué le digo, patrón. Ya ve de lo que es capaz la gente, aunque cueste creerlo -le respondió desde dentro del quiosquillo un joven que se relamía sin despegar los ojos del catálogo de ropa interior femenina que tenía en el regazo...
Se acercaba el final de los encuentros, la penúltima historia estaba por ser revelada. Eso llenaba a nuestras sombras de un sentir que transitaba entre una ligera tristeza y el alivio ya que se les empezaban a agotar las excusas para explicar porque salían tan tarde y regresaban aún más tarde, meditabundos y distantes.
Esa quinta noche, la narradora de turno llegó tarde. El resto permaneció en silencio, esperando con impaciencia y sin saber bien que hacer. En sus cabezas se imaginaban a la narradora acobardándose de útlimo momento o, peor aún, delatándoles y evitando llegar al punto de encuentro sabiendo lo que les esperaba. Sus temores se disiparon un poco al escuchar finalmente unos pasos acercándose al salón, sin saber que unos minutos después otro golpe de adrenalina inundaría sus cuerpos.
V
Recordando lo que se contó ayer,
yo también entiendo esa sensación de poder y también entiendo a los policías.
De hecho, creo que soy la que mejor entiende ambas cosas en esta sala. Todos
deseamos sentirnos poderosos en algún momento, no lo nieguen, es algo propio de
nosotros como humanos, sino, el anarquismo sería la norma, no el Estado y la
propiedad privada. Nos gusta sentirnos poderosos y nos gusta mantener ese
poder. Por eso me hice policía, para sentir poder y para ayudar a que ese poder
se quede dónde debe estar. Y no, no se preocupen. Si algo tengo es palabra y
prometimos que lo que se contara aquí, aquí se queda. Además, píensenlo, si quisiera hacer algo ya lo habría hecho. De verdad, tengo suficiente
con lo que hay en la calle como para preocuparme por ustedes.
No es fácil ser policía siendo
mujer. ¿Creen que lo que han contado aquí me da miedo o disgusto? Vieran lo
verdaderamente podrida que es la humanidad, y no lo digo por la escoria que
luego atrapamos, lo digo por la misma policía y todo lo que la hace moverse.
Pero esa es otra historia. Para tener un lugar en el sistema hay que ganarse el
respeto y yo la tuve el doble de difícil en un mar de machos poco más
inteligentes que un perro con ganas de coger, comer y cagar. Ahora soy parte de
ese engranaje que se lubrica con sangre y me costó sangre obtener ese lugar,
pero no la mía.
Así como todos aquí nacimos
enfermos o nos rompimos en algún punto del camino, pues así yo también. Desde
pequeña me gustó apedrear animales. Empecé con lagartijas. Verlas explotar
debajo de la suela de mi zapato o por un tiro certero me llenaba de emoción, me
hacía sentir ruda, fuerte. Luego pasé a las aves que eran un reto mayor, pero
mi puntería siempre ha sido excelente y rápido les agarré el modo. Recuerdo una
vez que tiré un nido lleno de polluelos y cómo a cada uno les di un tratamiento
distinto. Al primero lo aplasté sin más, al segundo le arranqué las patas,
luego las alas y luego la cabeza. Con el tercero me empecé a poner creativa, y
lo apretaba hasta que sentía que iban a tronar sus huesos para luego soltarlo,
lo enterré y lo desenterré, lo sumergí en agua y lo saqué, así hasta que dejó
de moverse y lo tiré por ahí. Al último lo colgué y le fui pasando un
encendedor hasta que la mitad de su cuerpo quedó chamuscada.
De las aves pasé a los gatos y
los perros. Olviden intentar pensar en cómo se ve una escena así, eso todos se
lo pueden imaginar, pero lo que seguro no pueden imaginar es el aullido que
pega un perro cuando lo rocías en gasolina y le prendes fuego. O los lamentos
de un gato al que le vas rompiendo las patas, una a una. Me eriza la piel nada
más recordarlo. Y por eso me hice policía. Quería algo más grande, más
satisfactorio y ahí lo encontré.
Yo no veo hombres ni mujeres,
solo cuerpos con potencial de gritar, de aullar, de suplicar, de vomitar, de
responder ante mí sin chistar, de rogar por tener la oportunidad de no volver a
ver a su familia por los próximos treinta, cuarenta años, con tal de que les
saque algo del recto o de debajo de las uñas. Después de pasar por mí, podrían jurar
ante sus propias madres que ellos en realidad son una cabra parlanchina disfrazada
y lo harían con tal seguridad que lo único que les faltaría es que de verdad se
le asomen los cuernos.
