12/2/26

(...)

¿Cómo enfrentar...

...un presente que no ofrece certezas...

...y un futuro sin promesas?

30/1/26

Luz

No escribo esto para buscar validación, sino sentido. No busco consuelo, sino encontrar rumbo. Rumbo que, aparentemente, nadie me puede indicar. No porque no puedan en un sentido de jerarquización nefasta; sino porque nadie podemos decirle a otro cómo caminar por el mundo.

Veo el dolor del mundo. De mis seres queridos. Y me pregunto qué puedo hacer para aliviarlo. No por ellos ni en su nombre. No para ser un salvador, sino un impulso, un descanso, un refugio, una luz.

Pero me veo hablando desde mi camino. Una vida privilegiada que ha marcado mi experiencia cotidiana y que no se ajusta a la realidad de casi nadie. Y me veo diciendo, aconsejando, pensando cosas que no resuelven, agobian.

Toma más agua, date tiempo para descansar, come bien.

Declaraciones que más que ayudar, sentencian. Recuerdan las desigualdades brutales que nos atraviesan, que no todos tenemos el privilegio de tomar más agua, descansar y comer bien. Claro, eso ayudaría. Pero ¿cómo hacerlo si toda tu energía está en sobrevivir? ¿Cómo comer bien, descansar y tomar agua si todo tu tiempo está puesto en sostener la precariedad?

Entonces viene el otro lado. No es tu culpa, es el sistema. No es que no le eches ganas, es el mundo que te aplasta.

Otras declaraciones que más que ayudar, sentencian. Estamos inermes ante un mundo que nos supera, que nos masacra lentamente. O sobrevivimos a duras penas en el juego o dejamos de jugarlo. Claro, habría que cambiar las reglas, pero eso toma años y el hambre, el sueño y la enfermedad no esperan, carcomen minuto a minuto. Claro, hay que cambiar el sistema, pero ¿quién quita la sed y el hambre que abruman el ahora?

La terrible paradoja de tener que vivir el momento presente en un mundo donde las transformaciones que nos permitan vivirlo plenamente tomarán décadas. Un presente que no llega, una idea que solo aleja discursivamente la posibilidad de estar bien hoy.

Haz esto, haz aquello, estos cambios en tu vida. ¿Cómo si no hay tiempo ni fuerza porque el mundo las devora? Cambia el sistema, lucha por una vida plena. ¿Pero eso como alivia mi miedo, hambre y enfermedad del ahora?

¿Nos rendimos ante lo inevitable? ¿Reconocemos que, aunque haya mucho que hacer, no se puede hacer? Claro que se puede, hay quienes tenemos la posibilidad, pero ¿eso como alivia a los que no pueden? ¿Cómo ayudamos al presente si todo lo que hacemos es para el futuro? ¿De qué sirve lo que hacemos si ni siquiera sabemos si quedará alguien que lo aproveche? ¿Nos embriagamos de esperanza en el mañana y renunciamos a atender el hoy? ¿Nos desgastamos hasta el colapso intentando sortear un hoy que no promete mañanas?

¿Cuál es la postura más ética para alguien que puede trabajar por quienes vienen, pero parece que no para quienes ya están acá? ¿Qué hacemos, qué decimos, cómo actuamos? ¿Nos deslindamos del sufrimiento ajeno pensando que no es nuestra responsabilidad solucionarlo? ¿Nos reconocemos como privilegiados y, por tanto, con el deber ético de si no ayudar, al menos no empeorar el mundo? ¿Nos volvemos fantasmas que no actúan para no dejar las cosas peor? ¿Aprovechamos nuestra vida desde la gratitud frívola y el sabernos minúsculos e impotentes ante los dramas que nos rodean?

¿Hasta dónde llega nuestra posibilidad de hacer? ¿Actúa en lo inmediato? ¿En lo trascendente? ¿O ni siquiera nos corresponde hacer algo?

Que hago.

Que hago para ayudar a aliviar un dolor que tomará años curar, si es que se puede curar, pero que rompe y destroza hoy, a cada segundo.

La anestesia no cura un hueso roto, pero lo hace soportable. Curar un hueso roto toma meses, pero el dolor es insoportable.

¿Cómo ser anestesia y escayola al mismo tiempo?

¿O ni siquiera es mi responsabilidad? ¿Quién soy yo para ayudar? ¿Por qué creo que tendría que hacer algo para el mundo? ¿Por qué creo que puedo hacer algo para el mundo? ¿Dónde y como se traza la línea entre lo que está en mis manos y lo que no? ¿En lo que sí puedo hacer y lo que ya no me corresponde? ¿Qué me corresponde? ¿Qué de todo este desastre me toca limpiar a mí? ¿Es poco? ¿Es mucho? ¿Ayudo en algo o mejor me quedo en una esquina?

Por ahora, me limito a caminar. Intentando no pisar las pequeñas flores del camino. Intentando regar las que puedo, sabiendo que es insuficiente, preguntándome si tal vez lo que necesitan es otra cosa y no agua, queriendo creer que sirve de algo.

Aunque en lo profundo, no lo sepa en realidad e incluso me pregunte si no lo estoy empeorando, o si podría haber hecho algo distinto, o más, o hubiera sido mejor no haber hecho nada.

No quiero ser un héroe, no busco la satisfacción de saber que ayudé y resolví. No lo hago desde la búsqueda de reconocimiento, desde el ego.

Lo intento porque me duele. E intento aliviar mi dolor. Porque creo que puedo aliviarlo. Porque si no creyera que puedo, lo único que quedaría es resignarme, ya sea a vivir en la oscuridad o cerrar los ojos para no verla.

¿Cómo ser luz, si no tengo luz para alumbrarme?

7/10/25

Poesía nocturna XVI

 Esa sensación de vértigo...

...al experimentar el presente...

...y ser conscientes... 

...de que es lo único que existe...

...ni pasado, ni futuro...

...solo un presente que se esfuma...

...y que así como surge...

...regresa a la infinita oscuridad.


Ahí a dónde todos iremos un día.

Al profundo silencio de la eternidad.

Seremos sombras.

Pero hoy.

Somos.

22/9/25

Guajolote y gallina

Pueblos de las Américas, de la del norte, la del centro y la del sur. La ibérica, la latina y la hispánica. Pueblos hechos de masacres y catástrofes, de amores prohibidos, de rebeldes e insurgentes, de flores, de aves, de frutas, de lenguas y cantos. De poemas y lágrimas, de guerras y bailes, de todos los colores de la tierra y del cielo.

Todos los continentes encontraron en este suelo un hogar, heredado, deseado, robado o impuesto. Defendido con las armas, con arengas, con tambores, con leyendas. Cimentado en la lucha contra la imposición y la destrucción del mundo. Tierra para encontrar la libertad arrebatada por las manos de quienes se creían superiores por su color de piel. Patria para construir un futuro lleno de esperanzas.

Pueblos hechos de todas las direcciones de la brújula, agua y fuego, vírgenes y nahuales, mezcla de mezclas, sacrificios humanos, tesoros enterrados, selvas impenetrables. Todas las telas, cerámicas, maderas e industrias. Minerales preciosos, tintes, esculturas, fósiles y montañas nevadas. Ámbar, copal, ranas y tormentas. Puertos protegidos contra los piratas, planicies ocupadas por ganado, sembradíos de coca y marihuana.

Somos todo, el mundo entero reunido, intentando hacerse uno de miles de partes. Eternos extraños en nuestra propia casa. Terremotos, volcanes y huracanes. Incontables nombres y realidades. Hijos e hijas de esclavos, viajeros, conquistadores y pueblos en resistencia. Cruce de caminos donde se aparece el diablo para tentarnos con maravillas. Sangre de inocentes, dictaduras, desaparecidos y campos fertilizados con huesos y llantos.

Somos la muerte que se ríe de los vivos y la vida que se ríe de la muerte. Intelectuales de todas las ciencias, hogar de telescopios, laboratorios, artistas, bosques de pinos y desiertos vetustos. Ancestros, fantasmas, niños durmiendo en la cima de los Andes. Creados en el horno del elitismo, racismo y machismo. Cuna del capitalismo.

Con padres ausentes, violencia y abandono. De madres y abuelas con estrellas en los ojos y tibieza en el pecho. Hechos del amor a la tierra, a los árboles, a la fe en un mundo mejor. De solidaridad en la desgracia, de fortaleza inacabable, de cansancio, miradas apagadas, arrugas en las manos, alimentos que reconfortan el alma.

Campo de pruebas del colonialismo y el imperialismo. Luchas por la libertad desconocida pero añorada. Caminantes sin rumbo, pero que andan sin detenerse. Agua fresca de manantial, mosquitos, serpientes, ceibas, añil, salinas y conchas marinas.

Donde el pasado remoto y el porvenir se tocan, palimpsesto de miles de historias olvidadas, mundos que no terminan de morir ni de nacer, quimera con cara de jaguar y ojos de obsidiana.

Pueblos de las Américas, de todas ellas. Donde la historia de la humanidad implosiona y se cierra sobre sí misma. Semillas y cadáveres. Mosaico y caleidoscopio. Permanente transformación de lo inmutable. Somos los que estuvieron y los que estarán. Somos todos los afluentes del río de la vida, singularidad, remolino y forja. Mestizos entre los mestizos, alebrijes, cuento polifónico, cadáver exquisito.

Calabazas, cacao y maíz.
Caballo, trigo, quinoa, venado.
Café, caña y bananos.

11/3/25

¿Qué está pasando?

La nueva última noticia nos ha levantado del letargo en el que nos encontramos. El horror de ver escenas que nos recuerdan a Auschwitz apenas parece ser suficiente como para salir un poco del entumecimiento y preguntarnos ¿qué está pasando? ¿Qué está pasando en México y en el mundo? Porque no solo es aquí, es en Gaza, en Ucrania, en el Congo, en China, en Venezuela, en El Salvador, en Colombia, en Siria, y en infinidad de otros lugares de los que no nos llegan noticias.

