3/10/21

Embarcación

Ahí, quieto, añorando el mar, se mantenía con las velas desplegadas, pero sin ningún viento que las empujara a los confines de lo desconocido. ¿Cómo podía extrañar algo que no conocía ni esperaba conocer jamás? Parece imposible, pero así era. Extrañaba una sensación nunca experimentada, pero que, de algún modo conocía. Nostalgia por un recuerdo construido, basado en nada más que sueños e ilusiones de lo que creía que sería navegar por los océanos finitos y a la vez ilimitados.


Un extraño extrañar por sentir las olas acariciando su vientre de madera, por escuchar las gaviotas cuando se acercara al puerto, por la sal y la arena, por el Sol y la brisa, por la lluvia y las estrellas fulgurantes reflejadas en el agua, fundiendo el cielo y la mar.


Ahí, quieto, con las cuerdas tensas, con el ancla levada, preparado para zarpar en cualquier momento, esperando la marea, listo para surcar tormentas, para guiarse con las constelaciones, para montar corrientes, para ser escoltado por delfines. Ahí, quieto, como encallado en un arrecife, como varado en un banco de arena, como hundido en las oscuras y frías profundidades acuáticas, se mantenía expectante, melancólico, deseando volver a sentir algo que nunca había sentido.


Quieto, como siempre había estado desde que lo construyeron, en aquella repisa cerca de la ventana desde donde podía oír el murmullo de las olas rompientes, vio cómo, apresurados, quienes lo habían puesto ahí tomaban sus cosas, las más valiosas, para luego irse dejándolo atrás, a la vez que, afuera, los vientos se enfurecían obligando a las palmeras a reverenciarlos. La lluvia golpeaba con violencia el techo y las paredes, que se estremecían por el vendaval, amenazando con dejarse llevar al despegarse del suelo. La marejada aumentaba en intensidad, las nubes cubrieron toda la luz y la sinfonía de tormenta iba en un crescendo que no parecía tener intenciones de detenerse.


El huracán tocó tierra directamente en la que él decía era su costa, arrancando árboles de raíz y llevándose consigo todo lo que estuviera a su paso. Las ventanas estallaron y el aire embravecido hizo rodar su botella, haciéndose añicos al estrellarse contra el suelo. Ahí, quieto, volcado, sintiendo por primera vez las heladas gotas de lluvia, se dio cuenta de que comenzaba a flotar gracias al agua que entraba a raudales por la puerta que había cedido ante la presión de la marea que subía reclamando la tierra para sí.


Alistó las velas, aseguró el ancla y, con un esfuerzo, logró enderezarse, alzando altivo sus mástiles frente a la tormenta, libre por fin de su cárcel y, llevado por una ráfaga, sorteando escombros tal si fueran farallones, se alejó bamboléandose para no volver a sentir esa añoranza por lo ignoto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuando lo que se expresa es odio, no hay libertad...

Template by:
Free Blog Templates