Así me gané el respeto, sacando confesiones, verdaderas o no, pero que sirven para inflar los números que se presentan al público y que al final es lo único que a la gente le importa, especialmente a la gente que importa. Ellos quieren que se diga que sí están trabajando y que atrapamos y encarcelamos al pobre diablo de turno. Eso es lo que quieren todos, castigar a alguien, a quien sea, pero castigarle por algo y ese es mi trabajo, castigarles y lograr que acepten que merecían ser castigados y me encanta.
Para la cuarta noche todas las sombras se sentían casi cómodas con ir a aquellas sesiones nocturnas. La mitad veía ese cuarto en penumbra como el único sitio sobre la tierra donde por primera vez se sentían libres del terrible peso de sus secretos más oscuros, mientras que la otra mitad sentía la urgencia a la vez que el temor por abrir la boca y expulsar aquello que quemaba sus almas como hierros incandescentes.
Puntuales a su cita, ocuparon sus puestos en el círculo de sillas que les esperaba en silencio mientras las nubes de una lluvia discreta y pasajera iban cubriendo la luna en cuarto menguante, cuyos rayos a penas y se colaban entre los pesados cortinajes que cubrian las ventanas. Respiraron el particular aroma a tormenta próxima, agudizaron el oído y prepararon el alma para ver lo que había debajo de una nueva máscara.
IV
Tal como lo dijeron el otro día, yo me
quería sentir poderoso, grande, dominante. Yo sí quería eso y lo
disculpo por el juicio y a la vez me disculpo por el asco que le pueda
provocar, pero para eso estamos aquí, para dar asco, para que nos miren con
odio, para dar cuenta de toda es porquería que llevamos en el interior
arrastrando desde hace quién sabe cuánto tiempo.
Esa noche mi mejor amiga estaba
borracha, muy, muy ebria, al grado que apenas se mantenía despierta. Primero pensé que lo que iba a hacerle era producto del amor, que
ella me quería y que de haber estado despierta al final
me habría dicho que sí. Me convencí de que ella así lo quería, de que ella lo
deseaba tanto como yo.
Aún recuerdo esa sensación de
estar rompiendo todas las reglas y barreras del mundo mientras le arrancaba los
calzones, mientras lamía su vulva con furia, queriendo que se despertara y, no
sé, que me pateara la cara para luego entonces poder someterla y sentir ese
poder corriendo por mis venas. Sentirme un toro, un huracán, un meteoro
imparable, la fuerza en su estado más salvaje y animal. Quería sentirlo, quería
escucharla gritar que me detuviera y seguir, golpearla y seguir.
Y, de hecho, algo así pasó. Supongo que
fue el dolor de haberla penetrado sin ningún tipo de contemplación o piedad,
pero con condón, lo que la hizo despertar de su sopor etílico y dar un alarido que tapé
inmediatamente con una de las almohadas. La recuerdo retorciéndose bajo mi
cuerpo como un gusano con sal, gritando, llorando, suplicando a la vez que
luchaba con uñas, no con dientes porque la almohada nunca la quité. Estas
cicatrices de rasguños que tengo en la cara las llevo con orgullo, aunque nunca
cuente su historia.
Sentía como si estuviera domando
un caballo o más aún, como si estuviera domando el mar o como si estuviera
domando a Dios mismo, haciéndolo seguir mi voluntad. Me sentí tan, pero tan
enorme, tan fuerte, tan poderoso, tan invencible que yo creo que en ese momento
podría haber derribado una casa a puñetazos si me lo hubiera propuesto.
Ni siquiera recuerdo si me corrí
o no, porque me desconecté. Hubo un punto donde ya no tenía control de mí mismo
ni de la situación. Me desperté cuando dejé de sentir sus intentos por zafarse
que me excitaban tanto. Por un momento pensé que la había asfixiado y me entró
el miedo a la vez que el alivio. Miedo porque sabía que tendría que deshacerme
del cuerpo, pero alivio porque sabría que el secreto me lo llevaría a la tumba.
Pero solo se desmayó, no sé si de cansancio, por la falta de aire, de dolor, del shock o
de todo mezclado.
Me levanté y le quité la
almohada. Su cara estaba enrojecida y surcada por lágrimas, sus labios sangraban. La limpié con un
trapo con cloro, especialmente las uñas que tenían mi sangre, para que todo
rastro desapareciera. La subí en el coche y la fui a tirar a un parque a varios
kilómetros de mi casa, pero relativamente cerca del bar donde habíamos estado.
La dejé así, medio desnuda, tirada entre los arbustos, le vacié encima lo que
me quedaba de una botella de tequila y la dejé vacía a su lado.
Levantó la denuncia y todo, pero
claro que nadie le creyó. Ebria y como iba vestida... Ya saben cómo son los
policías. Nunca nos volvimos a hablar, supongo que ella lo sabe tan bien como
yo, pero no tiene pruebas. Es mi palabra contra la suya, aunque ella tenga toda
la razón.