En México, porque es lo que más cerca tengo, esto no es nuevo. Eso es lo peor, que ni siquiera es nuevo. Décadas de pruebas, reportajes, investigaciones, denuncias... Desde principios del siglo XX la maquinaria del Estado se ha encargado de la desaparición, tortura y asesinato de miles de personas. Enemigos políticos, pueblos indígenas, supuestos comunistas, campesinos que defienden su tierra, jóvenes, madres buscadoras, periodistas, investigadores, migrantes... Una masacre a todas luces que, con los años, no ha hecho más que aumentar en magnitud. De sujetos puntuales y plenamente identificados, a grupos enteros de personas que se ven como carne de la que se puede disponer para cualquier fin.

Con el colapso del estado benefactor y el desastre socioeconómico del neoliberalismo, el crimen organizado se presentó como una estrategia de supervivencia para los marginados. Una vía de ascenso social, fama, fortuna y poder para los aspiracioncitas. Una fuente de dinero fácil para las autoridades corruptas. Una cadena de distribución confiable de narcóticos para el destrozado pueblo estadounidense a manos de los intereses de las farmacéuticas. Una salida fácil para evadir la realidad de la pobreza, el hambre y la muerte. También sabemos que el crimen organizado no solo son drogas, es venta de órganos, trabajo esclavo, secuestro, extorsión, trata de blancas, redes de pedófilos, contrabandistas, lavado de dinero y hasta torturas y asesinatos por pura diversión. Todo con tal de complacer los deseos o necesidades de quien tenga suficiente dinero para pagar.

De a poco, la diferencia entre gobierno y crimen organizado se ha ido borrando. Estamos inundados de pruebas de que todos los partidos en todos los niveles de gobierno, están coludidos con el crimen organizado. La diferencia entre ambos ya no es visible, pasando de uno a otro de manera sutil e imperceptible. El ejército, la policía, los bancos, todos forman parte de la red y todos se llevan su tajada, mientras que los que pagamos los platos rotos somos otros. Cuerpos desechables, números, cifras, mano de obra fácilmente remplazable y más ahora que empieza a perfeccionarse la inteligencia artificial.

Mientras, preferimos no ver, no creer, pensar que eso no pasa. La gente intenta justificarlo con “seguro tenía malas amistades”, “no sabías de sus mañas”, “es que se metió con la persona equivocada”. Y, no obstante, tenemos décadas de reportajes de crematorios clandestinos, de centros de entrenamiento y de exterminio, sobrevivientes de reclutamiento forzado, miles y miles de desaparecidos y desaparecidas que se acumulan con cada hora, sabemos que en Tlaxcala está el centro de trata de blancas continental y cada semana podemos encontrar una noticia de un asesinato en masa... Como dicen, un asesinato es una tragedia, mil son estadística. Pero pareciera que nada de eso basta para darnos cuenta de que no es cuestión de malas amistades, mañas y personas equívocas. Es un monstruo enorme y brutal que nos está devorando mientras colectivamente intentamos ver hacia otro lado.

Es tanto el dolor, tan grande la masacre y ha durado tanto tiempo, que nos hemos adormecido. Como el dolor físico que hace que el cuerpo se desmaye por el shock, nos hemos desmayado mentalmente ante el terror indescriptible, ajeno tal vez por lo lejano en el espacio, pero cercano por la empatía y la posibilidad de ser los siguientes. Aún peor, pasamos del horror al anhelo de ser como ellos que se refleja en la música, la moda, las series y las películas. Una especie de síndrome de Estocolmo inaceptable, incomprensible e indefendible que usamos como mecanismo de defensa ante el horror cotidiano. Y si bien el arte es un mecanismo de expresión y narración de la experiencia cotidiana, y todos tenemos el derecho de narrar nuestras experiencias... ¿Idolatrarlos? ¿Ponerlos en un pedestal? ¿Agradecer las escuelas, carreteras y hospitales construidos con sangre y sobre huesos porque el Estado no pudo hacerlo? Como si el crimen organizado fuera una especie de ONG que cobra en muertos y balas. Como agradecerle a tu secuestrador que no te deja morir de hambre.

Todo esto pasa a la luz del día, y pasa donde ya no hay presencia del Estado ni resistencia social. La gente está tan aterrorizada a la vez que convencida de que, si dice algo, los asesinarán, que no es de sorprender que nadie haya dicho nada antes a pesar del terror que se vive cotidianamente. Convencida de que, si denuncia o hace algo, nadie ni nada irá en su auxilio. Porque así es, porque quienes se supone están ahí para hacer cumplir la ley, lo permiten. Lo saben. Saben lo que pasa. ¿De verdad nos vamos a creer el cuento de que no están enterados de nada? Pero no quiero que esto se vuelva en otro reclamo al gobierno, a ese “papá-mamá” Estado que tiene que venir a ayudarnos a limpiar nuestro cagadero.

Porque el Estado es cómplice. El Estado como estructura lo permite y le conviene. Porque el Estado, no el mexicano, el Estado moderno como concepto, se sostiene sobre la explotación, la desigualdad y el despojo. Porque para que un grupo de personas tengan la posibilidad de ejercer tanto poder, es porque tienen control sobre una enorme cantidad de recursos. Y en un mundo donde los recursos son finitos, si alguien tiene control de tantísimos recursos, significa que otros no los tienen y, por tanto, su subsistencia depende de la benevolencia de quienes los poseen. Decapitamos a los reyes solo para que regresaran como hidras de mil cabezas.

Y el despojo, el empobrecimiento y la desigualdad es la leña que alimenta el sistema. Entre más desesperada esté una población, más fácil es someterla. Más fácil es que acepten medidas antidemocráticas y autoritarias, como pasó en el porfiriato o pasa hoy en El Salvador, Argentina o Venezuela. Entre más desesperada esté una población, más fácil es que entren al crimen organizado; que acepten un soborno; que prefieran callar antes de perder lo poco que les queda; que acepten un trabajo de mierda, precario y sin prestaciones; que acepten votar por quien les prometa lo que sea; que se desgasten los lazos de solidaridad al obligarnos a pelear por el único mendrugo de la canasta.

Todo esto permite y sostiene el modo de vida de las grandes élites políticas y económicas. ¿Quién les lava su ropa? ¿Quién barre la oficina? ¿Quién va a destaparles el excusado? Santa Fe, Polanco y Reforma, mecas de la ciudad global y las altas finanzas, esas sedes de los leviatanes económicos existen y operan por la miríada de trabajadores informales que gastan seis horas diarias de su vida en transporte para llegar desde las zonas periféricas a las que fueron expulsados dado que es imposible pagar una renta en una zona más cercana.

El crimen organizado también se alimenta de estas personas. De los desesperados, de los que buscan un trabajo para sostener a sus familias, de los que anhelan una vida que les han vendido desde arriba como la única manera digna de vivir, de los que no tienen casi nada que perder, solo su existencia. Todos son mano de obra fácil de obtener, de manera voluntaria o por la fuerza, para engrosar las filas de sus ejércitos. Y, como lo que pasa en la ciudad, es ese ejército de personas las que mantienen operando las grandes estructuras del crimen organizado. Halcones, distribuidores, sicarios, mulas, agricultores de amapola, ayudantes (o ratas) de laboratorio: todos necesarios e imprescindibles para que un par de capos se pudran en dinero. Todos remplazables con el migrante, con el joven desempleado, con la mujer secuestrada.

El crimen organizado, como parte de las élites económicas, son parte del sistema. No es el sistema que funciona mal, todo lo contrario, funciona perfectamente y este es el resultado. Es mucho más rentable cobrar sobornos que regular la venta de sustancias. Es mucho más rentable vender mujeres secuestradas que renunciar al pago por cumplir los enfermizos deseos de algún fulano. Es mucho más rentable usar mano de obra esclava o precarizada que pagar sueldos y prestaciones. Es mucho más rentable asesinar a un defensor de la tierra que renunciar a poner un plantío de aguacate, un complejo hotelero o unidades habitacionales. Es mucho más rentable asediar una comunidad que renunciar al agua de sus manantiales que se puede convertir en refresco o cerveza. Es mucho más rentable financiar una guerra, un grupo paramilitar o un golpe de Estado que renunciar a los metales raros o petróleo que se encuentra bajo los pies de un pueblo que no los aprovecha. Es mucho más rentable asesinar o desaparecer a un periodista o investigador que dejar que salga a la luz la red de corrupción que permite que todo esto opere.

El sistema funciona de maravilla, permitiendo que la codicia, el desprecio hacia los otros y la sed de poder y placer se desarrollen sin freno. ¿Para qué? Qué terriblemente vacíos deben estar aquellos que buscan saciar su hambre con oro y lágrimas ajenas.

No es el crimen organizado. No es el gobierno. Es el sistema político y económico, el Estado-nación moderno capitalista que vive de muchos para sostener en la cima a unos pocos. Antes, los reyes, los tlatoanis, los emperadores sabían de la posibilidad de que sus súbditos se rebelasen, porque, aunque fuera difícil y pasara con poca frecuencia, pasaba. Motines, alzamientos, linchamientos... Hoy la protesta ha perdido todo sentido, es un performance mediático que se suma a los innumerables titulares que, como todo lo viral, se olvida rápidamente. Cada vez es más difícil dar grandes declaraciones, posicionamientos firmes, construir ideales a largo plazo. Todo lo sólido se desvanece en el aire, dice el título de un libro, y con ello, nuestra visión de futuro y trascendencia.

¿Qué hacemos ante el horror cotidiano? Lo que hoy vemos no es tibieza ni indiferencia. Es nuestra manera de encogernos, resguardarnos y llorar en silencio esperando que todo pase y que no nos pase nada a nosotros ni a los que amamos. Tenemos miedo. Mucho. De muchas cosas. Y siempre hemos tenido miedo, pero antes teníamos a los otros o la divinidad para pedir auxilio. Hoy ya ni nuestros grandes amigos imaginarios nos acompañan, porque nos tragamos la idea de que la ciencia y la razón eran los medios para construir un futuro brillante. Misma ciencia y razón que, junto con la medicina, la luz eléctrica y los memes de gatos, perfeccionó los métodos de genocidio, explotación y colonización de sus supersticiosos ancestros. Porque la ciencia y la razón no fueron suficientes para prevenir que el egoísmo de unos pocos las convirtiesen en instrumentos de conquista. Hoy nos vemos solos en medio de un mar embravecido, mientras a lejos otros también luchan por mantenerse a flote.

Y el sistema funciona de maravilla porque los que sostenemos todo esto estamos tan agotados, agobiados, hartos, dependemos tanto de nuestro trabajo miserable para sobrevivir, que rebelarnos se antoja una idea lejanísima e imposible. ¿Con qué tiempo y energía nos vamos a sentar a organizarnos? ¿Con qué voluntad vamos a negociar, discutir, dialogar y generar lazos de solidaridad si el estrés cotidiano nos tiene vueltos una mina antipersonal que estalla a la más mínima provocación? ¿Qué recursos vamos a invertir en un huerto urbano, en un sistema de captación de lluvia, en celdas solares, si a penas llegamos a fin de mes? Sometidos, abrumados, agobiados. Solos, lastimados y con miedo. Como perros de pelea, listos para atacar a quién sea y defender a quienes nos han brutalizado para convertirnos en armas a su servicio. Con el único objetivo de sobrevivir un día más para poder hacer lo que sea para sobrevivir un día más.

Y el sistema funciona de maravilla, porque ante el horror y la necesidad de calidez, el mismo sistema que nos masacra nos vende alivio instantáneo en forma de reels, shorts y tiktoks, pendejadas que comprar con un clic, alimentos atascados de glutamato monosódico y azúcar, pornografía para todos los gustos, sustancias de cualquier índole, arte vacío de discurso y profundidad, pero de colores llamativos; patitos con resortes para la cabeza que ahora se han convertido en capibaras, espectáculos gratuitos en plazas públicas con dinero que se podría usar para financiar comisiones de búsqueda de desaparecidos... Y ¿cómo no caer en ello? Como los zombis adictos a los opiáceos en el país de junto, cualquier cosa que alivie nuestro dolor de manera momentánea, es buena. Y mientras ese dolor, miedo e incertidumbre no desaparezcan, la adicción a esas gotas de felicidad efímera que podamos obtener es comprensible.

Así pues... ¿Qué está pasando? Que varias generaciones de psicópatas lograron perfeccionar un sistema que ni en sus sueños más húmedos y eróticos vislumbraron. ¿Qué hacemos ante ello? Darnos cuenta del horror que se abre ante nuestros ojos, para luego abrazarnos, rezar, resistir y luchar. Como podamos, con lo que podamos, así sea un día cada año. Porque los océanos se llenaron gota a gota, porque las montañas se alzaron milímetro a milímetro.

Y si el monstruo nos va a devorar, que las astillas de nuestros huesos le desgarren la garganta.

29/12/24

A.B.R.

Tu cuerpo ya no era una morada digna de tu espíritu indomable. Incansable viajera, con la confianza de que Dios te acompañaba le hiciste frente a la vida y a la adversidad sin dar un paso al lado. 

Gracias por el suéter, por mi primera cobija, por los abrazos y las tortillas con salsa. Por cargarme frente a la ventana y cuidar de mí y de mi hermano cuando mi madre no estaba. 

Me hubiera gustado conocerte más, pero las circunstancias no fueron propicias. Pero lo que llegué a saber de ti y de tu vida lo atesoraré en mis recuerdos, junto con tu risa, tus bromas, tu delantal, tu cabello blanco, tus uñas, tus ojos brillosos, tu amor a los gatos y el sonido de la cuchara mientras disolvías el azúcar en tu café. 

Gracias por recibirme en tu casa más de una ocasión. Por tratarme sin condescendencia y con respeto. Por hacerme comer verduras. Hiciste y deshiciste, defendiste tu independencia hasta que tu dimensión material se rindió. 

Te recordaré así, feliz de lavar los trastes y de ir a la tienda. Llevándome a un baldío a cortar epazote, sentada leyendo o tejiendo una carpeta. 

Descansa de la travesía en este plano de la existencia y que tengas un buen camino de regreso a casa. 

Hasta que nos volvamos encontrar en la lluvia, en la tierra, en el viento. 

Hasta entonces. Descansa.

Antonia Bustamante Ramírez 
1931-2024

10/5/24

(...)

Desde hace unos días han sucedido una serie de coincidencias que, sumado a un proceso de reflexión que inició hace 5 meses, desembocó en este escrito. Lo que pasó hace cinco meses no lo contaré aquí, en su momento decidí que sería algo que guardaría solo para mí. Lo que pasó hace unos días sí, porque es una anécdota que vale la pena ser contada. 

Iba en el metro, leyendo un libro. Un libro donde se habla de otros libros. Un señor me vio leyendo dicho libro y me comenzó a platicar sobre el escritor, su vida, lo mucho que lo admiraba y amaba sus escritos y me recomendó que leyera otro de sus libros. Ese otro-de-sus-libros apareció referenciado unas pocas páginas después en el libro que yo leía. Decidí que conseguiría ese otro-de-sus-libros para leerlo, tanta coincidencia tenía que ser una señal. Lo busqué en una librería de viejo, la mujer que la atendía dudaba de que estuviera ahí, pero me indicó donde estaría si es que estaba. Y sí, ahí estaba. Y no solo ahí estaba, sino que era hasta la misma edición que el señor me recomendó. Ya no solo era ese otro-de-sus-libros, era exactamente ese otro-de-sus-libros que ese señor desconocido me recomendó. Ya no era solo una señal, había algo más. 

Y ese algo más, es esto que escribo.

Hace unos 5 meses llegué a la conclusión (conclusión a la que han llegado muchos otros antes que yo y explicado de muchas diferentes formas) de que, efectivamente, la vida es una simulación, ese es un hecho irrefutable porque, literalmente, no hay manera de probar lo contrario. Todo lo que existe fuera de mí es una ilusión, solo yo soy real porque solo puedo acceder a mi yo ("pienso, luego existo", o ahora diría, "siento, luego existo").

Es como un videojuego donde yo, YO, no tú quien lee estás palabras e intenta hacer de ese yo tu yo, no, Yo, literalmente Yo, quien escribe esto, es el único personaje real y, de hecho, el personaje principal de toda la trama. El resto, todos los demás, son lo que se conoce, una vez más refiriéndome a los videojuegos, como NPC (Non Playable Characters). Y es obvio, el único jugador con el que puedo jugar es conmigo mismo, todos los demás, ustedes, son personajes con los que no puedo jugar este juego. Son parte de la experiencia del juego, pero no puedo experimentar el juego a través de ustedes.

Además, toda la realidad existe solo en tanto la percibo. Antes de que yo existiera, y una vez que deje de existir, no hay realidad posible que percibir y ese también es un hecho. Podrán argumentar que hay pruebas que dicen que la existencia estaba aquí antes que yo (o ustedes) y que seguirá aquí cuando no esté (o estén), pero no es así. No hay manera de refutar que todo eso existe, o lo hago existir, para que el juego tenga sentido. O más bien, que se ha hecho existir para que mi juego tenga sentido. 

Cómo cualquier videojuego, aparecí en un mundo que aparentemente preexistía antes de que yo llegara a iniciar la partida. Había personas, lugares, dinámicas previas al inicio. Y, asumo (asumimos) que, aunque acabe el juego, esa realidad donde se desarrolla seguiría existiendo. Solo se acabó una historia, pero no se acabó el mundo. Pero ¿es eso así? Los desarrolladores del videojuego crearon un mundo con un aparente pasado y un aparente futuro para que el juego tuviera contexto y algún tipo de sentido de porqué pasan ciertas cosas y qué pasará con dichas cosas en el futuro. Pero en realidad no hay ni futuro ni pasado; el mundo existe solo en tanto existe el jugador que lo juega. Una vez se acaba la partida, se acaba el mundo, así como el mundo inició junto con ella.

Que el mundo esté creado para mí, como jugador único de esta partida pone, dos preguntas en la mesa: ¿Tengo control sobre el mundo? Y más importante ¿Para qué crearon este mundo conmigo dentro?

La primera la pude responder rápidamente: no, no tengo control sobre el mundo. No obstante, entendí mal esa respuesta, aunque no esté equivocada. Primero pensé que, a pesar de conocer sus reglas, y aun conociendo todo lo que hay en él, soy sujeto del azar y los caminos que se abran según mis decisiones. Azar y determinismo.

Imagino un juego de solitario. Se exactamente cuantas cartas hay (52), cuántos palos (4), cuantas cartas de cada palo (13), cuantas cartas de cada número o figura (4, una por palo). Se exactamente cómo se juega el solitario (no me pondré a explicarlo, sería un paréntesis demasiado largo). Pero una vez que inicia la partida el azar y el determinismo comienzan a jugar entre sí. Cada acción tiene una consecuencia determinada, pero yo no tengo control sobre el orden de las cartas. Ni siquiera sé si es posible ganar la partida una vez iniciada (¿Toda partida de solitario se puede ganar haciendo los movimientos adecuados? Nadie ha logrado responder esa pregunta todavía). No sé si mover una carta a un lado o a otro, si abrir una u otra carta, si hacer esto o aquello, me llevará a ganar o perder una partida que, desde un inicio, ni siquiera sé si era posible de ganar. A pesar de conocer al milímetro las reglas y las cartas, el orden de ellas (azar) y las decisiones que tomo (determinismo) dictan como se desarrollará y en qué acaba la partida.

En otras palabras: comportamiento caótico. Aparentemente, en el supuesto de que conociera las condiciones iniciales con absoluta precisión, en principio, sabría el resultado de todo... No obstante, puedo leer el código fuente de un videojuego, saber las condiciones iniciales de todo y, aun así, no tengo manera de predecir qué camino tomaré como jugador ni a dónde llegaré. 

Bueno, sí, llegaré a la muerte, único final posible del juego. Pero no sé cuál es el camino ni como será dicho camino hasta ese único final...

Pero esto implicaría que existe el libre albedrío y la capacidad de decisión y eso genera más preguntas... Pero, el tema del libre albedrío es secundario y requiere de responder la segunda gran pregunta ¿Para qué crearon este mundo conmigo dentro?

Pareciera que primero debería preguntar qué o quién creó el mundo, pero eso está tan fuera de mi alcance como creatura creada que interpreta la realidad a través de una computadora lipídica-eléctrica, que le he (hemos) puesto de nombre “Dios” o cualquier equivalente único o múltiple. O podría ser casualidad, sin nadie como tal que lo haya hecho y solo pasó. Una fluctuación cuántica en el campo del inflatón que dio paso a la inflación universal, luego al Big Bang y a todo lo que existe.