La tercera noche llegó y con ella los demonios surgidos de la más tremenda oscuridad se volvieron a reunir para contar sus secretos. Cada sombra ocupó su puesto, acostumbrándose cada vez más al ritual que habían establecido a penas hacía dos noches.
Poco a poco comenzaban a conocerse de manera superficial. Los ademanes al caminar, los rasgos que se podían adivinar en la tenue luz polvorienta que apenas e iluminaba la habitación, el sonido de las sillas al ser arrastradas, el perfume característico, los zapatos de tacón que resonaban con cada paso. Sombras sin rostro ni nombre, pero que poco a poco se convertían en extrañas compañeras en un viaje que nadie estaba seguro a donde les llevaría. Lo único que tenían claro es que esa noche develarían otra cara de la gran hidra que habían conformado al juntarse por primera vez.
III
Durante mucho tiempo intenté
darle una explicación, pero no puedo. Me gusta y ya. Como a la gente le gusta
el chocolate, el futbol o las tardes de lluvia. Bueno, más bien como a la gente
le gustan los latigazos, los tríos, que se corran en su cara, la orina y demás
secretos que guardan entre las sábanas. Estoy seguro de que no soy el primero,
ni el segundo, ni el tercero con el que se topan, solo que no lo saben, porque
créanme que somos muchísimos, muchísimos como yo.
No voy a mentirles, creo que es
algo que tengo desde que tengo memoria, desde que me empezó a interesar el
sexo, pero a esa edad uno es pendejo y no sabe cómo conseguirlo, cómo pedirlo,
como hacerlo y no hay nadie que le explique porque aún está muy chico para esas
cosas. Entonces me resultó más fácil. Los niños no se cuestionan lo que están
haciendo y menos si es una persona mayor quien se los dice. ¿Por qué creen que
hay niños soldados o predicadores o expertos en un instrumento musical? Porque
algún mayor les dijo que eso era bueno y ellos lo hacen, porque no lo piensan,
no lo juzgan, lo hacen porque aún no tienen refrentes del bien y el mal, todas
son experiencias neutras que les pueden gustar o no, pero sin juicios de valor.
En ese entonces, pues, me resultó más sencillo y creo que fue algo que se me quedó pegado. No sé, sería interesante saber si las primeras veces determinan los gustos para siempre. No lo sé. Puede ser que sí o que no, que solo sea un enfermo más. El caso es que así fue y así quedé y así lo hice durante un tiempo. Lo que más disfrutaba era, insisto, que no juzgan, no preguntan, no critican ni cuestionan. Están abiertos a la experiencia, a vivirla y luego determinar si les gustó o no. Como aquellas personas que les gusta coger con vírgenes porque no tienen conocimiento y entonces, no tienen parámetro para juzgar lo bien o lo mal que coge uno. Pues así, pero llevado un paso allá, porque ni siquiera saben que es eso de coger.
Hay otros como yo que dicen que
lo que les gusta es la sensación de dominancia, de poder. Esos que les gusta el
poder y el control me dan asco, disculpándome por juzgar. Pero es la verdad.
Esos violan, esos no les interesa más que satisfacerse a sí mismos y su
necesidad de sentirse grandes y poderosos, de dejar de sentir lo pequeños que
son en realidad. Pero yo no, nunca hice nada para forzarles. “Grooming” le
dicen ahora, con eso de los términos gringos que luego nos llegan.
Los convencía. ¿Cómo van a decir
que sí si no los convences? Es como cuando prueban el brócoli por primera vez,
hay que sobornarlos, insistirles, prometerles que les va a gustar y que si no
les gusta pueden no volver a comerlo en sus vidas. Nunca forcé nada, yo no soy
de los que busca autoridad y someter, solo busco esa experiencia y placer visto
a través de los ojos puros de alguien que aún no tiene la cabeza llena de
tabús, prohibiciones, “qué dirán” etiquetas y reglas que me juzguen. Conmigo
mismo basta para juicios.
Pero ya no, antes pues era
sencillo, ahora no. Imagínense, un señor de mi edad, con mis canas, con mis
arrugas, acercándome a los niños. Eso no pasa desapercibido, por más que uno
haga como que es un anciano inocente. La perversión se huele, la exudamos por
los poros, por la mirada, por el aliento y todos lo saben, aunque no lo sepan
en realidad, pero lo saben. Me ven y lo saben. Por eso ya no lo hago, solo me
deleito con mis recuerdos y con visitas a las playas donde los lentes de sol
tapan mis ojos que saborean esos cuerpos vacíos de prejuicios. Ya no, aunque eso
no signifique que ya no quiera, pero no. Ya no.