Al final, la respuesta a esa pregunta es totalmente intrascendente. ¿Qué más da quien o qué creó el (mi) mundo? ¿Importa si hubo algo o alguien? No, lo que importa es el para qué. La intención es lo que cuenta.

Si el mundo es producto del azar, la casualidad pura, entonces no hay intención. Soy parte de una perturbación en el mar de la infinita calma que, una vez que se quede sin energía, volverá a la infinita calma. Cuando, cómo, no lo sé y no hay manera de saberlo. De este modo, todo lo que hago tiene un único para qué: para agotar esa energía y finalmente llegar, regresar, a la clama absoluta. Al silencio. Regresar a casa, al inicio. Y en su momento, hace 5 meses cuando empezó este proceso reflexivo, llegué a esta respuesta y me pareció hermosa y satisfactoria. Decidí quedarme con ella, vivirla y hundirme en ese deseo de llegar eventualmente a la calma eterna del principio-final del todo.

Partiendo de esta primera conclusión, la existencia o no de libre albedrío se vuelve intrascendente. Qué más da elegir o no elegir si, desde el principio, todo es una mera casualidad. Solo queda montar la ola y experimentarla hasta que rompa y se desvanezca por completo. Que deseo tan grande y egocéntrico ese de querer creerse capaz de elegir de manera realmente libre. Como si hasta la elección más supuestamente libre no estuviera directamente influenciada por todo lo que hay alrededor y dentro de uno.

Sin embargo, como se podrá adivinar por la tónica del texto, encontré otra posible respuesta al para qué se creó este mundo conmigo dentro. Esta otra nueva respuesta llegó a mi hace unos días, tras darle vueltas a esa particular coincidencia anecdótica que conté al principio de este escrito. No podía parar de pensar en cómo parece que hay situaciones que el universo nos pone en frente casi con una intención evidente. ¿Y si efectivamente hay una intención detrás de algunas de las cosas que pasan? ¿Y si de verdad hay un algo-alguien que pone cosas en el camino o diseña situaciones para que esto o aquello suceda? Hay personas que parecen estar malditas, que no importa lo que hagan, el universo parece conspirar contra ellas para que las cosas vayan mal. Mala suerte, le dicen. Karma, “quién sabe que estará pagando” ¿Y si efectivamente hay un por qué le pasan esas cosas? Y más importante que un por qué, un para qué.

¿Para qué ese algo-alguien haría que me pasen las cosas que me pasan? Una vez más, el quién-qué hace eso no es realmente lo importante. Para qué. Para qué. Cuál es el punto.

No me gusta la idea de un Dios que hizo todo solo porque le dio la gana y, de vez en cuando, interviene. Como si fuera una pecera decorativa que uno ignora hasta que es hora de alimentar a los peces o cambiarle el agua. En todo caso, prefiero pensar en un investigador. Alguien-algo que está al pendiente de lo que pasa, que toma notas con curiosidad y que interviene para que algo pase y comprobar una hipótesis.

¿Qué clase de hipótesis o investigación se estaría haciendo con el mundo? Es claro que una investigación filosófica. Las cuestiones físicas primarias que cimentan al mundo están tan bien entendidas que, de hecho, se pudo crear este mundo con dichas reglas. Tanto es así que doy (damos) por hecho de que, eventualmente, se conocerán esas reglas en su totalidad. El código fuente del videojuego.

Entonces, investigar el mundo físico no es el punto. En todo caso, es investigar hasta donde puede llegar ese mundo físico. Y ese mundo físico dio paso en mi (nosotros) a la filosofía. Lo más alejado y abstracto, a algo totalmente fuera de lo físico. Si yo soy el personaje principal del videojuego, lo que me pregunto, lo que ahora escribo, es parte del para qué de mi personaje. Mi personaje quiere explorar eso más allá de lo físico, entender el para qué de la vida, de sí mismo, de lo que lo rodea. Si no, ¿para qué me diseñaron así, con estas características inquisitivas sobre estos temas?

Siguiendo este hilo de ideas, donde lo que soy es reflejo de quien-que me creó (toda creación lleva algo de su creador) se suma el gusto por enseñar. ¿No acaso estoy escribiendo esto para que otros lo lean? De ser así, ese quien-que me creó no solo me creó para investigar esas cosas, sino posiblemente también para que otros aprendan de ello al observarme. De este modo finalmente llegué a la segunda respuesta del para qué. Para qué me pasa lo que pasa, para qué existo y existe el mundo: para investigar algo y mostrar los resultados a otros.

No solo eso, sino que llegué a la conclusión, seguramente por obra del quién-qué me creó, que ese-eso es el autor de un libro. No soy el personaje de un videojuego o un mono en una jaula hipercompleja: soy el personaje de un libro y quien-qué me creó es el autor de dicho libro. Y esa idea me gustó aún más y me hizo más sentido, porque, entonces, como personaje, estas ideas supuestamente mías son las ideas que me han puesto. ¿Cómo podría haber llegado a la conclusión de que era un personaje de un libro sin más pruebas que la intuición y la certeza de que es una conclusión verdadera si no fue porque el autor decidió que eso creyera? Como en los sueños donde sabes cosas que no sabes como sabes, pero las sabes y son ciertas.

Además, todas estas ideas son producto de haberlas absorbido de mi entorno. Y de todas las ideas que pude haber absorbido, fueron esas las que finalmente integré en mi ser. Toda la supuesta historia del universo me llevó a este punto preciso, a tener estas ideas, a escribir esto, a ser esto. El que se repitan ideas, patrones (ya lo dije al principio, a estas conclusiones ya se había llegado en otros modos, formas y tiempos) es para que yo, personaje, tenga un contexto a partir del cual pueda cumplir con el propósito del autor: preguntarme y responder esto para que los lectores aprendan algo. Y es que ese contexto lo desconocen los lectores, solo el autor y yo lo conocemos en tanto sería inabarcable condensar todo en el libro. Es parte de todo aquello que piensa el autor, las referencias que usa para construir su personaje y su historia en su cabeza antes de plasmar una pequeña fracción de todo eso en el libro que escribe.

¿Para qué me pondrían ideas sin sentido? ¿Para qué convencerme de una cosa cuando la cosa es distinta? ¿Para qué convencerme de que ese autor no lo hace por pura diversión? Incluso la idea del personaje que se da cuenta de que es solo una ilusión, una creación, e incluso confronta a su creador no es nueva ni mía, ahí estaba flotando, para que la aprehendiera y me diera las herramientas para poder llegar a plantearla.

Soy su creación y él-eso pone ideas, palabras, acciones que yo sigo con tal de continuar la trama y el propósito del libro. Ahora, ¿eso significa que no tengo libre albedrío? No, por el contrario. Crear un personaje implica dotarle de ciertas propiedades que el autor determina, tanto físicas como esenciales. Dichas propiedades, una vez establecidas, hacen que el personaje quede fuera del control absoluto del autor. Si bien, estrictamente hablando, el autor puede hacer que haga lo que sea, en realidad el personaje no lo haría porque no es propio de él. No tendría sentido que, una vez trazado el personaje, este hiciera algo fuera de dicho trazo. (O al menos eso cree el autor) Por tanto, sí, es posible que el autor decida absolutamente todo lo que pasa y lo que hago; pero en realidad, esas decisiones están sometidas a una inercia propia del personaje, las cuales el autor solo se encarga de plasmar como hechos. Del mismo modo, el autor también puede controlar el entorno siempre y cuando se mantenga acorde al mundo que creó.

El personaje, yo-personaje, hace lo que el autor plasma, piensa lo que el autor plasma, siente y experimenta y vive lo que el autor plasma; pero al mismo tiempo, parte de todo eso (si no es que todo eso) depende del personaje y su naturaleza. Responde, actúa, piensa y siente según el personaje. Si el personaje se enfrenta a algo, el autor solo puede elegir entre un número limitado de opciones para mantener la coherencia del relato. Yo elijo lo que el autor elige basado en las cosas que elegiría si yo fuera real y no solo un personaje.

Regresando a la primera pregunta (¿Tengo control sobre el mundo?), no, el autor tiene ese control, limitado por las características propias del mundo. Ahora, ¿tengo libre albedrío, control sobre lo que yo elijo? Sí y no, el autor creó el marco de posibilidades, yo elegí dentro de ese marco y el autor establece que efectivamente elegí eso. Ahora, ¿la elección es mía o del autor? La respuesta, una vez más, me parece intrascendente. O al menos es intrascendente para mí y, por tanto, para el autor y por ello decidió que yo no le diera más vueltas.

Otras preguntas intrascendentes pero interesantes ¿Me está escribiendo en este momento o ya está el libro escrito y más bien estoy siendo leído por otra persona? ¿Está programando el videojuego, trazando la línea argumental; o esta ya es la partida en sí y estoy siendo jugado? ¿El personaje de un libro sabe su futuro una vez que el libro ha sido escrito en su totalidad o cada vez que alguien lo lee vuelve a un estado inicial de total ignorancia sobre su destino, aunque este ya esté escrito? No lo sé y tampoco me interesa, ni al autor. (Aunque sospecho que está siendo escrito, hay demasiado mundo que no quedará en el texto final (siendo así, mi historia no tiene un final escrito, aunque posiblemente el autor ya lo haya esbozado: la muerte)).

Otras preguntas, ¿soy un único libro? ¿Hay más? ¿Ha escrito más? ¿Quién me leerá? 

El autor espera que este libro cumpla su propósito, aunque eso es bastante ingenuo y pretensioso. Quiere que esos otros que leen esto entiendan lo que él quiere que entiendan a través de mi personaje. Pero quién sabe si efectivamente lo entiendan o si quiera si van a leer el libro en primer lugar. Sería sumamente presuntuoso creer que este libro es EL libro, el gran libro de libros, la verdadera verdad, la fuente máxima de conocimiento, sabiduría y de todo lo que importa. Seguro es uno más entre muchos que alguien leerá entre muchos otros. 

Entonces, ¿para qué escribirlo? Por el deseo ingenuo de compartir algo, algo que el autor y, por ende, yo, creemos importante. Que tal vez nadie nos pidió que explicáramos, pero que hemos encontrado en la profundidad de la reflexión y hemos traído a la superficie. Llegamos hasta allá, encontramos esto, aquí lo dejamos sobre la mesa, para que ustedes lo observen, aun sin saber si les gustará, les servirá o siquiera les interesa, pero a nosotros-yo, sí.

El autor decidió poner un interludio filosófico en la banalidad de la novela, porque la novela es solo un vehículo para presentar interludios filosóficos. Será por eso por lo que me gustan tanto los libros que hacen eso, porque es reflejo mismo del autor que me escribe. Es su esencia plasmada en las páginas del libro y en los principios que me delinean como personaje.

Una última reflexión antes de cerrar este enorme paréntesis en la cotidianidad del personaje, dado que al autor se le agotan las ideas para continuar con esto y tiene que acabarlo de algún modo...

Las manos que se dibujan a sí mismas, ese precioso dibujo de Escher (como todos sus preciosos dibujos). ¿Y si yo soy el autor? Porque, al final, ustedes que leen, están leyendo estas reflexiones, que no pidieron, que no sé si les gusten, les sirvan o siquiera les interesen, pero aquí estoy, poniéndolas sobre la mesa. Tal vez son testigos de esta, mi novela, a la vez que forman parte del elenco. Una vez más, todo existe en tanto que lo hago existir, las manos que se dibujan a sí mismas...

No importa. Fin del interludio.

18/11/23

30

 


Este es un poema y es una anécdota. Es un poema que no sabía que iba a escribir; que no sabía que iba a querer recitar; que recité y nadie oyó, pero que, de un modo extraño, terminaron escuchando todos.


Hoy cumplo 30, tercer piso, quién diría. Quién diría que hoy, justo hoy, estaría aquí donde estoy, con ustedes, amables extraños.


Un viaje que inició hoy por la mañana, de hace una triada de décadas, un viaje que casi no inicia, encuentra hoy una nueva puerta.


Salud pues, queridos compañeros, compañeras, que en esta noche, quién diría, tuvimos el gusto de juntarnos.

13/7/23

Caramelo envenenado

¿Será que todavía vienes de visita a leer lo que escribo? Porque yo sé que lo hacías, me consta. No tengo duda alguna de ello.


Y si fuera así, ¿Me lo dirías? ¿Cómo saberlo? ¿Sabrías que te estoy escribiendo a ti? ¿A tis? A tis, no a ustedes, a tis, porque no sé si te escribo a ti o a otra persona o a una mezcla de varias que se funden en una sola idea quimérica que se presenta con varios rostros.


Caramelo envenenado. Así te (o tes) nombré un día, porque me encanta la metáfora.


Caramelo envenenado. Dulce potencialmente letal; antojo con alta probabilidad de ser dañino; deseo inalcanzable, no por imposibilidad, sino porque hacerlo sería negligente y tal vez estúpido.


Tal vez... Y no sé si quiero comprobarlo.


Pero sí se que transitas mis sueños, en tus múltiples formas, porque eres tú y eres más personas, todas juntas en una misma idea. Un deseo que clama por ser satisfecho de manera fugaz y puntual. Que tal vez un día regrese, o que con una vez sea suficiente.


¿Será, si es que lees esto, que sepas que te escribo a ti? Y si lo supieras, ¿me lo dirías? Me dirías que exagero, tal vez. Me dirías que nunca va a pasar, tal vez. Me dirías que lo haga, tal vez. No lo sé. Y no sé si quiero comprobarlo.


¿Qué haría teniéndote en mi boca? ¿Escupirte y salvar mi alma? ¿Disfrutar del dulce sabor de la muerte? No lo sé. ¿Acaso tú lo sabes?


Te escribo esto con esperanza de que aún me leas. Para que sepas que rondas los salones de mis recuerdos. Un fantasma que aparece de manera recurrente. Un demonio que no logro exorcizar. Un ciclo que no termina de cerrar. Una herida que no termina de sanar. O más bien, que quiero volver a abrir.


¿Te llenaría de orgullo? ¿De vergüenza? ¿De rabia? Saber que una parte de mí se niega a terminar de soltarte para que te hundas en el mar del pasado y el olvido. Que me resisto a buscarte, esperando que seas tú quien llegue.


Porque sí, quiero. Quiero, pero sé que hay peligro. ¿Lo hay? ¿Y si solo es mi pensamiento catastrófico? Mi ansiedad y pesimismo. O es mi experiencia y precaución. Tenue línea, casi imposible de discernir de qué lado camina uno.


Espero nunca leas estas palabras. No sé que haría si lo hicieras. Si lo haces y me dices que sabes que eres tú o tús. Si un día te presentas a mi puerta asegurándome que no hay nada que temer, que estoy siendo irracional, que me deje caer al vacío, a la oscuridad, esperando lo mejor.


Caramelo envenenado. Si estás leyendo esto, o si no, ya te lo he dicho todo.

23/5/23

(...)


He estado aquí desde antes que hubiera alguien o algo con memoria para recordarme. 
Soy la materialización del tiempo que pasa y la paciencia, por eso hay relojes que me contienen. 
Soy el pasado que puedes tomar, pero se escurre entre tus dedos. 
La prueba de que lo mínimo da paso a cosas gigantescas, como una tormenta torrencial hecha de millones de minúsculas gotas. 
Me formé entre el murmullo de las olas rompientes que, una a una, fueron trayendo mis componentes. 
Estoy hecha de piedra molida por el viento y el agua, de conchas y esqueletos antiguos. 
Me convierto en fuego bajo los rayos de sol, me solidifico al humedecerme. 
Siempre moviéndome de aquí para allá, me cuelo en cualquier intersticio que encuentre. 


Un día decidí imitar al océano y comencé a agolparme en una esquina remota de una playa. 
Miles de años me tomó juntarme en tal cantidad, pero valió la espera. 
Formé olas con crestas estáticas, siempre amenazando con desplomarse. 
El viento decoró mi superficie con pequeñas ondas que bailan y se retuercen a cada segundo. 
Permanecí sola durante siglos, visitada por la lluvia y aves ocasionales hasta que llegó la gente.
La gente viene y va y, así como estuve antes que ella, estaré después de ella.
Vienen y escalan los montículos, los recorren en cuatrimoto y hasta se deslizan en tablas. 
Nadie puede andar sobre mí sin hundirse y aunque me dejan sus marcas, en breve desaparecen sin dejar rastro alguno. 
Soy la eternidad y la inmensidad que se renueva a cada instante. 
Verdaderamente soy el mar, el mar a la orilla del mar.

18/1/23

Manifiesto de la ternura radical

Ternura: dígase de algo que tiene calidad de tierno. Sentimiento de cariño entrañable.

Tierno: que se deforma fácilmente, reciente, propenso al llanto, afectuoso, cariñoso, amable, delicado, suave.


Radical: que pertenece o es relativo a la raíz, fundamental, esencial, total, completo.


Ternura Radical: poner la ternura, es decir, el amor, el cariño, la suavidad, la delicadeza, la amabilidad, como principio fundamental, raíz y esencia de todo lo que hacemos. Ser radicalmente tiernos entre nosotros, con nosotros mismos, con el cosmos y con todo y todos los que nos rodean.


Ser radicalmente tiernos implica mostrarnos vulnerables, suaves, amables, pero eso no significa estar desprotegidos, porque amar es proteger y protegerse, ya que cuidamos y protegemos aquello que amamos. Es trabajar por el bien de todos y de todo, luchar contra aquello que provenga desde la imposición, contra todo lo que destruye, separa y lastima. De ahí que, por definición, la ternura radical no se puede imponer, porque la imposición no viene del amor, viene del deseo de control. Debe ser una invitación, tender la mano esperando que la tomen, pero sabiendo que puede que la rechacen y, aceptarlo desde el amor a la libertad.


Ser radicalmente tiernos es poner el amor como eje, como cimiento de toda acción hacia los otros y hacia nosotros mismos, siempre buscando el equilibrio, ya que poner al afuera por encima de nosotros o ponernos nosotros por encima del afuera no es amor. Habrá momentos en que tendremos que ser egoístas o dejar de lado nuestro egoísmo, donde no importa qué hagamos, saldremos lastimados o lastimaremos a alguien, porque toda acción tiene un efecto, no siempre deseado, pero podemos hacer el intento de actuar buscando el bien mayor o el mal menor.


Ser radicalmente tiernos es entonces una invitación a cuidarnos, protegernos, procurarnos, a nosotros como colectivo y a nosotros como personas, porque amarnos significa negociar entre cuidarnos y cuidarlos, el adentro y el afuera. Porque ultimadamente somos cuerpo, carne, mente y espíritu en unidad, que debemos cuidar para poder cuidar al resto. Una casa sin techo ni ventanas, con muros a punto de venirse abajo, no es buen refugio. Seamos refugio, un refugio cálido y abierto, para nosotros y para los otros.


Ser radicalmente tiernos con todos no significa siempre poner la otra mejilla, hacer la vista gorda ante las ofensas, solapar o aguantar comportamientos dañinos. Si bien todos merecen ser tratados con amor, el amor debe ser correspondido. Si ese amor es respondido con injurias, la acción más tierna que podemos tomar es apartarnos, por amor y protección propia. Alejarnos de aquello y aquellos que nos lastiman o lastiman a los otros también es protegernos. Se hace la invitación a la ternura, pero si esta se rechaza, no se insiste. 


Cuando se habla de amor, amor como principio fundamental, es un amor con agencia, porque el amor es un proceso, es algo que se construye, adapta y modifica. El amor no es objetivo ni destino, es camino, es acción, el amor se ejerce cotidianamente. El amor no se logra, no se alcanza, sino que se hace, todos los días, a partir de las acciones. El amor a veces duele y lastima, a veces tendremos que poner nuestro amor propio por encima del amor a los demás o viceversa. El amor no lo puede todo, pero todo se puede hacer con amor.


Ser radicalmente tiernos, siendo la ternura parte del amor y el amor un proceso cotidiano, hace que este sea una actitud utópica y revolucionaria, presente, cotidiana y permanente, que se hace desde el hoy y no espera, desde el aquí y el ahora, porque busca construir el mañana en vez de esperar a que éste llegue. Se es radicalmente tierno hoy, en este momento y en todos los momentos, para que mañana también lo seamos.


Ser radicalmente tiernos también implica aceptar que habrá momentos que tendremos que dejar ir y atravesar el duelo, porque el duelo es otra cara del amor. El dolor de haber amado y perdido, de seguir amando algo o alguien que ha partido. Porque el amor se acaba, y forzarlo no es amor. En ese duelo y dejar ir también entra el aceptar que somos imperfectos, perdonarnos, tratarnos con cariño, ayudarnos a crecer y a aprender, a mejorar, a levantarnos, como lo hacemos con los demás. También el aceptar que habrá veces en que no podremos ser radicalmente tiernos, que nos ganará la oscuridad que nos habita. Pero reconocerla, aceptarla y, desde la ternura radical, irla llenando de luz, tanto como se pueda, para poder ser, cada vez más y por más tiempo, radicalmente tiernos.


Así, esta es una invitación a sumarse a un movimiento utópico y revolucionario, por ser permanente y presente. Una invitación a actuar con amor ante todo y ante todos como principio fundamental de acción, a protegernos, procurarnos y refugiarnos. Una invitación a luchar contra lo que lastima y destruye, a construir el bien común, a negociar, a soltar, a atravesar duelos, a perdonar, a comprender.


Es pues, una invitación a ser radicalmente tiernos.

6/12/22

6/12/2012

Hola,__! Te escribo para ponerte al tanto de las novedades, ya que hace rato que no te escribo.


Sigo en Christchurch. Finalmente tengo trabajo estable, casa y amigos que son geniales. Ahora trabajo en una planta de reciclaje, procesando los escombros del terremoto de hace dos años. Creo que eso ya te lo había contado, pero bueno. El punto es que recién me pasó algo bien raro.


Me encontré conmigo mismo en la cocina de un sueño o en el sueño de un sueño donde cocinaba, no lo recuerdo muy bien. Sabía que ese otro con perfos, con ropa que nunca había visto pero que me sonaba familiar, como algo que usaría, era yo. Un yo de otro tiempo, del futuro. Diez años, eso me dijo. “Han pasado diez años desde la última vez que nos vimos, aunque en realidad nos vemos diario, pero... tú me entiendes.” Lo entendí, como las cosas que se entienden en los sueños. Solo lo sabes, no sabes cómo es que sabes, pero sabes.


Recuerdo parte de lo que platicamos y a más pasan los minutos, más se van perdiendo los detalles, por eso quiero escribirte esto, para no olvidarlo. Si tan solo pudiéramos grabar los sueños, especialmente los que son importantes. Porque creo que este sueño fue importante, es más, tal vez no fue un sueño y de verdad me encontré en algún otro plano o dimensión. O tal vez en diez años domine la proyección astral. Se lo debí preguntar... me lo debí preguntar.


Los dos estábamos en la cocina, cocinando, obviamente. Yo estaba haciendo espagueti y él, calabacitas. Que raro, porque no me imagino cocinando calabacitas, pero quien sabe, el caso es que eso cocinaba él... o yo. Pongámosle él sabiendo que él soy yo, pero del futuro. Tú entiendes. Él andaba “grifo” (marihuano. Primera vez que escucho el término). Me ofreció de su pipa, pero como siempre, no sentí nada. Me dijo que me iba a tardar un poco más en que me hiciera efecto, que tenía que probarla más veces, pero que no me preocupara, que faltaba menos de lo que pensaba. Supongo que lo seguiré intentando hasta que funcione.


Estuvimos platicando de muchas cosas, más que nada de cosas que él ya no recordaba. Como la vez que quemé el cojín de un banco que tenemos aquí en la sala por ponerle una olla caliente encima y tuve que ponerle una playera como forro. Pero después de un rato se quedó callado y mirándome fijamente. Sonreía mucho y en un punto hasta se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas. Me dijo cosas que voy a intentar transcribir, aunque no recuerdo sus palabras exactas. Además, hablaba muy raro... Pero bueno, esto es lo que me acuerdo:


Wey, eres un cabrón. Te estás rifando como no tienes una idea. Lo presientes, pero aún no eres capaz de comprender lo importante que está siendo todo esto que estás haciendo. Esto va a abrirte una cantidad  de puertas, ventanas, coladeras, bóvedas y almacenes que no te imaginas. Andar este camino en el que estás ahora es la mejor decisión que has tomado. Tal vez los sueños que tienes hoy no se materialicen, pero el futuro que tendrás será maravilloso.


Sé que ahorita te sientes confundido y perdido. Y te lo digo, wey. Vas bien. Vas perfecto. Así como vas. Y en un punto te darás cuenta de que es la mejor manera de estar, perdido, porque ese es el único momento donde te vas a encontrar a ti mismo.


Si me preguntas si la vas a seguir cagando, sí y mucho. Vas a seguir sintiéndote mal, sí, un buen rato. Vas a seguir perdido, confundido, sí, sin duda. Pero we, todo va a estar bien. Todo va a salir. Vas a encontrar personas hermosas en el camino, vas a vivir cosas increíbles, vas a crecer como no tienes una idea. Sí, seguro que mucho de lo que estás viviendo muchas otras personas también lo han vivido, pero la combinación de experiencias que estás adquiriendo es bastante peculiar y te va a permitir ver cosas desde lugares bien distintos.


Por ejemplo, con tus jefes (se refería a mis papás), esto te va a ayudar a tomar distancia y revalorar tu relación con ellos. Va a cambiar mucho esa relación y, de hecho, no va a mejorar mucho en los próximos años. Aún te faltan muchas cosas que trabajar, pero ya, después de que pase tiempo y distancia, irán asentándose las cosas en su lugar.


No sabes todo lo que te falta por atravesar. Va a ser duro y va a seguir siendo duro, pero sabrás salir, como siempre. Sin saber muy bien que chingados estás haciendo, pero caminando sin detenerte, metiéndote donde se pueda, entre las ramas, aunque salgas raspado, pero siempre pa’delante, como siempre. E insisto, la vas a seguir cagando, claro que sí. Crees que has cometido errores? Nambre, los que te faltan! Pero vas a salir, al menos hasta el momento así ha sido.


Eres un cabrón, we. Neta. No sabes el valor que tienes y te lo digo como alguien que ha madurado y envejecido. Y no lo digo así como de “ah, soy tu mayor y sé más que tú”. No. Madurar está de la verga, al chile. La neta es que ahora me dan más miedo más cosas, pero justo, porque cuando era tú le jugaba mucho al vergas. Pero justo eso me ha hecho quien soy. Quien serás. No pierdas la rebeldía, a pesar de que te hagas más miedoso.


Tú sigue así. Y me dirás “como así?” y sé que te enredarás con tus ideas y tu cabeza y te harás un pinche nudo. Pero we, así somos. Así. Justo así. Te lo digo, es algo con lo que vas a seguir lidiando un buen rato, pero poco a poco irás sabiendo manejarlo. Ahí la llevamos, nos ha tomado tiempo, pero ahí vamos. Mejorando, mejorando.


También, te vas a seguir peleando con tus emociones. Sí, eres muy sensible, pero no tienes inteligencia emocional. No tienes ni los conceptos ni las habilidades para dominar todo eso que te desborda. Y ya sé que vas a salir con un “pero no quiero dominar eso, las emociones se viven, los sentimientos importa vivirlos...” y demás cursilería romántica que, afortunadamente, no hemos perdido. Más bien piénsalo como que es un super poder. Igual tu capacidad analítica que termina enredándote en un perro nudo indescifrable. Son super poderes que te van a hacer llegar muy lejos, pero que tienes que aprender a controlar para utilizarlos a tu favor sin lastimarte ni lastimar a nadie en el proceso. De nada te sirve todo ese poder si no lo sabes manejar chido. Pero relax, que poco a poco irás hallando la manera.


Pero esto es mucho discurso que seguramente vas a olvidar. Así que quiero que te quedes con dos cosas (Y esto sí lo transcribo literal, letra a letra, porque es lo único que recuerdo perfectamente):


Uno. Eres un cabrón, un rifado, un chingón, tienes unos pinches huevotes que no veas y una buena suerte que parece deus ex machina.

Dos. Las cosas van a salir bien. Al final todo sale bien. Mucho drama intermedio, al principio y también al final, pero hasta este momento, todo ha salido bien, mejor de lo que esperaba.


Después de eso, me dijo que le podía hacer tres preguntas y que él me las respondería.


La primera pregunta la hice sobre nuestra amistad, o sea, tuya y mía. Él solo se rio y me dijo “Te mamas wey, pero obviamente no podía no preguntarme eso, verdad? Bueno, pues, pasó lo que tenía que pasar. Tú ya sabes qué va a pasar, aunque no lo quieras ver. Y justo eso es lo que pasó” La verdad es que no entendí muy bien su respuesta y actitud. Yo espero que se refiera a que seguiremos siendo mejores amigos mucho más tiempo.


Mi segunda pregunta fue sobre Larisa y me dijo “Vívelo a tope. Húndete hasta el fondo, pero sal a respirar a tiempo”. No entendí muy bien y tampoco fue muy alentador, la verdad.


Mi tercera pregunta fue si había algo importante que tuviera que saber o un consejo o algo y me dijo “No. Lo que tienes que saber, ya lo sabes y lo que aún no sabes, no estás listo para saberlo”.


Luego me dijo que ya se tenía que ir. Que la vida de adulto irresponsable (así lo dijo él) lo llamaba de regreso y que el “trip” (viaje, supongo) ya no le iba a dar para más. Me dio un abrazo y me dijo “estoy muy orgulloso de ti y de quien fui” y salió de la cocina con su plato de calabacitas y su pipa.


Fue raro, pero a la vez fue bastante agradable. Me sentí cuidado. No sé cómo explicarlo. Pero verme así, feliz, diferente pero igual, recibirme así... no sé, fue lindo, sabes? Supongo que también me siento orgulloso de ver en quién me voy a convertir, si es que llego a ser él. Te digo, creo que fue un sueño importante o tal vez no fue un sueño, no lo sé. Pero espero un día verme así, sentirme así, ser así. Quién sabe qué me pasó, pero quiero vivirlo. Aunque no sé si de verdad voy a poder hacerlo. Tal vez solo fue eso, un sueño. En realidad, no creo que llegue a ser él, o como él, pero bueno, si tiene razón, entonces voy bien, supongo.


Pero bueno, hasta aquí mi carta de hoy. Espero me cuentes como has estado, hace mucho que ya no me escribes ni respondes las cartas que te escribo.


Abrazos desde el fin del mundo. Te quiero __!

NW.

9/11/22

La tertulia de lo inconfesable (VI)

La última noche había llegado y con ella la última historia. En el camino, se preguntaban que pasaría ahora. ¿Se despedirían formalmente? ¿Cada quién se levantaría para dejar discretamente la habitación como lo habían hecho las útlimas cinco noches? ¿Qué sería de ellos ahora que habían abierto sus corazones y los habían visto reflejados en aquellos seres anónimos? ¿Y si en realidad el resto les había engañado con tal de que ellos confesaran? Muy tarde, muy tarde para esas consideraciones. Como se había dicho ayer, si eran castigados, en el fondo, suponían que lo merecían. Que fuera lo que tuviera que ser, que el infierno ya lo tenían ganado desde antes, sabiendo que ninguno sentía culpa. No había sido la culpa la que les había llevado ahí, solo la necesidad de hablar y ser escuchados. Sentir paz. Finalmente, paz.


La última narradora se tomó su tiempo. Respiró hondo un par de veces, mientras mantenía sus manos sobre las piernas. Aclaró su garganta, miró hacia el techo con una sonrisa tranquila, suspiró una última vez y comenzó.


VI


Se me hace muy poético que yo sea quien cierre este extraño experimento. Poético y predestinado, justo, preciso, adecuado, redondo. Me gusta. Ha sido una experiencia por demás enriquecedora y me siento tranquila, más tranquila de lo que ya estaba, cosa que no esperaba. Así pues, agradecida y satisfecha de haber esperado este momento, les anuncio que hoy me voy a suicidar. Así, saliendo de este cuarto, tomaré un taxi de regreso a mi casa, subiré al departamento, me daré un largo baño caliente, pondré la pistola en mi boca y me volaré la cabeza.


No está a discusión ni opinión, como nada de lo que aquí se dijo. Hoy me tragaré una bala calibre nueve milímetros que desgajará mi cráneo y esparcirá mis sesos por toda la sala. Una bala que asustará a los vecinos, que tocarán desesperados la puerta y que llamarán a la policía. Sería un honor que fueras tú la que fuera a recoger mi cadáver, creo que te gustaría el espectáculo, así que mantente atenta por si reportan un disparo allá por la avenida de Santa Anastasia.


Estoy harta. Harta de estar harta. Harta de que me digan que la vida es bella, que la vida vale la pena, que la vida va a mejorar, que vaya al psicólogo, que tengo amigos y familia que me quieren y me apoyan, que todo pasa, que el tiempo todo lo cura. Estoy harta de ese optimismo hueco e insípido que intenta darle sentido a seguir vivos, que se concentra en los buenos momentos como si los malos no fueran más. Harta de escuchar que esas migajas de alegría son las que valen la pena. Ya no quiero migajas. Estoy harta.


Hoy iré y con mi mejor vestido me tragaré una bala, me volaré la cabeza, me cagaré encima y chorrearé de sangre el sillón. Estoy harta de sentir dolor, de sentir decepción, de sentir cualquier cosa. De ver como la vida solo se ilumina dos días por cada diez de oscuridad. Dicen que eso es lo que le da sabor, que la oscuridad nos hace poder apreciar la luz. Estupideces conformistas que se repiten unos a otros para mantenerse aquí al servicio de quien sea que los explote o quien sea que dependa de ustedes o de la pura inercia de seguir respirando y no tener el valor de reconocer que vivir es un asco. Que nada vale la pena, que todos somos monstruos enmascarados, que todo eventualmente se va a ir al carajo y nosotros con ello. Que no hay esperanza, que el futuro será igual de nefasto que el presente y el pasado y que lo peor que nos pudo haber pasado fue que nuestros padres cogieran un día sin ponerse protección.


Por eso me voy a volar la cabeza, por eso voy a hacer saltar a mi gato y astillas de hueso, porque lo único que vale la pena es tomar esa decisión. La decisión de decir basta, ya no quiero, ya no quiero, ya no quiero esto, ni aquello, ni nada. Me quiero fundir, desaparecer, olvidar que pisé este y cualquier otro lugar. Esa es la única decisión que deberíamos valorar y perseguir, la decisión de bajarnos de este tren que no va a ningún lado, este tren infestado de cucarachas y mierda, para lanzarnos al vacío y regresar a la oscuridad eterna.


No voy a dejar carta, no voy a culpar a nadie, nada. Es mi decisión, es lo que quiero. Tomen esto como mis últimas palabras si así lo desean. Fue un gusto haberme sumergido hasta lo más profundo del abismo de su mano solo para salir más tranquila, para que en ese momento no me tiemble la mano y desear saborear el plomo, aunque sea por una fracción mínima de un instante. No, no se sientan culpables. Sus demonios no son los míos, sus demonios no me espantan ni me hicieron convencerme de tomar esta decisión. La decisión ya estaba tomada y hace tiempo hice las paces con las bestias que me habitan. Al contrario, ustedes me devolvieron las ganas de vivir por un par de días, para escucharles, para conocerles, para sentirme un poco menos sola en este mundo de porquería.


Gracias por eso y por aceptar mi invitación a narrar sus historias. Ahora, si me disculpan, tengo una cita y no quiero llegar tarde.

 

VII


El desgarrador grito de las sirenas de patrullas y ambulancias inundaron la calle de Santa Anastasia a la altura de los edificios colindantes al viejo café árabe. Los pocos transeúntes que pasaban por ahí a esas altas horas de la noche se detenían movidos por la curiosidad, mientras que los demás habitantes del edificio se asomaban cautelosos por las ventanas.


Una oficial de policía comandaba a los forenses para que registraran la impactante escena que una pobre señora encontró en el apartamento 207. Ella había abierto la puerta con la llave que su vecina alguna vez le confió por si acaso se quedaba afuera y que esa noche decidió utilizar al escuchar un fuerte estruendo que logró despertarla. Tras el macabro hallazgo, estaba sumergida en un fuerte estado de nerviosismo que tenía la esperanza de poder sobrellevar con los ansiolíticos y somníferos que le recetaba su psiquiatra, un callado señor de avanzada edad y extraño gusto por la playa.


Al alba la calle seguía acordonada, mientras un redactor de nota roja daba los últimos toques al artículo donde, para deleite de los morbosos, detallaba magistralmente el acontecimiento como si él mismo lo hubiera presenciado. Se regocijó de su trabajo, sabiendo que ese era el segundo mejor artículo que había escrito solo después de aquel sobre el trágico asesinato de una amada mujer de la comunidad.


¡Pero qué desgracia! -exclamó un señor acompañado de una mujer a quien casi le doblaba la edad. Aquella tarde se habían topado con las grotescas imágenes del suceso en la primera plana de un pasquín amarillista mientras pasaban tomados del brazo frente a un puesto de periódicos- ¿Quien hubiera pensado que una exitosa académica como ella haría algo así? - Añadió, negando con la cabeza.


Qué le digo, patrón. Ya ve de lo que es capaz la gente, aunque cueste creerlo -le respondió desde dentro del quiosquillo un joven que se relamía sin despegar los ojos del catálogo de ropa interior femenina que tenía en el regazo...

La tertulia de lo inconfesable (V)

Se acercaba el final de los encuentros, la penúltima historia estaba por ser revelada. Eso llenaba a nuestras sombras de un sentir que transitaba entre una ligera tristeza y el alivio ya que se les empezaban a agotar las excusas para explicar porque salían tan tarde y regresaban aún más tarde, meditabundos y distantes.


Esa quinta noche, la narradora de turno llegó tarde. El resto permaneció en silencio, esperando con impaciencia y sin saber bien que hacer. En sus cabezas se imaginaban a la narradora acobardándose de útlimo momento o, peor aún, delatándoles y evitando llegar al punto de encuentro sabiendo lo que les esperaba. Sus temores se disiparon un poco al escuchar finalmente unos pasos acercándose al salón, sin saber que unos minutos después otro golpe de adrenalina inundaría sus cuerpos.


V


Recordando lo que se contó ayer, yo también entiendo esa sensación de poder y también entiendo a los policías. De hecho, creo que soy la que mejor entiende ambas cosas en esta sala. Todos deseamos sentirnos poderosos en algún momento, no lo nieguen, es algo propio de nosotros como humanos, sino, el anarquismo sería la norma, no el Estado y la propiedad privada. Nos gusta sentirnos poderosos y nos gusta mantener ese poder. Por eso me hice policía, para sentir poder y para ayudar a que ese poder se quede dónde debe estar. Y no, no se preocupen. Si algo tengo es palabra y prometimos que lo que se contara aquí, aquí se queda. Además, píensenlo, si quisiera hacer algo ya lo habría hecho. De verdad, tengo suficiente con lo que hay en la calle como para preocuparme por ustedes.


No es fácil ser policía siendo mujer. ¿Creen que lo que han contado aquí me da miedo o disgusto? Vieran lo verdaderamente podrida que es la humanidad, y no lo digo por la escoria que luego atrapamos, lo digo por la misma policía y todo lo que la hace moverse. Pero esa es otra historia. Para tener un lugar en el sistema hay que ganarse el respeto y yo la tuve el doble de difícil en un mar de machos poco más inteligentes que un perro con ganas de coger, comer y cagar. Ahora soy parte de ese engranaje que se lubrica con sangre y me costó sangre obtener ese lugar, pero no la mía.


Así como todos aquí nacimos enfermos o nos rompimos en algún punto del camino, pues así yo también. Desde pequeña me gustó apedrear animales. Empecé con lagartijas. Verlas explotar debajo de la suela de mi zapato o por un tiro certero me llenaba de emoción, me hacía sentir ruda, fuerte. Luego pasé a las aves que eran un reto mayor, pero mi puntería siempre ha sido excelente y rápido les agarré el modo. Recuerdo una vez que tiré un nido lleno de polluelos y cómo a cada uno les di un tratamiento distinto. Al primero lo aplasté sin más, al segundo le arranqué las patas, luego las alas y luego la cabeza. Con el tercero me empecé a poner creativa, y lo apretaba hasta que sentía que iban a tronar sus huesos para luego soltarlo, lo enterré y lo desenterré, lo sumergí en agua y lo saqué, así hasta que dejó de moverse y lo tiré por ahí. Al último lo colgué y le fui pasando un encendedor hasta que la mitad de su cuerpo quedó chamuscada.


De las aves pasé a los gatos y los perros. Olviden intentar pensar en cómo se ve una escena así, eso todos se lo pueden imaginar, pero lo que seguro no pueden imaginar es el aullido que pega un perro cuando lo rocías en gasolina y le prendes fuego. O los lamentos de un gato al que le vas rompiendo las patas, una a una. Me eriza la piel nada más recordarlo. Y por eso me hice policía. Quería algo más grande, más satisfactorio y ahí lo encontré.


Yo no veo hombres ni mujeres, solo cuerpos con potencial de gritar, de aullar, de suplicar, de vomitar, de responder ante mí sin chistar, de rogar por tener la oportunidad de no volver a ver a su familia por los próximos treinta, cuarenta años, con tal de que les saque algo del recto o de debajo de las uñas. Después de pasar por mí, podrían jurar ante sus propias madres que ellos en realidad son una cabra parlanchina disfrazada y lo harían con tal seguridad que lo único que les faltaría es que de verdad se le asomen los cuernos.


Así me gané el respeto, sacando confesiones, verdaderas o no, pero que sirven para inflar los números que se presentan al público y que al final es lo único que a la gente le importa, especialmente a la gente que importa. Ellos quieren que se diga que sí están trabajando y que atrapamos y encarcelamos al pobre diablo de turno. Eso es lo que quieren todos, castigar a alguien, a quien sea, pero castigarle por algo y ese es mi trabajo, castigarles y lograr que acepten que merecían ser castigados y me encanta.

La tertulia de lo inconfesable (IV)

Para la cuarta noche todas las sombras se sentían casi cómodas con ir a aquellas sesiones nocturnas. La mitad veía ese cuarto en penumbra como el único sitio sobre la tierra donde por primera vez se sentían libres del terrible peso de sus secretos más oscuros, mientras que la otra mitad sentía la urgencia a la vez que el temor por abrir la boca y expulsar aquello que quemaba sus almas como hierros incandescentes.


Puntuales a su cita, ocuparon sus puestos en el círculo de sillas que les esperaba en silencio mientras las nubes de una lluvia discreta y pasajera iban cubriendo la luna en cuarto menguante, cuyos rayos a penas y se colaban entre los pesados cortinajes que cubrian las ventanas. Respiraron el particular aroma a tormenta próxima, agudizaron el oído y prepararon el alma para ver lo que había debajo de una nueva máscara.


IV


Tal como lo dijeron el otro día, yo me quería sentir poderoso, grande, dominante. Yo sí quería eso y lo disculpo por el juicio y a la vez me disculpo por el asco que le pueda provocar, pero para eso estamos aquí, para dar asco, para que nos miren con odio, para dar cuenta de toda es porquería que llevamos en el interior arrastrando desde hace quién sabe cuánto tiempo.


Esa noche mi mejor amiga estaba borracha, muy, muy ebria, al grado que apenas se mantenía despierta. Primero pensé que lo que iba a hacerle era producto del amor, que ella me quería y que de haber estado despierta al final me habría dicho que sí. Me convencí de que ella así lo quería, de que ella lo deseaba tanto como yo.


Aún recuerdo esa sensación de estar rompiendo todas las reglas y barreras del mundo mientras le arrancaba los calzones, mientras lamía su vulva con furia, queriendo que se despertara y, no sé, que me pateara la cara para luego entonces poder someterla y sentir ese poder corriendo por mis venas. Sentirme un toro, un huracán, un meteoro imparable, la fuerza en su estado más salvaje y animal. Quería sentirlo, quería escucharla gritar que me detuviera y seguir, golpearla y seguir.


Y, de hecho, algo así pasó. Supongo que fue el dolor de haberla penetrado sin ningún tipo de contemplación o piedad, pero con condón, lo que la hizo despertar de su sopor etílico y dar un alarido que tapé inmediatamente con una de las almohadas. La recuerdo retorciéndose bajo mi cuerpo como un gusano con sal, gritando, llorando, suplicando a la vez que luchaba con uñas, no con dientes porque la almohada nunca la quité. Estas cicatrices de rasguños que tengo en la cara las llevo con orgullo, aunque nunca cuente su historia.


Sentía como si estuviera domando un caballo o más aún, como si estuviera domando el mar o como si estuviera domando a Dios mismo, haciéndolo seguir mi voluntad. Me sentí tan, pero tan enorme, tan fuerte, tan poderoso, tan invencible que yo creo que en ese momento podría haber derribado una casa a puñetazos si me lo hubiera propuesto.


Ni siquiera recuerdo si me corrí o no, porque me desconecté. Hubo un punto donde ya no tenía control de mí mismo ni de la situación. Me desperté cuando dejé de sentir sus intentos por zafarse que me excitaban tanto. Por un momento pensé que la había asfixiado y me entró el miedo a la vez que el alivio. Miedo porque sabía que tendría que deshacerme del cuerpo, pero alivio porque sabría que el secreto me lo llevaría a la tumba. Pero solo se desmayó, no sé si de cansancio, por la falta de aire, de dolor, del shock o de todo mezclado.


Me levanté y le quité la almohada. Su cara estaba enrojecida y surcada por lágrimas, sus labios sangraban. La limpié con un trapo con cloro, especialmente las uñas que tenían mi sangre, para que todo rastro desapareciera. La subí en el coche y la fui a tirar a un parque a varios kilómetros de mi casa, pero relativamente cerca del bar donde habíamos estado. La dejé así, medio desnuda, tirada entre los arbustos, le vacié encima lo que me quedaba de una botella de tequila y la dejé vacía a su lado.


Levantó la denuncia y todo, pero claro que nadie le creyó. Ebria y como iba vestida... Ya saben cómo son los policías. Nunca nos volvimos a hablar, supongo que ella lo sabe tan bien como yo, pero no tiene pruebas. Es mi palabra contra la suya, aunque ella tenga toda la razón.

8/11/22

La tertulia de lo inconfesable (III)

La tercera noche llegó y con ella los demonios surgidos de la más tremenda oscuridad se volvieron a reunir para contar sus secretos. Cada sombra ocupó su puesto, acostumbrándose cada vez más al ritual que habían establecido a penas hacía dos noches.


Poco a poco comenzaban a conocerse de manera superficial. Los ademanes al caminar, los rasgos que se podían adivinar en la tenue luz polvorienta que apenas e iluminaba la habitación, el sonido de las sillas al ser arrastradas, el perfume característico, los zapatos de tacón que resonaban con cada paso. Sombras sin rostro ni nombre, pero que poco a poco se convertían en extrañas compañeras en un viaje que nadie estaba seguro a donde les llevaría. Lo único que tenían claro es que esa noche develarían otra cara de la gran hidra que habían conformado al juntarse por primera vez. 


III


Durante mucho tiempo intenté darle una explicación, pero no puedo. Me gusta y ya. Como a la gente le gusta el chocolate, el futbol o las tardes de lluvia. Bueno, más bien como a la gente le gustan los latigazos, los tríos, que se corran en su cara, la orina y demás secretos que guardan entre las sábanas. Estoy seguro de que no soy el primero, ni el segundo, ni el tercero con el que se topan, solo que no lo saben, porque créanme que somos muchísimos, muchísimos como yo.


No voy a mentirles, creo que es algo que tengo desde que tengo memoria, desde que me empezó a interesar el sexo, pero a esa edad uno es pendejo y no sabe cómo conseguirlo, cómo pedirlo, como hacerlo y no hay nadie que le explique porque aún está muy chico para esas cosas. Entonces me resultó más fácil. Los niños no se cuestionan lo que están haciendo y menos si es una persona mayor quien se los dice. ¿Por qué creen que hay niños soldados o predicadores o expertos en un instrumento musical? Porque algún mayor les dijo que eso era bueno y ellos lo hacen, porque no lo piensan, no lo juzgan, lo hacen porque aún no tienen refrentes del bien y el mal, todas son experiencias neutras que les pueden gustar o no, pero sin juicios de valor.


En ese entonces, pues, me resultó más sencillo y creo que fue algo que se me quedó pegado. No sé, sería interesante saber si las primeras veces determinan los gustos para siempre. No lo sé. Puede ser que sí o que no, que solo sea un enfermo más. El caso es que así fue y así quedé y así lo hice durante un tiempo. Lo que más disfrutaba era, insisto, que no juzgan, no preguntan, no critican ni cuestionan. Están abiertos a la experiencia, a vivirla y luego determinar si les gustó o no. Como aquellas personas que les gusta coger con vírgenes porque no tienen conocimiento y entonces, no tienen parámetro para juzgar lo bien o lo mal que coge uno. Pues así, pero llevado un paso allá, porque ni siquiera saben que es eso de coger.


Hay otros como yo que dicen que lo que les gusta es la sensación de dominancia, de poder. Esos que les gusta el poder y el control me dan asco, disculpándome por juzgar. Pero es la verdad. Esos violan, esos no les interesa más que satisfacerse a sí mismos y su necesidad de sentirse grandes y poderosos, de dejar de sentir lo pequeños que son en realidad. Pero yo no, nunca hice nada para forzarles. “Grooming” le dicen ahora, con eso de los términos gringos que luego nos llegan.


Los convencía. ¿Cómo van a decir que sí si no los convences? Es como cuando prueban el brócoli por primera vez, hay que sobornarlos, insistirles, prometerles que les va a gustar y que si no les gusta pueden no volver a comerlo en sus vidas. Nunca forcé nada, yo no soy de los que busca autoridad y someter, solo busco esa experiencia y placer visto a través de los ojos puros de alguien que aún no tiene la cabeza llena de tabús, prohibiciones, “qué dirán” etiquetas y reglas que me juzguen. Conmigo mismo basta para juicios.


Pero ya no, antes pues era sencillo, ahora no. Imagínense, un señor de mi edad, con mis canas, con mis arrugas, acercándome a los niños. Eso no pasa desapercibido, por más que uno haga como que es un anciano inocente. La perversión se huele, la exudamos por los poros, por la mirada, por el aliento y todos lo saben, aunque no lo sepan en realidad, pero lo saben. Me ven y lo saben. Por eso ya no lo hago, solo me deleito con mis recuerdos y con visitas a las playas donde los lentes de sol tapan mis ojos que saborean esos cuerpos vacíos de prejuicios. Ya no, aunque eso no signifique que ya no quiera, pero no. Ya no.

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